sábado, 16 de septiembre de 2017

IT (2017): CRÍTICA.

   Una exquisita pesadilla. Una explosión de los temores subterráneos del inconsciente. Una entrañable mirada hacia la naturaleza de la infancia y la esperanza. Esa es la esencia que reúne la historia de IT, desde la primera página de la aclamada novela de Stephen King hasta el último segundo de la nueva adaptación cinematográfica dirigida por Andy Muschietti. ¿Estamos ante la mejor versión de la legendaria obra maestra del payaso bailarín? La respuesta es, a pesar de las sorpresas que se intercalan entre la pantalla y las hojas del libro, un rotundo sí.
   La historia, lanzada al mercado literario en 1986, se ha mantenido viva durante todo este tiempo gracias a la complejidad de los personajes y a la magnífica narración a través de la cual el autor nos sitúa en un universo donde los miedos son la fuente de energía que mueve los engranajes de la oscuridad. La atmósfera de emociones ahonda con olas intermitentes de frío y cálido realismo en las relaciones humanas, cruzando los límites de la fantasía y disfrazando las luces y las sombras mientras expone una verdad eterna: la de cómo el poder del amor y de la fe en los demás son las armas más letales contra el pánico y el dolor. Y en ello reside su gran éxito.
   Adentrándose en este halo de transparencias mágicas, en el cual el espectador, al igual que el lector, se ve envuelto y reflejado en la psicología de cada uno de los siete protagonistas y en su forma de enfrentar y comprender sus miedos, la opacidad del mal, encarnado en las múltiples y viscerales caras de una criatura hambrienta de carne infantil que despierta cada 27 años, es la figura prodigiosa que ensalza la tenebrosidad de la vida hasta difuminar la línea que la yuxtapone a la muerte. ¿En qué medida la valentía de un grupo de muchachos puede derrotar a este ente maligno, más viejo que la Tierra y no menos sediento de sangre que un monstruo nocturno? Si esta es la pregunta que el público se plantea al conocer la trama, las cuestiones que subyacen en la mente a lo largo de la película profundizan en el escenario quimérico del terror, donde nuestros propios horrores son los encargados de convertirse en los más fieles compañeros de cama.

   En cuanto a la producción, cada fotograma está cuidado al máximo. La ciudad de Maine, enterrada bajo el sueño maldito y hundida en las gotas de lluvia infinita sobre sus calles dominadas por el diabólico infortunio de la supervivencia, respira al igual que un ser vivo, insomne dentro de su propia pesadilla circular. La perfección persigue el guión (pese a diferenciarse del final de esta etapa en la novela) sin desviarse de las características intrínsecas de la historia y sosteniendo el alma de los personajes, componiendo así un pilar consistente de suspense y desasosiego. La música acompaña de manera muy acertada las escenas, sumergiéndolas en lagunas de siniestra ansiedad que provocan una continua sensación de ahogo e incomodidad moral, y, aunque a veces anticipa los sobresaltos, envuelve las secuencias como si fuera la melodía de un torrente espectral, ajustándose a los sustos necesarios y transformando la vista del espectador en un laberíntico remolino de fantasmas. La adaptación de los diálogos es fluida y precisa, y llama la atención el elocuente modo en que fusionan varios pasajes del libro con distintas partes de la película que no aparecen en la literatura, porque, lejos de distanciarse del corazón de Derry y de sus habitantes, recrean con perspicacia y ternura unos momentos que habrían encajado con mucha facilidad en la obra original. ¿Y los actores? Son el espíritu de IT, un gran elenco de artistas que muestran una química certera (en mi opinión, antes inerte en la versión de Tommy Lee Jones) que nos presenta a los personajes, tanto a los secundarios como al resto, mediante una inolvidable encarnación de los mismos. 


