miércoles, 9 de agosto de 2017

Meteora.

   Hoy el amanecer es una sombra en el horizonte violáceo. Tu luz se ha apagado en esta Tierra. El grito de tu alma se ha convertido en un silencio de plomo entre los que aún respiramos, y solo en la infinitud de la galaxia, aún late el eco de tu voz.
   El viento escucha tu ausencia con la cautela de un huérfano sin guía. Las nubes, añorando las melodías con las que iluminaste el universo, han enmudecido sus truenos, buscando el coraje entre efímeras ilusiones de vapor, y el sol contempla el alba con los rayos incendiados por la consternación de la desesperanza.
   De algún modo, sigues aquí.
   Te hallas escondido en los susurros del aire, en el fulgor eterno de los astros, en la calma que posee la oscuridad de la noche. Partiste hacia un lugar donde lograr que el sonido de tu propio dolor se desvaneciera, donde impedir que los demonios de tu sangre asesinaran una vez más tus sueños. Y, quizá, esa libertad ansiada, sea el deseo último para poder inhalar oxígeno sin morir por dentro.
   Ahora siento cómo la tristeza fluye a través de mis células al igual que un rayo de electricidad, ayudándome a recordar que todo fluye a un ritmo que no se comprende en esta dimensión ni en ninguna otra, sino en el momento en que el corazón acepta los millones de significados de vivir.
   Hoy y siempre, el mar sereno de mis pupilas te añora.


jueves, 27 de julio de 2017

Dunkirk: Crítica.

   Nolan vuelve a ganarse el sobresaliente.
   Esta vez, el director enmarca por tierra, mar y aire la esencia de la confrontación humana y de los límites de la supervivencia, alentándonos a recordar la fragilidad y la resistencia que por igual alimentan la esperanza incluso en los instantes más duros que nuestra raza pueda soportar.
   Valiéndose de la fuerza, el desasosiego y el dolor que las composiciones de Hans Zimmer subrayan en cada escena, con un estilo minucioso y de perfección lograda en todos los campos de producción y realización, consiguiendo que cada fotograma tenga vida propia, nos sumerge en la realidad de una batalla que perfila la frialdad esclarecedora de nuestra condición como especie. Trae de vuelta desde una época lejana el latido de la guerra, y lo superpone en una historia que entra en el alma a través de todos los sentidos, forrándola con valentía y determinación y haciéndonos volar a la experiencia misma de respirar el humo de las explosiones; incluso a sentir la gelidez del agua helándonos los pulmones.
   Además, sin duda alguna, el reparto ha sido escogido con esmero, priorizando la calidad artística y expresiva. Las caras conocidas realizan su trabajo con una precisión increíblemente desgarradora, dejándose la piel en un guión que rechaza centrarse en el aspecto mundanal de los diálogos vacíos para poner el corazón en las palabras vívidas, concisas y certeras, y las interpretaciones de los nuevos actores barren la superficialidad para ofrecer al espectador una imagen de sus perfiles amplia y melancólica, a veces de verdadera consternación y oscuridad, dotando a la película de un significado y una profundidad más allá de lo concebible a primera vista.
   Por lo tanto, aun teniendo en cuenta el ensalzamiento que Nolan ha querido demostrar a su tierra natal, el cual puede ser mejor o peor aceptado según políticas aparte, cuando se enciendan las luces del cine, una cosa quedará grabada en la memoria del público: Dunkirk nos muestra la crudeza del hombre en su forma de mayor horror y desesperación. No es solo el reflejo del pasado, si no que traza un camino que nos habla de que el enemigo está dentro de nosotros y no en el símbolo de ninguna bandera.
   Oda a los sentimientos y a la paz, Christopher.


miércoles, 19 de julio de 2017

ESTELA DE UN COMETA.

