sábado, 17 de junio de 2017

Tempestad.

La lluvia agujerea el suelo con gotas de plomo. La claridad del día ha sido sustituida por una densa niebla que amenaza el cielo sirviéndose de un gélido aliento invernal, y el viento azota los árboles como si quisiera derribar sus troncos en medio de un campo de batalla en el cual compitiera la naturaleza.
Convierto la fotografía en una bola de papel y la aprieto contra mi pecho.
A pesar del frío que congela mis músculos, sé que mis huesos pueden continuar manteniéndome de pie. Esperando. Regresando al segundo en el que fuimos invencibles.
Los relámpagos comienzan a aparecer entre las nubes, iluminando la inmensa laguna que se extiende debajo de él. Devorando la oscuridad de esa tarde de noviembre. Despertando el hambre de los colosos estelares que manejan los engranajes de la suerte.
Tras correr durante quince minutos, el acantilado se presenta ante mis ojos. Igual que aquella primera vez, la niebla cubre su tierra con un humo espectral, cargado de fantasías e ilusiones. Sin embargo, hoy la frialdad que envuelve su atmósfera es una cúpula de recuerdos sedientos de renacer y abandonar el baúl de experiencias asesinadas por las voluntades humanas.
Sitúo la imagen frente a mí y prendo una de sus esquinas con un mechero.

Si algún día nos encontramos en el más allá, espero que el sabor de tus labios sea el antídoto para salir de este coma eterno al que llaman vida.



miércoles, 31 de mayo de 2017

13 Reasons Why: Crítica.

   Una ficción única. Desde el comienzo hasta los créditos, se presenta como una invitación a la reflexión y a la concienciación de la gravedad que ejercen las acciones de todos en el destino de todos. Es una travesía impregnada de dureza, dulzura y certeza que se ve acompañada por melodías escogidas perfecta y exquisitamente de acuerdo con la intensidad de las escenas y la psicología de los protagonistas. Y también disfruta de unas interpretaciones magníficas que simbolizan con magia y precisión a los personajes, a quienes han sabido sumergir en aguas de densa confusión donde las arenas movedizas de la culpabilidad y la desilusión les conducen al descubrimiento de su identidad… En medio de un mar de frías olas que les hacen impactar con sus errores y los del resto, provocándoles la salvación o la irreversible ausencia de su espíritu.
   No obstante, las preguntas saltan solas desde el lado contrario de la pantalla. ¿En qué punto las cosas se vuelven transparentes a los ojos de la humanidad? Las respuestas, entonces, nacen en nuestra cabeza a medida que avanzan los capítulos, y algunas se instalan en el ánima cual dudas de culto eterno.
   Por tanto, dirijo estas palabras al grupo de directores, actores y colaboradores del producto: gracias por haber depositado oxígeno en los pulmones de la esperanza, aunque haya sido a través del dolor. Por haber hecho temblar la perspectiva de la verdad. Por haber desafiado los límites del maniqueísmo extremista que asola la sociedad, donde el blanco y el negro juzgan los pensamientos y las acciones sin ahondar en la paleta de colores que tinta el mundo. Por haber hecho aparecer cuestiones en un número incontable de ánimas. Por haber iluminado la sangre de la violencia: la causa de la desconexión moral y empática que sufren millones de personas hoy en día y que tanto daño ha provocado en los últimos años.
   Sí, las experiencias relatadas en esta historia son distintas a las de cualquier persona. Basadas en una novela y adaptadas para una producción televisiva. Pero, en ellas, hay realidad más allá de cada secuencia. ¿Y por qué? La contestación es simple y compleja: en alguna milésima de segundo de la vida, todos somos Hannah. O Jessica. O Justin… Cualquiera de ellos; incluso de sus padres o de sus conocidos.  ¿La explicación? Nos une lo mismo que nos separa: el corazón. Nos atan y desatan las circunstancias y los sentimientos. Nos persiguen las mismas pesadillas y nos dan alas los mismos sueños. Por ese motivo, los sucesos nos afectan a cada uno de manera diferente y, pese a ello, construimos nuestro presente en base al pasado, y en él siempre se entierran ángeles y demonios que se han desatado en el pecho a lo largo del  tiempo, incubados por los temores, la valentía, el desazón, la amistad o el amor según interaccionamos con los demás. Y teniendo en cuenta la adversidad de este caótico universo, donde no sobran las desilusiones pero tampoco falta el coraje, resulta honesto empatizar con los detalles y la profundidad de las cosas. Ese es el secreto: continúa siendo esencial acariciar el respeto entre jóvenes y adultos, así como analizar el maltrato y la deshumanización que está consumiendo el planeta en cientos de contextos. Ahondar en la confianza y en la conciencia antes de que esta se contamine con el veneno de la desesperación, ver y ayudar a otros a contemplar con la mayor pureza posible las consecuencias, los caminos, los problemas y las opciones, de modo que sea factible sentir las emociones ajenas y calzar los zapatos de los demás, ya sean mayores o menores que nosotros. Por esa razón, debemos conectar las almas rotas que vagan en el silencio y recordar que siempre quedan fuerzas en una voz para alzarse bajo la luz o la oscuridad. Solo así prevendremos próximos defectos secundarios causados por la aflicción.
   Porque, antes de volar, hay que aprender a sostenerse en el viento sin miedo.
   Porque sanar significa aceptar(se).
   Porque todos importamos.
   Y porque solo mediante la comprensión y el cariño, podremos convertir este lugar terriblemente bello y oscuro a la vez, en un sitio donde seamos humanos polícromos sin pánico a la soledad y al peso del rechazo, capaces de apreciar y observar de manera transversal lo que somos.