   Los Perdedores crean unos lazos entre ellos que simbolizan una magnífica representación de la amistad, un destello de cariño y honestidad que supera la fantasía para abarcar la realidad con un sabor delicioso, enfatizando los sentimientos de los niños con una naturalidad sublime que oscila entre lo cómico y lo dramático, llevándonos de vuelta a una edad donde en el corazón solo hay espacio para las cosas importantes. 
   Chosen Jacobs, aunque su número de líneas en la película se ha reducido frente al libro, realiza un trabajo maravilloso al introducirse en Mike como si este fuera una segunda piel. Le transmite valor y una fuerte esencia de superación que concuerda con la dedicación y el coraje de Hanlon para ayudar a sus amigos, haciéndonos recordar cuán sincero y leal es el futuro investigador del grupo. 
   Finn Wolfhard es la guinda del pastel. Si alguien puede dar vida a Bocasucia, ese es él. Sus frases llenan las escenas con la teatralidad y diversión características de Richie y, además de saber adentrarse en Tozier con una valentía extrema, provocando que las carcajadas salgan de lo más profundo de nuestro pecho, su fuerza también está presente en los momentos de crítica mortalidad de la esperanza, manteniéndose siempre unido a aquellos que quiere por encima de cualquier obstáculo.
   Jaeden nos brinda una imagen celestial del líder. Bill; el chico herido, el hermano sobre quien recae la desesperación y la culpabilidad, la figura cargada de majestuosidad e inteligencia, con un ánima de acero que le hace vulnerable pero no débil... Lieberher da lo mejor de él, dotando a Denbrough de melancolía e intrepidez en medio de una interpretación de oro.
   Sophia Lillis le tiende la mano a Beverly y comprende quién es desde lo más profundo de su persona, lo cual se ve reflejado en su interpretación. El miedo, la impotencia, la rabia, el valor y la necesidad de pertenecer a algo real, a la calidez de una familia compuesta por niños rotos, capaces de apreciar el significado del amor, son puestos en escena con una brillante actuación que hiela los ojos y el alma.
   Jeremy Ray nos enseña la cara tierna de Ben. Aporta una sensibilidad bellísima a Hanscom, y nos hace creer en sus habilidades poéticas, en su sentido cooperativo y en su capacidad para dar la vida por sus compañeros, logrando establecer una empatía preciosa con el público.
   Jack Grazen proyecta generosamente el carácter atrevido y a la vez asustadizo de Eddie, añadiéndole un toque de humor y audacia. El pequeño del grupo, obsesionado con los detalles enfermizos y temeroso de las fantasías más irreales, demuestra que sus miedos sacan la parte valerosa que existe en su interior, y que la confianza en sí mismo proviene del poder que han forjado entre los siete.
   Y Wyatt Oleff nos transporta a la mente de Stanley Uris con delicadeza y elegancia: un chico que ve cómo los límites del peligro están escritos en el mundo, que entiende la corrección y la pulcritud a modo de vida, pero que desafía sus propias creencias para luchar por un bien mayor; por los Perdedores.
   Además, Jackson Robert Scott, que interpreta al desaparecido Georgie, combina con facilidad y dulzura las apariciones en la pantalla; por un lado, dejándonos conocer al hijo menor de los Denbrough, y por otro, enseñándonos la maliciosa cara de las sombras mientras juega con nuestra compasión de forma perversa. También Nicholas Hamilton nos deja una buena representación de Bowers. En sus gestos se lee la dureza y la animadversión hacia los niños, la brutalidad de un espíritu insano que ha sido manipulado por el odio, y, aparte, envuelve a Henry con una vulnerabilidad que es verídica en su punto más profundo, nacida del miedo a la desaprobación parental y la invisibilidad.


    No obstante... ¡Beep, beep! ¿Quién se esconde tras la diabólica máscara del monstruo que aterroriza Derry? 
   Bill Skarsgard, el diamante en bruto nacido en Europa. El actor sueco, estrella de la famosa serie sobrenatural de Netflix titulada Hemlock Grove, salta de nuevo al universo cinematográfico con un personaje que seguirá vivo durante lo que, después de visualizar el film, serán larguísimos años. Bajo el maquillaje y las prendas del asesino más colorido y juguetón del mundo de King, convierte cada segundo de su interpretación en una ensoñación infernal, hundiendo las emociones del público en un lago helado de aguas turbulentas donde los más oscuros temores, tomando la forma de vampiros sedientos de inocencia, se alimentan de la debilidad mental y de los miedos. Bill invita al espectador, empleando todas las tácticas demoníacas posibles, a ser poseído por sus facciones gélidas y siniestras, tétricamente pertubadoras y horripilantes (al mismo tiempo que dotadas de una esencia dulce y maliciosa que resalta la egoísta y traviesa personalidad innata del ser), arrastrándolo a un tornado de horrores en la ciudad donde se nutre del mal. Con su actuación, transforma las escenas en un circo de sangre que baña la historia con la risa histérica del ente llamado Pennywise, y promete dejar un legado de adoración artística más allá del tiempo, ensalzando la mítica figura de Tim Curry pese a crear, a su vez, una imagen fresca y enloquecida de la criatura de las cloacas.
   En conclusión, tanto los fans de IT como los nuevos visionarios, disfrutarán de esta primera parte de la adaptación. El trabajo es una pieza única, paralizante, sombría y sensible, que integra una fotografía, una dramatización, una banda sonora y una dirección que apuesta por la calidad en el cine de terror y fuera de él.
   Gracias a todo el equipo por hacernos flotar en nuestras peores pesadillas. 



