viernes, 7 de diciembre de 2018

Copos de valentía.

   El frío de diciembre acecha la cueva.
   Soy arena. Polvo de anhelos. Rocío escarlata al amanecer. Esperanza diluida en sal. Amor rasgado, piel herida, corazón sangrante. Libertad de alas exhaustas. Venas gélidas y arterias ardientes. Alma desgarrada por los frívolos vendavales del tiempo.

   Pero también fortaleza.
   Cierro los ojos y la imagen de tu rostro da sentido a mi camino. Tu respiración continúa dentro de mí. Percibo el calor de tu sonrisa en mis entrañas. Bebo de tus pupilas el licor de la vida. Comparto en tus labios el aliento de la esperanza, la sed calmada de euforia, la energía de la transparencia. Siento tus poros fundirse con los míos mientras tu mirada abraza mis huesos con un infierno blanco entre los dedos. 
   Eres sueño, eres realidad, eres luz y sombra. No cesarás de ser un ángel que ha errado y sufrido. Sin embargo, tus latidos supervivientes al áspero beso de la realidad te mantienen humano. En mi ánima, en el lugar en el que continúes saboreando el dulzor amargo de la lucha, de la huida, de la preservación de la identidad. 
  No te recuerdo. Es algo más. Tras la oscuridad de los párpados, estás conmigo. Bajo la caricia de tu sol eterno, renazco.
   El alba alcanza el bosque e ilumina el sendero. La nieve se balancea desde el cielo con una quietud tan dulce como el cantar de las sombras. Es hora de seguir caminando. A donde quiera que me acompañe el viento, la melodía de tu voz será mi guía. 
   Reúno fuerzas y obligo a mi sangre a circular. 
   Siempre quedan segundos para volar. Incluso después de varias muertes.



lunes, 26 de noviembre de 2018

Un pulso con el mañana.

Sin penas, sin glorias. 
El mundo era suyo. 
Su corazón, nunca más. 
Tras haber cruzado la meta, la mujer miró hacia atrás con los pulmones infectados por el fuego. 
El oxígeno entraba en ellos con la fuerza de un titán, pero el aliento ya no le pertenecía. La vida que exhalaba su cuerpo obedecía las órdenes de la suprema decadencia. El sabroso mal despertado en sus entrañas había dedicado suficientes años de madurez a engullir utopías. Ella había intentado creer en la huida, regresar al silencio de la paz interior, escuchar las plegarias de su subconsciente. Mas todo en vano.
Una energía desmesurada arrastraba su persona hacia el volcán de la destrucción. El agujero de la perfidia, donde el ego se alimentaba de los miedos, despedazaba su carne noche y día. El hambre de poder y la carcajada última de la frivolidad llevaban siendo su sustento desde la infancia. La niña que habitaba entre las paredes de su pecho reclamaba los aplausos y el abrazo opaco del público. Y era demasiado tarde para negárselos. Demasiado pronto para abandonar el poder de la envidia. 
La mujer enfocó la vista y dejó que los vítores besaran su figura. 
El trofeo estaba ganado. Y con él, el descenso a los confines propios de la depravación. 



martes, 30 de octubre de 2018

Hechizo de niebla.

   La sombra de la luna acecha desde el cielo con el reflejo de nuestros colmillos durmiendo sobre las tinieblas. 
   Ya es medianoche. El tiempo se ha detenido, la vida se ofrece como trofeo para los seres de la oscuridad. Pero continúo mi camino solo, con los aullidos de los fantasmas danzando a través de los silencios fallecidos que nunca encontraron su segundo celestial.
   No deseo el sabor de la sangre. No quiero matar por placer. No he emergido de los confines de la tierra para absorber cándidos sueños ni condenar las violentas frivolidades de los humanos. Mi único cometido es existir eternamente. Respirar el dulzor amargo de la belleza. Contemplar el despertar de las estaciones. Deleitarme con el latido último de las criaturas. Fundirme con el viento, volar empujado por el aliento de los astros, transformar el vacío en un eco de gloria. Y hacer de la niebla mi piel.
   En esta noche de puertas abiertas al mundo de los no muertos, no seguiré mi deber de secuestrar y transportar ánimas hasta nuestro hogar. Con el paso de los años he aprendido que el inframundo está en cualquier parte. Y dentro de cada uno amanece un fuego venenoso que es el verdadero monstruo de debajo de todas las camas: la voluntad del corazón. 
   Porque arriba o abajo, ante el sol o detrás de este, lo único que nos diferencia a los hijos del más allá de las personas, es el poder para combatir ese rayo, ese destino elegido, esa lucha por la verdad en uno mismo.
   Y yo, no estoy dispuesto a desenterrar otra herida, a abrasar otro pasado. De ese crimen que se encargue quien maneje el volante de su propia historia. Soy un demonio, no un ejecutador de pecados de carne y hueso.
   Doy un salto y abandono el cementerio con las pupilas limpias. 