                                

viernes, 26 de mayo de 2017

El alba de los espíritus.

   Las dos figuras se miraron mientras sus cuerpos se erguían con fervor bajo la sombra del anochecer, ambas acariciadas por la luz rojiza de las antorchas. La oscuridad que proyectaban sus auras abrazaba el viento con una impasibilidad que helaba el castillo, consumiendo los destellos de vida que aún se resistían a desaparecer, y prendía de rabia el fuego que capitaneaba la destrucción de las tierras, envenenando el ciclo de la reencarnación y la redención religiosa del lugar con el olor ácido del rencor, el cual perfumaba callejones, aposentos y tabernas.
   Ahora que las últimas torres caían con el eco de la coacción y el áspero sonido del miedo, la mujer y el hombre se contemplaban mediante una capa de transparencia por primera vez. Las pupilas de la pareja se analizaron recíprocamente en medio de una espiral dinamizada por las memorias heridas, expuestas al escozor del tiempo. Los recuerdos sangraban y coloreaban con trazos de aversión las paredes de sus espíritus, que habían perdido su libertad física y se habían transformado en un aliento eterno de odio encendido gracias a las llamas carnívoras de la codicia. 
   ¿Cuánto habían estado dispuestos a apostar para ganar el silencio de los habitantes y los soldados que sollozaban y aullaban de terror en el valle?
   Toda la voracidad que llevaba crepitando en el interior de sus negros corazones desde que habían separado los párpados al nacer, se cernía sobre el pueblo como si el ejército del diablo hubiera despertado en el mundo real para hundirlos en un baño de fluidos con sabor a muerte. Y, en aquel momento, nada podía detener el haz impasible de la guerra, porque las cenizas de la batalla provenían del enemigo más próximo. De ellos mismos.
   El caballero levantó la cubierta del yelmo y la ínfima claridad que descendía de los cielos alumbró sus ojos inundados en resentimiento, cuyo fondo era un circulo sin fin que giraba impulsado por una sed de resarcimiento encarcelada en el mayor de los infiernos mentales: el de la venganza. Se mantuvo inmóvil, conservando una postura férrea que se extendía a partir de su alma ingrávida, frivolidazada por el humo tóxico de las mentiras que él mismo se había obligado a creer y crear, y aspiró oxigeno con un gesto neutral, forzándose a olvidar que la dureza de la experiencia le había arrebatado lo único que había apreciado, y que, si el horror había surgido en sus entrañas, había sido en respuesta a la debilidad de su ánima.
   El soberano de la nación soltó una bocanada de aire que parecía haber dormido en sus pulmones durante mil décadas, y agarró su espada con fiereza. La hermosa silueta de cabellos dorados que se hallaba ante él, sumida en una expresión de imparcial magnificencia y sin apenas mostrar un ápice de flaqueza frente a la gelidez de aquella pesadilla, fulminaba su rostro con el frío encallecido por la ira, pero ni siquiera ella era inocente en cuanto a la catástrofe que arruinaba su entorno y su historia. Ninguno de los dos era capaz de sentir algo al desembarcar en el océano en el que vagaban las intenciones del otro. El anillo que vestía sus dedos anulares, el cual en un inicio había simbolizado la unión de kilómetros de bosques y edificaciones, de unas familias pobres y otras tocadas por la bendición de la riqueza material, significaba ese día la desolación de sus sueños, que se habían nutrido de su hambre por el exterminio y la supremacía hasta tomar la forma de un espectro devastador de todas las dimensiones, reales o metafísicas, de esa región.