sábado, 9 de septiembre de 2017

Glóbulos rojos.

El muchacho juntó los labios y besó el vientre del niño con las pupilas transformadas en dos universos de veleidosa y sombría voracidad.
El aire descendió hacia los pulmones de la criatura provocando un estallido de frialdad dentro de sus vasos sanguíneos, ocasionándole un temblor a lo largo de su musculatura. Las partículas de oxígeno, bañadas en la álgida y oscura humedad que sumergía la medianoche en una enorme burbuja de fiebre, acariciaron las paredes de sus órganos con el tacto del éxtasis, y de su boca emanó una sicalíptica exhalación prendida por un fuego invisible cuya llama crepitaba sobre el silencio arrebatándole el poder del eco que la nada susurraba.
En ese instante, el joven se separó del cadáver y colocó las manos en el césped, recorriéndolo con los párpados bajados mientras su aliento se aceleraba con cada segundo que sus sentidos eran estimulados por el aroma visceral de esa vida extraordinaria que rodeaba todas las esquinas del pueblo.
Podía sentir el latido de la tierra dentro de su cuerpo.
El pálpito de los corazones que, allí fuera, en la calígine del mundo nocturno, se contraían para hacer fluir el carnosamente suculento y nutritivo aliento de la existencia al resto de organismos que luchaban por subsistir.
Incluso percibía la presión del plasma escarlata danzando en el interior de su cabeza al ritmo de una sinfonía diabólica de apetitosos pasos en dirección al síncope del placer.
Él dejó caer los dedos sobre su rostro pálido y sibilino, del color frío de los cráteres lunares, y un escalofrío producido por el deleite golpeó su pecho al experimentar el cálido contacto de sus yemas, rociadas por un tono rojo brillante, contra sus gélidos pómulos de hierro, embebidos en una lunática atracción que hundía sus raíces eróticas en un halo de peligrosidad extraña y mortal.
El pulso del ser se elevó hasta que el perfume del alimento que corría a través de su garganta alcanzó las profundidades donde se originaba su apetito insondable, y sus iris se agrandaron con la extravagante e ilícita singularidad de un mar de titánicas aguas sempiternas, convirtiendo sus ojos en zafiros encendidos con el esplendor de la energía vital.
Ante ese minuto de gloria, una sacudida de fuerza fantasmal y voluptuosa explotó en el fuero de su espíritu, incendiando un deseo creado por las penitentes células que la oscuridad había depositado en él, eclipsando las conexiones entre la indolencia y la crueldad, y evaporando en un suspiro de lóbrega efervescencia las dolencias de su método de depredación.
Respiró el olor de la carne recién mutilada, que aún desprendía moléculas odoríferas al viento de la madrugada, envolviéndolo con el dulce y estuoso hedor de la muerte humana, y sus facciones se vieron abrazadas por la sed de savia que mantenía activo el círculo de la resurrección.
Ansiaba la liberación de cualquier piel que cubriera su identidad, de toda fuerza que detuviera sus instintos. Porque, frente a la supervivencia, su alma rogaba una gota más de sangre que saciara su monstruosa e impúdica avidez como hijo de la penumbra y devorador de hombres.


martes, 5 de septiembre de 2017

Relámpagos.