El viento mece sus pestañas aladas
   [Acariciando la nada de los sueños 
El sol se posa en su masculino rostro de marfil
   [Quemando los disfraces invisibles  
    [De la perfección que anhelaban respirar
    [En aquellos días cuando el frívolo aliento de sus gargantas
    [Vapor de plata condenado al calor de las mentiras
    [Congelado por el frío insidioso de la verdad
    [Del cazador siempre armado con la fiebre del deseo
    [Se disipaba ante los rayos del fúnebre siempre
Y su piel congelada al tacto
Humedecida en mares pretéritos hoy cubiertos por sal
    [La ganadora del incierto porvenir
    [La sanadora de las marcas rojas del alma
Arde con la temeridad del lobo
Ahuyentando a los reyes de la duda
Perpetuando el ritmo inmortal de la supervivencia. 

Unas voces gritan que perdió  contra el amor
Otras susurran que ganó un pulso a la muerte 
   [Mas en las tinieblas que brillan con el fulgor del olvido
   [Los recuerdos estallan como bombas suicidas
   [Dan a luz supernovas hambrientas de libertad
Pero solo quienes ya no son de carne y hueso 
Conocen el peso de sus sombras. 


sábado, 8 de julio de 2017

ESPIRAL.

Veo las cadenas caer al suelo
Los latidos del alma resucitan
   [Sumidos aún en una fría oscuridad
   [Donde el tiempo evapora la esperanza
   [Y arranca la voz a los sueños náufragos
   [A las promesas hundidas en el mar de los monstruos
Huyen de las fauces del caníbal
   [Que nos persigue tras la piel
   [Que se nutre con los miedos del crepúsculo de nuestra sangre
Y recuerda la frivolidad del ayer
   [Del maestro de la perfecta imperfección
Antes de volar hacia los confines del mundo
Al incesable cielo infernal del propio rumbo

Mas ha de ser la vicisitud de lo invisible
El eco inmortal y franco del trueno
Quien anuncie en la resurrección de la noche
El amanecer de la justicia eterna
El regreso de la luz bajo las antorchas
   [Esas que el valor enciende a medianoche
   [Cuando los vivos duermen y los fantasmas hablan
Quien sostenga nuestros corazones de plomo
Sobre el nido de sombras y esqueletos
Que trazan los espectros del mañana
Los amables guías que nos acompañarán al desfiladero del alba
   [Al más allá donde vivir o morir no es sino el mismo origen
   [De la infinitud de las ánimas del ser humano.

sábado, 17 de junio de 2017

Tempestad.

La lluvia agujerea el suelo con gotas de plomo. La claridad del día ha sido sustituida por una densa niebla que amenaza el cielo sirviéndose de un gélido aliento invernal, y el viento azota los árboles como si quisiera derribar sus troncos en medio de un campo de batalla en el cual compitiera la naturaleza.
Convierto la fotografía en una bola de papel y la aprieto contra mi pecho.
A pesar del frío que congela mis músculos, sé que mis huesos pueden continuar manteniéndome de pie. Esperando. Regresando al segundo en el que fuimos invencibles.
Los relámpagos comienzan a aparecer entre las nubes, iluminando la inmensa laguna que se extiende debajo de él. Devorando la oscuridad de esa tarde de noviembre. Despertando el hambre de los colosos estelares que manejan los engranajes de la suerte.
Tras correr durante quince minutos, el acantilado se presenta ante mis ojos. Igual que aquella primera vez, la niebla cubre su tierra con un humo espectral, cargado de fantasías e ilusiones. Sin embargo, hoy la frialdad que envuelve su atmósfera es una cúpula de recuerdos sedientos de renacer y abandonar el baúl de experiencias asesinadas por las voluntades humanas.
Sitúo la imagen frente a mí y prendo una de sus esquinas con un mechero.

Si algún día nos encontramos en el más allá, espero que el sabor de tus labios sea el antídoto para salir de este coma eterno al que llaman vida.