   La reina dio un paso hacia delante y la luz de la media luna incidió en sus facciones petrificadas a causa del hastío, dejando una parte de su piel de porcelana rociada por la tenebrosidad de la noche, ennegreciendo y evaporando así su imagen en una representación de su infinito ser, ambiguo y malicioso como la vileza que llueve de las cataratas y arrastra el agua con la fuerza salvaje de la dominancia. Al igual que el egoísmo innato e irracional del universo.
   Mientras tanto, las lágrimas de las víctimas y las voces ahogadas de los combatientes seguían absorbiendo los silbidos de los gorriones que empezaban a cantar ante la sábana de calidez que traía el alba, cuyo abrazo contaminaba el ambiente con la respiración de los antepasados. Y el más allá continuaba abierto bajo un chillido sordo de exasperación.
   En la cima de aquel monte, disfrazados por la gracia de un amanecer sin dueño, equivalentes en cada uno de sus átomos y corrompidos por la misma insaciabilidad, los reyes estaban condenados a luchar hasta que el silencio del vacío bombardeara sus oídos y salvara sus miserables vidas del cataclismo autoprovocado. 

   Del final del que, probablemente, nadie más escaparía.




viernes, 5 de mayo de 2017

Todas las razones importan.

   Es difícil estimar qué influencia tenemos en la vida de otras personas. Saber en qué medida nuestras acciones se entrelazan con las de los demás para cambiar el curso de los días. Adivinar dónde se encuentran esos puntos de inflexión que, antes o después, cruzamos a pesar de que nuestra voluntad no sea la de exceder los límites de la moralidad, resulta el mayor enigma del planeta. 
   Sin embargo, hay demasiados colores en el mundo como para ahogar nuestros corazones en las sombras del blanco y el negro, en el continuo camino del bien y del mal, que sólo simbolizan al ser humano si están presentes a la vez y agitan la existencia desde la opacidad de los sentimientos.
   ¿Siniestro? Quizás. Generalizar siempre conlleva riesgos. Implica aceptar verdades que no son pronunciadas en voz alta. Comprender aquello que mueve los pies de todos en el silencioso baile del destino que se forja según respiramos al mismo tiempo. Balancearse a expensas de confiar en un viento cuya naturaleza desconoces y que, de alguna manera, puede terminar originando un huracán.
   Sí, tal vez las cosas ya no vuelvan a ser igual que al principio, cuando aún permanecía intacta esa inocencia dispuesta a explorar las dimensiones de las cosas y sin apenas entender los giros que las circunstancias toman. Cuando las irregularidades de los senderos y la ambigüedad inserta en cada alma, aquí o en la distancia de la muerte, era una nebulosa cargada de tierna ingenuidad. 
   Esa fragilidad no regresará. Al igual que la tenebrosidad del ayer no se diluirá con el paso de los años.
   A pesar de ello, después de descubrir el sabor agridulce de uno mismo, de quienes te rodean y de las mentiras, ¿de qué modo avanzar? Entonces, la mejor opción, por no decir la única, es enfrentar el miedo y abrazar la catástrofe que bulle en nuestras venas mientras decidimos que la responsabilidad nace dentro de cada alma, aunque dependa de muchos seres humanos más.