   Sus pupilas permanecieron fijas sobre la pared del cuarto, tan inmóviles como si una gravedad propia las anclara al océano más profundo de la oscuridad de su ser, allí donde la expiación no conseguida gozaba de total libertad para revivir mîseramente la violencia de aquello imposible de evaporar.
   Elevó la cabeza, sintiendo la luz procedente de la bóveda celeste acariciar las raíces finas de su rostro, y deseó que los astros borraran las huellas invisibles de la culpa que se arrastraba en una espiral apocalíptica dentro de sus poros. 
    Ahora que las consecuencias caían sobre todos, ¿podría un testimonio salvar la ultima gota de benevolencia que se había escurrido en el arroyo de los daños, en ese mar de ausencias y dolor que se había extendido poco a poco gracias a la falta de perspectiva y al egoísmo de cada uno de los que hoy respiraban sin atreverse a mirar atrás? ¿Cuál era el precio que debían pagar ante sus actos si, después de escuchar la verdad, se negaban a aceptar aquel aspecto no menos monstruoso que humano que vivía en su interior, tan cierto como la serena simpatía que también lo acompañaba?
   Foley se dejó caer en la esquina de la habitación, rodeado por la negrura que abrazaba los muebles y las sombras que provenían de sus pensamientos, y esperó a que el cansancio domara la actividad de su subconciencia. Entonces, acunado por la silenciosa somnolencia de la noche, cuyo eco escondía un ínfimo rayo de calidez que la quietud hueca y carente de límites de su cerebro cual veneno auto segregado para castigar su insensibilidad, no volvería a poseer, se imaginó despertando a millas de allí, a kilómetros de él mismo, en un lugar alejado de la crueldad que habitaba en sus propias células… 
   ¿Aún continuaba abierta alguna puerta que condujera a la redención, que aplacara los actos con una justicia tardía? No. Nadie iba a devolver el cuerpo de ese alumno a la vida. Pero quizá debía prohibirse nadar hacia el pozo de las quimeras que se alimentaban de su desesperanza; porque volver a oxigenar su conciencia y devolverle a ella, a la única chica ante quien desde los sucesos documentados por la policía su pulso aumentaba con la presión más dulce y profunda que había sentido jamás, implicaba luchar y plantar cara al pasado reciente, en el que la imagen distorsionada y fragmentada de su persona le devolvía la caricatura de un fantasma cegado por la frialdad de la jactancia.
   Se secó las lágrima de los ojos añiles, inundados por el brillo de la tristeza y de la impotencia, y el peso del tiempo cayó encima de sus hombros en cuanto una nueva bocanada de aire llegó a su pecho. Los latidos le recordaban segundo tras segundo la oportunidad que había dejado pasar, la opción de pedir auxilio que se había negado a contemplar a causa del miedo que se adhería a sus huesos y que había le había provocado temblores hasta en la última de sus terminaciones nerviosas, ocasionando que el miedo y la vergüenza se apoderaran de él férreamente. ¿Cómo delatar a alguien que llevaba a su lado desde antes de nacer, cuando sus familias ya se conocían? ¿De qué forma comprender que la compañera a quien más quería en el mundo había sufrido una violación a manos de su mejor amigo, y que él no se había atrevido a revelar los hechos a los agentes de seguridad solo porque su valor pesaba menos que su pánico?
   Entrecerró los párpados y giró el pomo de la puerta, dispuesto a abandonar aquel espantoso piso al que ni siquiera podía llamar hogar.
   Era un cobarde. Había dejado que los rumores devoraran los sucesos. Había permitido que las bocas de los demás se quedaran cerradas, mudas debido al temor y al recelo frente a ellos mismos, y enfermas por el desasosiego. Había colaborado en la criminalización secreta de un suicidio y había encubierto a demasiados testigos que ahora se hallaban aterrorizados por el perfil imperfecto de su identidad individual, la cual todos se negaban a gritar.
   Pero iba a hablar. Y una vez que las palabras salieran de sus labios, el cambio se avecinaría. Y la sangre llovería de nuevo. En esta ocasión, para bañar con luz las tinieblas de la muerte.

martes, 29 de agosto de 2017

VORÁGINE.