   A volar hacia el infinito paraíso negro. A sentir quebrantando las normas. A deambular para el resto de los siglos… En paz.


martes, 9 de octubre de 2018

Lluvia de sangre (Homenaje a SOA).

   "El sol siempre brilla. Pero el tiempo y los crímenes tienen más fuerza que la luz. Porque nadie regresa de la muerte, porque todos nacemos con una sombra en el interior.
   Cada paso que dé será recordado. El mundo observa mis actos con los ojos llenos de sangre, y el destino sinuoso, a camino entre mi voluntad y la fragilidad de las circunstancias, me espera con los brazos de la oscuridad abiertos.
   Los amaneceres pesan y las noches son depredadoras de ilusiones que jamás podrán hacerse realidad. He de despedirme de las personas que habitan en mi corazón. De las que continúan vivas y de las que descansan bajo epitafios de amor y amistad roídos por la venganza. ¿Cómo se dice adiós a quien forma parte de ti? No hay palabras para alejarse de alguien que comparte tu aliento. No existen miradas ni caricias suficientes para sanar el caos. Hay hemorragias que duran eternamente, ocultas en un sórdido rincón del alma, desgarrándonos hasta el fin de nuestros días. ¿Es posible medir las pérdidas humanas? ¿Contar los gramos de vida que dejamos ir con ellas?
   Los sueños son ciertos. Y la felicidad. Sin embargo, en ocasiones, solo palpamos las estrellas con los dedos antes de desaparecer en el agujero negro de las malas decisiones, de los lazos rotos y de los cuerpos enterrados.
   Pero si algo he aprendido durante estos años, es que el mundo no perdona. Somos el despegue y el descenso de nuestro propio vuelo. Hemos de mantener el rumbo en todos los ascensos y proteger a nuestros seres queridos. Porque cuando llegue el momento de respirar por última vez, seremos los encargados de liberar nuestros pecados y expiar nuestras culpas.
   Somos el cazador y la presa, el ayer y el hoy, el destello y las tinieblas. Y a cada segundo elegimos en quién queremos convertirnos.
   Y aquí, en el seno de mi hogar, firmo mi historia. Me marcho sin abandonaros, me voy con el silencio de los que años atrás tuvieron voz.
   El sol naciente cuidará de mis hermanos y de mis hijos."



miércoles, 5 de septiembre de 2018

Sentencia final.

   La pareja se miró durante un par de minutos, desnudando el tiempo con la fuerza violenta de los corazones en cuyas sombras duermen más errores que arterias. 
   Era hora de dejar marchar el grito sordo de los silencios. De abandonar la tierra pisada. De respirar dentro de la misma piel, pero a distinto ritmo. Los huesos pedían a gritos un adiós carente de baladas y desfiles musicales. El viento había juzgado su historia en las llamas de la ira, la decepción y la traición. Al final de aquel paseo por el esqueleto de sus miedos, a través del llanto mudo del remordimiento y el interés visceral de la mezquindad, solo quedaba espacio para la distancia de los cuerpos y las almas, de las ambiciones muertas y los sueños malditos.
   Ahora que en sus sienes martilleaban impacientes los latidos de la conciencia, ambos debían ir a enfrentar sus propios caminos, esos que las huellas ensangrentadas dibujaban desde hacía años en el firmamento negro de la vergüenza. Las heridas abiertas, aún permeables a la gelidez del vacío, añoraban el aliento, la compañía, el calor de quienes una vez fueron, de aquello que quisieron y no lograron ser. La oxigenación del espíritu podrido por las promesas del torbellino interior: el hambre insaciable de la malicia.
   El hombre y la mujer se dieron la mano y el contacto provocó un calambre en sus ánimas de papel. En sus músculos únicamente permanecía grabado el sabor del dolor invisible, de las cicatrices que les habían brindado más noches de vida, aunque no menos pesadillas bajo el sol abrasador de la mentira.
   Rasgaron sus pupilas las luces del amanecer, y los dos dejaron que el día fundiera sus temores con el ardor de la rabia.
   Sus demonios personales ya tenían preparado su hogar en la mejor suite del infierno.

jueves, 16 de agosto de 2018

Graduación en los suburbios.