   No obstante, si hoy me atrevo a escribir estas líneas, es porque deseo decir adiós a mis experiencias y a las conexiones que me unían a cualquiera de los que, inconscientemente o no, se vieron vinculados a mi historia. 
   ¿Mi consejo? Recordad que el universo es de una belleza inmensa, y que los actos de todos tienen el poder de transformar la hostilidad de la noche en el más hermoso de los amaneceres. Pero que también pueden convertir una delicada llama de esperanza o de pasión en el comienzo de un incendio capaz de arrasar hasta el futuro menos inestable.





martes, 25 de abril de 2017

Refugio.


El guerrero salió al exterior de la cabaña con el sigilo de un animal salvaje, empleando unos movimientos tan sutiles que era imposible que sus pies rasgaran el silencio y ahogaran el llanto que huía del corazón de la naturaleza.
Por primera vez desde que, años atrás, su mirada se había limpiado en el transcurso de una noche de lucha con las gotas derramadas por los seres ausentes, el agua empapaba la tierra de nuevo con la indomable fiereza de los cielos. Las lágrimas de los dioses se deslizaban través de riachuelos estrechos y débiles, tan ingrávidos como el material de las ilusiones que poblaban por igual los universos que se hallaban por encima y por debajo de las nubes, y el sonido de la nada aproximándose al pueblo, lejos de importunar su respiración, traía consigo el sosiego de los espíritus.
El joven alzó el mentón hacia el mortífero sol, del que solo se apreciaba una silueta blanquecina detrás de los estratos cargados de certezas plomizas como la pólvora, y la luz metálica que abrazaba los bosques cubrió también su rostro, en cuyas facciones duras y afiladas, la desavenencia había forjado la sombra del arrepentimiento y la fuerza de su voluntad había pulido las lúgubres memorias con coraje.
No obstante, durante ese eterno amanecer, al posar sus ojos avellana, en cuyo interior sollozaban cientos de sauces bañados en la sal de las desgracias, sobre las montañas del este, el chico sintió que el mundo giraba a una velocidad mayor de la que ninguna criatura jamás lograría comprender. La voz de los que habían abandonado aquel gélido lugar le susurraba que la historia se diluía en la arena de los caminos a un ritmo tan vertiginoso e incomprensible a la conciencia de cualquiera de las especies, que el tiempo siempre se estiraría un poco antes de dejarse alcanzar por la sabiduría de los caídos y de los victoriosos. Y que, frente a la posibilidad de ser atrapada por los fantasmas y las almas aún errantes en el universo de los vivos, la verdad andaría mil leguas más en el desconocido sendero de la gloria y de la derrota, distanciándose de los legados de los hombres.
Elevó las manos y permitió que el fuego extinto en sus entrañas recobrara el calor de la cuerda y transparente vesania anidada en su piel grisácea, imaginando un futuro que desprendía el ardor frío de la quietud hostil.

Cada día de su existencia recordaría que en el murmullo de la lluvia se escondían los gritos que el eco del universo había custodiado para aquellas ánimas aún dispuestas a oír la realidad sangrienta y efímera oculta en la esencia de los cuatro elementos. Y eso era suficiente en aras de seguir oxigenando sus pulmones, porque, todavía la violenta fragancia que emanaba de unos suelos formados en medio de la adversidad, podían despertar el valor de los héroes que estaban por nacer en el hogar de las luces y la oscuridad.



martes, 18 de abril de 2017

Caos intermitente.