William dio un paso hacia la negrura, adentrándose en una nebulosa de reflejos opacos y formas fantasmales que parecía crecer con cada segundo, forzándole a escurrirse en la vicisitud del hilo temporal que, los monstruosos dedos de aquella tenebrosidad, luchaban por controlar. Mientras un hedor putrefacto y visceral invadía sus fosas nasales, acorralándolo es una atmósfera de presión ascendente, la noche caía encima de su cabeza con un silencio estruendoso, envuelto en una calma antinatural y repleta de abismos cuyos bordes se transformaban en afilados sonidos capaces de taladrar el subconsciente. La oscuridad se adhería a su piel con frivolidad fervientemente maliciosa, convirtiendo el tacto cálido e inicial en un calambre de perversidad que amenazaba con perforar los límites de su carne para desintegrar sus fuerzas y derrotar la certeza de esa promesa que, años atrás, había supuesto el renacer de una resistencia a la madre de todas las criaturas durmientes bajo la Tierra.
El chico trató de sacudir las piernas y las manos, intentando zafarse de las garras que el ente proyectaba a su alrededor, pero el magnetismo que atraía sus extremidades al centro de la tierra le obligaba a mantener sus músculos paralizados, haciéndole ralentizar sus movimientos hasta casi desactivarlos mediante una corriente de electricidad cargada de perfidia. En ella, cientos de deseos desalmados cuya henchura no podía perfilar dentro de su joven cerebro debido al inmensurable e infinito horror que palpitaba en el interior de cada turbulenta fantasía, imposible de tomar ningún tipo de apariencia en las entrañas neuronales de un humano, ocultaba el propósito de inmovilizar para siempre el flujo de sangre de aquel muchacho.
El desafío de un ser inferior no era permitido allí, en la sordidez depredadora de su morada entre el cielo y el suelo, donde el fulgor de la iniquidad defendía su trono.
Las zarpas del ente se abalanzaron sobre su presa empleando toda virtud de malignidad y, justo cuando iban a hundirse en el cuerpo del niño, un grito de júbilo, disfrazado con un atuendo de ruidos agudos y punzantes, saciado de vida propia, emergió de su garganta y penetró en los sentidos del engendro, transformándose en una ligera caricia llena de ecos joviales que rayaban en risas carentes del líquido requerido para la supervivencia de la oscuridad: el horror.

Un chillido de suplicio emanó de la misma nube sombría, evaporándola en un soplo de siniestra embriaguez, y un minuto después, los latidos regresaron libremente al pecho de William, devolviendo a su respiración  el privilegio de existir bajo esa cúpula de astros que el mundo disponía ante sus ojos vírgenes de cortedad.


miércoles, 23 de agosto de 2017

Forastero.

   Una puerta más que cruzar en mitad de la nada. Esa es la historia. Esa es la gravedad que atrae nuestros pies a la espectral tierra donde habitamos bajo máscaras de miedos opacos. Tan fríos, tan ardientes en su propósito de desvelar quiénes somos, que silencian hasta el temblor de la esperanza, convirtiéndola en un arma de doble filo capaz de brindar o arrebatar el valor de aceptar la propia sombra.
   Sí, requiere coraje el dar un paso hacia la verdad. Hacia la realidad en la que queremos despertar. Pero los segundos continúan deslizándose en la fugacidad de la noche, ajenos a los caminos que yacen en la oscuridad, lejos de los anhelos que, como fuegos fatuos, iluminan algunas almas cuyos sueños no se apagan a causa del fantasmagórico paso del tiempo. Y mientras tanto, las estrellas siguen naciendo y explosionando a millones de kilómetros en el extremo opuesto del cosmos, creando la composición imperfecta que nos salvaguarda del vacío en este suelo.
   Me acuesto sobre el césped aún húmedo, rociado con gotas que simulan lágrimas de los astros, y despejo mi cabeza más allá de las experiencias. No importa ninguna otra cosa que no sea el presente. Las pupilas difuminan el mapa de la vida cuando se mira a través de ellas afrontando lo que visualizan. Entonces, al observar y comprender la transparencia de las cosas, una niebla gélida, bañada en claridad, se instala en el cerebro remodelando las reglas, reinventando las opciones, y evaporando la relevancia de la mundanidad que viste cada detalle. Así, de forma inequívoca, vemos la trascendencia insustituible de las cosas sencillas. De la fuerza de los lazos que unen a las personas, de la belleza que duerme en el universo y del hogar donde se siente calor en el alma.
   El viento silba en mis oídos melodías que provocan un sopor hipnótico, impregnadas con el dulzor de una anestesia que proviene de la naturaleza enterrada en las profundidades del bosque, a las afueras de la ciudad. Allí, una luz diferente descontamina el cielo durante la madrugada, despojándolo del reflejo de las atrocidades que asolan el corazón y la mente del hombre, y envuelve la noche con la pacífica sabiduría que descansa en la esencia de los espíritus, cualquiera que sea la forma que estos hayan tomado.
  Despego los párpados y, entre las ramas de los árboles, contemplo cómo la bóveda celeste respira en medio de una atmósfera de paz surrealista, casi extinta a estas alturas de la era contemporánea. Tumbada en la negrura, la luna adquiere la apariencia de un ser vivo que deseara llenar sus pulmones de aire limpio, libre de la toxicidad de las raíces humanas. Las que, aquí y en cualquier lugar del mundo, nos devolverán siempre a la vicisitud de nuestras ánimas. Y su fulgor sincero traspasa la vegetación hasta abrazar por completo el hemisferio terrestre, cubriéndolo con una magnificencia estelar.
   Es en ese momento de gloria, rodeado por una soledad que susurra sinfonías nirvánicas, cuando sé que nunca abandonaré lo que soy.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Meteora.