   Salgo de la cama y me atrevo a lanzar una mirada a la figura que se refleja en el espejo. 
   Sin embargo, el alivio no hace acto de presencia. 
   Miles de arrugas invisibles hincan los colmillos en mi alma, y un precipicio asomas a mis cuencas oculares, proyectando sombríos desvelos sobre mi rostro maduro. En él todavía moran los últimos destellos de una juventud doliente y perdida, de una luz consumida por el arte de la desdicha. Pero no reconozco otra sabiduría en mí distinta de las raíces podridas del ghetto. Los días sacuden mis pestañas con la fiereza y el desdén de la gravedad, del peso de unos sentimientos sin más patria ni hogar que el sonido sordo de la nada y el silencio impasible de la soledad entre cientas de personas. Siento que respiro dentro de un tanque de mentiras contagiadas con el virus de la verdad, que todas mis experiencias han sido compradas por la amarga y frívola arrogancia nacida en las calles, y el mundo vibra entre mis oídos mientras sus gritos de auxilio se apagan ante la pérfida y errática jactancia de una rata de alcantarilla. 
   Sigo recorriendo la imagen del hombre cincuentón que me observa con la desgarradora lupa de la conciencia. Bajo mi piel habitan recuerdos extraviados por el sigiloso salto de la vida adulta, con sus frenéticos y extravagantes giros de guión, y dentro de mis células duermen los grandes vicios secretos de la ciudad, la dinamita envenenada por el aliento de la criminalidad y la vil insolencia. ¿Qué puedo alegar? ¿Acaso tuve opciones menos sanguinolentas, caminos más prósperos? La suerte nunca hablará. El destino y yo fuimos los responsables, y nadie revelará quién tiene más sangre en las manos. Los pasos ya fueron dados.
   No obstante, sé que las cartas muestran la cara real del tiempo, la dentellada del pasado. Y de poco servirá negar lo que fui y lo que soy. La elección a ciegas a pesar del hedor a felonía propia y ajena. La ruta de la deshumanización a través de los fondos infames y postergados de la urbanización. Todo martillea mi cabeza con el ímpetu de la displicencia, abrasando mis noches según las llamas de la delincuencia ascienden a la azotea de la conciencia. Y el humo del endiosado aprendizaje de la supervivencia a ras de muerte, me envuelve con sus brazos de sucia y corrupta vanidad.
   No hay miedo, no hay resistencia. Mis poros aúllan la identidad de este cuerpo, y la lánguida tristeza que acompaña a mis memorias permanecerá intacta hasta mi adiós. 

   

lunes, 30 de julio de 2018

Mordisco vital.

   De pie frente al valle carmesí, el sol muerde mi piel. Mientras espero el juicio final, los rayos abrasan las memorias enterradas bajo mis poros.
   Ahora que no crece más que la ira entre mis costillas y que la muerte perfuma el aire, siento mis manos sedientas por el retorno y mi corazón hambriento de silencio en los pechos ajenos. La nada repta hacia mí como una depredadora de viejas y ácidas ilusiones, avanzando con la velocidad asesina de la convicción. Y el tiempo es el testigo único de la barbarie que protagonizaron mis manos, del delito que araña mi destino con zarpas aniquiladoras.
   Lo cierto es que la sombra de los caídos pesa sobre estas tierras. Mis dedos se hayan manchados con la tinta roja de la frialdad, con el calor luciferino del odio, y sé que el sol se pondrá por última vez cuando la mujer que tengo detrás despegue el arma de mi camisa y abra fuego. Entiendo su rabia. Le arrebaté a su familia.
   El viaje planeado vibra en mis entradas. Hoy mis pasos son nómadas en el gran vacío del cañón, y comprendo que las personas deban limpiar la depravación, la desidia y el horror que envenenan el pueblo. Que hijos y padres quieran deshacerse del sabor amargamente humano en el cual consiste la presuntuosa risa del odio. Pero eso solo es posible cruzando los límites de la justicia: convirtiéndose también en un juez que sepa nadar en ríos de sangre. ¿Desearán todos ese camino de insana cordura?
   Afilo mis recuerdos y despierto la voluntad de la bestia interior, de la ejecutora que defiende la ley de la resistencia.
   Mis motivos fueron malinterpretados. Sin embargo, no mis crímenes.

   Inspiro y oigo el canto de la pistola.