   Miro a Mike y siento que también le pesa el alma.
   El pequeño de la familia se deja caer en el sofá y sus ojos nadan en la profundidad del tiempo, sumergidos fuera de la órbita del planeta al que tenemos los pies anclados. Está retraído en una fantasía paralela donde los monstruos que mastican su ansiedad no son de carne y hueso, y el caos intermitente de sus latidos susurra que allí sus huellas no siguen coloreadas con el rastro de los hombres a los que interrumpió la existencia.
   Tal vez, aún sea libre lejos de este piso infectado con los recuerdos de esas muertes.
    Aparto su brazo de mis hombros y me levanto a por el paquete de Camel que tantos años habíamos visto abrir a nuestro padre. La mejor herencia que nos dejó en medio de unas memorias rebosantes de alcohol y sustancias en polvo, a día de hoy es el tutor de mis etapas de desasosiego. El único vicio y virtud que quedó de su figura invisible.
   Le ofrezco un cigarro a mi hermano y sus manos se mueven sin que la conciencia asome a sus globos oculares, vacíos al igual que un océano transformado en desierto tras la devastación de la naturaleza.
   A estas alturas, la densidad de nuestros actos ha alcanzado el límite. Hemos desintegrado el último segundo que nos llevaría al cielo. A ese lugar en el que, bajo el silencio hipócrita de los Ángeles, se libran batallas más sangrientas que en el propio subsuelo.
   Me pregunto cuánto dolor necesita experimentar una persona para perderse.
   Si se pudiera medir el significado de la culpa, ¿podríamos morir por tener el corazón envenenado por las catástrofes internas?
   Regreso al balcón y poso las pupilas en la meseta que cubre el terreno, casi tan árida como nuestra fe.
    Una gravedad envilecida por el satánico carácter de la vida nos mantiene aquí, pero sé que ninguno de los dos nos encontramos en esta casa. Solo se trata de una pesadilla real de la que despertaremos cuando el sol no alumbre más los crímenes que se cometen a la luz de la honorable humanidad a la que pertenecemos.

   A veces la certeza se descubre a través de un camino repleto de abismos. Y al avanzar, el reflejo de tus pasos es lo único que te impulsa a andar en la niebla del pánico.
   Sin embargo, qué hacer ahora que la verdad aflora de las víctimas como un río de desgracias dispuesto a ahogarnos en las negras aguas de la desidia.
    Ahora que un suero rojo regurgitado por la bestia sedienta que vive dentro de nosotros amenaza con envenenar nuestros espíritus culpables.
   Ahora que el pasado, el minuto anterior a la partida de esos hombres, nos condenará eternamente ante los ojos de la ley.
   Los hechos recorren mi espina dorsal y me convierten en polvo con cada respiro. No estoy segura de que Mike sienta nada en medio de su confinamiento mental. Dentro de ese minúsculo infierno que ha creado a su medida para escapar del aire hostil de la razón.
   Me doy la vuelta y exhalo el humo con un gesto cansado.
   No importa que esos tipos hayan violado a quince jóvenes de un instituto privado. Ellos serán recordados con el eco millonario de sus apellidos. Y nosotros seremos los verdugos de la ira hasta que el paso de los meses borre la repercusión mediática.
   Bajo los párpados mientras el olor a verano llena mis pulmones.

   ¿Qué se esconde detrás de la oscuridad de la certidumbre?

jueves, 30 de marzo de 2017

Ácido.