miércoles, 31 de mayo de 2017

13 Reasons Why: Crítica.

   Una ficción única. Desde el comienzo hasta los créditos, se presenta como una invitación a la reflexión y a la concienciación de la gravedad que ejercen las acciones de todos en el destino de todos. Es una travesía impregnada de dureza, dulzura y certeza que se ve acompañada por melodías escogidas perfecta y exquisitamente de acuerdo con la intensidad de las escenas y la psicología de los protagonistas. Y también disfruta de unas interpretaciones magníficas que simbolizan con magia y precisión a los personajes, a quienes han sabido sumergir en aguas de densa confusión donde las arenas movedizas de la culpabilidad y la desilusión les conducen al descubrimiento de su identidad… En medio de un mar de frías olas que les hacen impactar con sus errores y los del resto, provocándoles la salvación o la irreversible ausencia de su espíritu.
   No obstante, las preguntas saltan solas desde el lado contrario de la pantalla. ¿En qué punto las cosas se vuelven transparentes a los ojos de la humanidad? Las respuestas, entonces, nacen en nuestra cabeza a medida que avanzan los capítulos, y algunas se instalan en el ánima cual dudas de culto eterno.
   Por tanto, dirijo estas palabras al grupo de directores, actores y colaboradores del producto: gracias por haber depositado oxígeno en los pulmones de la esperanza, aunque haya sido a través del dolor. Por haber hecho temblar la perspectiva de la verdad. Por haber desafiado los límites del maniqueísmo extremista que asola la sociedad, donde el blanco y el negro juzgan los pensamientos y las acciones sin ahondar en la paleta de colores que tinta el mundo. Por haber hecho aparecer cuestiones en un número incontable de ánimas. Por haber iluminado la sangre de la violencia: la causa de la desconexión moral y empática que sufren millones de personas hoy en día y que tanto daño ha provocado en los últimos años.
   Sí, las experiencias relatadas en esta historia son distintas a las de cualquier persona. Basadas en una novela y adaptadas para una producción televisiva. Pero, en ellas, hay realidad más allá de cada secuencia. ¿Y por qué? La contestación es simple y compleja: en alguna milésima de segundo de la vida, todos somos Hannah. O Jessica. O Justin… Cualquiera de ellos; incluso de sus padres o de sus conocidos.  ¿La explicación? Nos une lo mismo que nos separa: el corazón. Nos atan y desatan las circunstancias y los sentimientos. Nos persiguen las mismas pesadillas y nos dan alas los mismos sueños. Por ese motivo, los sucesos nos afectan a cada uno de manera diferente y, pese a ello, construimos nuestro presente en base al pasado, y en él siempre se entierran ángeles y demonios que se han desatado en el pecho a lo largo del  tiempo, incubados por los temores, la valentía, el desazón, la amistad o el amor según interaccionamos con los demás. Y teniendo en cuenta la adversidad de este caótico universo, donde no sobran las desilusiones pero tampoco falta el coraje, resulta honesto empatizar con los detalles y la profundidad de las cosas. Ese es el secreto: continúa siendo esencial acariciar el respeto entre jóvenes y adultos, así como analizar el maltrato y la deshumanización que está consumiendo el planeta en cientos de contextos. Ahondar en la confianza y en la conciencia antes de que esta se contamine con el veneno de la desesperación, ver y ayudar a otros a contemplar con la mayor pureza posible las consecuencias, los caminos, los problemas y las opciones, de modo que sea factible sentir las emociones ajenas y calzar los zapatos de los demás, ya sean mayores o menores que nosotros. Por esa razón, debemos conectar las almas rotas que vagan en el silencio y recordar que siempre quedan fuerzas en una voz para alzarse bajo la luz o la oscuridad. Solo así prevendremos próximos defectos secundarios causados por la aflicción.
   Porque, antes de volar, hay que aprender a sostenerse en el viento sin miedo.
   Porque sanar significa aceptar(se).
   Porque todos importamos.
   Y porque solo mediante la comprensión y el cariño, podremos convertir este lugar terriblemente bello y oscuro a la vez, en un sitio donde seamos humanos polícromos sin pánico a la soledad y al peso del rechazo, capaces de apreciar y observar de manera transversal lo que somos.

                                

viernes, 26 de mayo de 2017

El alba de los espíritus.