   Hoy el amanecer es una sombra en el horizonte violáceo. Tu luz se ha apagado en esta Tierra. El grito de tu alma se ha convertido en un silencio de plomo entre los que aún respiramos, y solo en la infinitud de la galaxia, aún late el eco de tu voz.
   El viento escucha tu ausencia con la cautela de un huérfano sin guía. Las nubes, añorando las melodías con las que iluminaste el universo, han enmudecido sus truenos, buscando el coraje entre efímeras ilusiones de vapor, y el sol contempla el alba con los rayos incendiados por la consternación de la desesperanza.
   De algún modo, sigues aquí.
   Te hallas escondido en los susurros del aire, en el fulgor eterno de los astros, en la calma que posee la oscuridad de la noche. Partiste hacia un lugar donde lograr que el sonido de tu propio dolor se desvaneciera, donde impedir que los demonios de tu sangre asesinaran una vez más tus sueños. Y, quizá, esa libertad ansiada, sea el deseo último para poder inhalar oxígeno sin morir por dentro.
   Ahora siento cómo la tristeza fluye a través de mis células al igual que un rayo de electricidad, ayudándome a recordar que todo fluye a un ritmo que no se comprende en esta dimensión ni en ninguna otra, sino en el momento en que el corazón acepta los millones de significados de vivir.
   Hoy y siempre, el mar sereno de mis pupilas te añora.


jueves, 27 de julio de 2017

Dunkirk: Crítica.

   Nolan vuelve a ganarse el sobresaliente.
   Esta vez, el director enmarca por tierra, mar y aire la esencia de la confrontación humana y de los límites de la supervivencia, alentándonos a recordar la fragilidad y la resistencia que por igual alimentan la esperanza incluso en los instantes más duros que nuestra raza pueda soportar.
   Valiéndose de la fuerza, el desasosiego y el dolor que las composiciones de Hans Zimmer subrayan en cada escena, con un estilo minucioso y de perfección lograda en todos los campos de producción y realización, consiguiendo que cada fotograma tenga vida propia, nos sumerge en la realidad de una batalla que perfila la frialdad esclarecedora de nuestra condición como especie. Trae de vuelta desde una época lejana el latido de la guerra, y lo superpone en una historia que entra en el alma a través de todos los sentidos, forrándola con valentía y determinación y haciéndonos volar a la experiencia misma de respirar el humo de las explosiones; incluso a sentir la gelidez del agua helándonos los pulmones.
   Además, sin duda alguna, el reparto ha sido escogido con esmero, priorizando la calidad artística y expresiva. Las caras conocidas realizan su trabajo con una precisión increíblemente desgarradora, dejándose la piel en un guión que rechaza centrarse en el aspecto mundanal de los diálogos vacíos para poner el corazón en las palabras vívidas, concisas y certeras, y las interpretaciones de los nuevos actores barren la superficialidad para ofrecer al espectador una imagen de sus perfiles amplia y melancólica, a veces de verdadera consternación y oscuridad, dotando a la película de un significado y una profundidad más allá de lo concebible a primera vista.
   Por lo tanto, aun teniendo en cuenta el ensalzamiento que Nolan ha querido demostrar a su tierra natal, el cual puede ser mejor o peor aceptado según políticas aparte, cuando se enciendan las luces del cine, una cosa quedará grabada en la memoria del público: Dunkirk nos muestra la crudeza del hombre en su forma de mayor horror y desesperación. No es solo el reflejo del pasado, si no que traza un camino que nos habla de que el enemigo está dentro de nosotros y no en el símbolo de ninguna bandera.
   Oda a los sentimientos y a la paz, Christopher.