   Su hermano aprovechó los minutos de receso para acercarse al estrado.
   El rostro de Jimmy permanecía sólido, endurecido debido a una sombría certeza que vestía sus facciones con un peso invisible, corroborando la carga de un alma que se esforzaba por recordar que el ilógico sentido giratorio del mundo era, en último término, tan comprensible y oscuro como la naturaleza humana.
   No obstante, dentro de sus pupilas ennegrecidas por la hambrienta impotencia, de aquel instrumento degollador de toda sensación de victoria, una fría calma acunaba su espíritu gracias a una concienciación vital cuyo fondo era impalpable desde el exterior.
   -Ya tendréis una segunda oportunidad. Una acusación distinta. Las cosas se han puesto difíciles hoy.
   El aludido le dedicó una mirada que se hallaba lejos de la resignación. En su semblante se leía un escozor de profundidad sórdida, casi tenebrosa, y, pese a ello, un gesto de audacia se asomaba a sus labios, los cuales esbozaban una sonrisa dispuesta a desafiar cualquier infortunio. A aplacar la gelidez de la realidad con la ardiente pasión de la vida.
   -Kenneth está comprado. Lo que digamos será insulso, porque el dinero del fiscal resuena en su bolsillo desde hace semanas.
   Norman se quedó pensativo. Había visto a ese joven dar cada segundo de sus días y de sus noches en aras de conseguir resoluciones para cientos de casos, algunos tan moralmente peligrosos que amenazarían la memoria pública y privada durante varios años, y otros que se deslizaban sobre la verdad a defender con la suavidad aceitosa de la mentira. Había presenciado su lucha constante en miles de situaciones duras que helaban las venas con el adverso comportamiento de las personas implicadas. De la conducta de los responsables de dictaminar la voz de la justicia, de los perpetradores o simples sospechosos, y de los cerebros prejuiciosos y las lenguas enfebrecidas que interpretaban según sus propias ideas los reportajes periodísticos de las absoluciones y condenas.
   Sin embargo, una fuerza envuelta en llamas, cargada con el ardor valiente y la lucidez de la sabiduría, se desprendía de los ojos de color jade de Jim, como si el cinismo de la existencia no fuera suficiente para acallar la belleza del caos y su posterior orden.
   Los interrogantes regresaron una vez más a su cabeza mientras intentaba establecer conexiones entre los hechos, anudados a la admiración que sentía por la capacidad analítica de su pariente. ¿Qué clase de ilusión mantenía en pie aquella voluntad de hierro del abogado?
   -Os han tendido una trampa, sí. El juez declarará a favor de esa hiena cobarde-elevó el mentón y hundió la mirada en el rostro que tenía delante, ensimismado en las consecuencias de ver la vida con ilusión o, como tantos preferían denominarla, fiebre maliciosa-.El universo no acaba aquí. Lo sabes mejor que nadie.
   Un haz de elocuencia cruzó la cara del hombre, que escuchaba a su amigo con una magnificencia extinta hacía varias épocas. Haciendo uso de esa humildad perenne que no solo permitía oír las palabras de los demás y responder ante las mismas, sino que también procuraba poner el corazón en la ardua tarea de entender los motivos, sentimientos y actos de los que le rodeaban, aconsejándoles con la claridad y rectitud de una bella ánima de mortal.
   -Tienes razón. No es el fin. Aunque estas puertas se nos han cerrado-suspiró y alzó la vista hacia el reloj que había colgado en el centro de la sala-.La verdad tiene su forma corrupta de actuar.
   Norman le contestó con un ademán de despreocupación, observando con cuánta tranquilidad pronunciaba las frases, dejándolas escapar de modo semejante a un siseo del viento que las hacía carecer de rigidez.
   -Habéis jugado bien. Al menos, mantened la mente limpia.
   -Eso jamás lo dudes. Todos cometemos errores-mientras hablaba de su equipo, las pupilas de Jimmy se agrandaron al darle la mano a las emociones-, pero quienes superan hasta el último detalle de sus fracasos y equivocaciones, se ganan el triunfo-tomó aire y sus párpados se cerraron, dotando a sus rasgos de un aspecto arduo y elegante que recogía la furia de las injusticias y la transmutaba en energía para sobrevivir a través de las hondas aguas del azar-.A pesar de que el planeta nos grite lo contrario.
   En ese instante, la garganta del jurado emitió un sonido de determinación, y los presentes volvieron a sus puestos.
   Su hermano le miró experimentando una satisfacción instintiva. 
   La aceptación, quizá, era el reto de mayor frialdad de la completa existencia. Y ese joven, desde niño, había visto e interiorizado la vida con la precisión y la astucia de un mago.

   -Que el destino os sonría la próxima vez-dijo Norman en un susurro sincero.