   Las dos figuras se miraron mientras sus cuerpos se erguían con fervor bajo la sombra del anochecer, ambas acariciadas por la luz rojiza de las antorchas. La oscuridad que proyectaban sus auras abrazaba el viento con una impasibilidad que helaba el castillo, consumiendo los destellos de vida que aún se resistían a desaparecer, y prendía de rabia el fuego que capitaneaba la destrucción de las tierras, envenenando el ciclo de la reencarnación y la redención religiosa del lugar con el olor ácido del rencor, el cual perfumaba callejones, aposentos y tabernas.
   Ahora que las últimas torres caían con el eco de la coacción y el áspero sonido del miedo, la mujer y el hombre se contemplaban mediante una capa de transparencia por primera vez. Las pupilas de la pareja se analizaron recíprocamente en medio de una espiral dinamizada por las memorias heridas, expuestas al escozor del tiempo. Los recuerdos sangraban y coloreaban con trazos de aversión las paredes de sus espíritus, que habían perdido su libertad física y se habían transformado en un aliento eterno de odio encendido gracias a las llamas carnívoras de la codicia. 
   ¿Cuánto habían estado dispuestos a apostar para ganar el silencio de los habitantes y los soldados que sollozaban y aullaban de terror en el valle?
   Toda la voracidad que llevaba crepitando en el interior de sus negros corazones desde que habían separado los párpados al nacer, se cernía sobre el pueblo como si el ejército del diablo hubiera despertado en el mundo real para hundirlos en un baño de fluidos con sabor a muerte. Y, en aquel momento, nada podía detener el haz impasible de la guerra, porque las cenizas de la batalla provenían del enemigo más próximo. De ellos mismos.
   El caballero levantó la cubierta del yelmo y la ínfima claridad que descendía de los cielos alumbró sus ojos inundados en resentimiento, cuyo fondo era un circulo sin fin que giraba impulsado por una sed de resarcimiento encarcelada en el mayor de los infiernos mentales: el de la venganza. Se mantuvo inmóvil, conservando una postura férrea que se extendía a partir de su alma ingrávida, frivolidazada por el humo tóxico de las mentiras que él mismo se había obligado a creer y crear, y aspiró oxigeno con un gesto neutral, forzándose a olvidar que la dureza de la experiencia le había arrebatado lo único que había apreciado, y que, si el horror había surgido en sus entrañas, había sido en respuesta a la debilidad de su ánima.
   El soberano de la nación soltó una bocanada de aire que parecía haber dormido en sus pulmones durante mil décadas, y agarró su espada con fiereza. La hermosa silueta de cabellos dorados que se hallaba ante él, sumida en una expresión de imparcial magnificencia y sin apenas mostrar un ápice de flaqueza frente a la gelidez de aquella pesadilla, fulminaba su rostro con el frío encallecido por la ira, pero ni siquiera ella era inocente en cuanto a la catástrofe que arruinaba su entorno y su historia. Ninguno de los dos era capaz de sentir algo al desembarcar en el océano en el que vagaban las intenciones del otro. El anillo que vestía sus dedos anulares, el cual en un inicio había simbolizado la unión de kilómetros de bosques y edificaciones, de unas familias pobres y otras tocadas por la bendición de la riqueza material, significaba ese día la desolación de sus sueños, que se habían nutrido de su hambre por el exterminio y la supremacía hasta tomar la forma de un espectro devastador de todas las dimensiones, reales o metafísicas, de esa región.
   La reina dio un paso hacia delante y la luz de la media luna incidió en sus facciones petrificadas a causa del hastío, dejando una parte de su piel de porcelana rociada por la tenebrosidad de la noche, ennegreciendo y evaporando así su imagen en una representación de su infinito ser, ambiguo y malicioso como la vileza que llueve de las cataratas y arrastra el agua con la fuerza salvaje de la dominancia. Al igual que el egoísmo innato e irracional del universo.
   Mientras tanto, las lágrimas de las víctimas y las voces ahogadas de los combatientes seguían absorbiendo los silbidos de los gorriones que empezaban a cantar ante la sábana de calidez que traía el alba, cuyo abrazo contaminaba el ambiente con la respiración de los antepasados. Y el más allá continuaba abierto bajo un chillido sordo de exasperación.
   En la cima de aquel monte, disfrazados por la gracia de un amanecer sin dueño, equivalentes en cada uno de sus átomos y corrompidos por la misma insaciabilidad, los reyes estaban condenados a luchar hasta que el silencio del vacío bombardeara sus oídos y salvara sus miserables vidas del cataclismo autoprovocado. 

   Del final del que, probablemente, nadie más escaparía.