La tragedia canta, sangra, se oscurece. La ilusión muere y la idea renace. El film eleva la caída de Arthur Fleck y desmonta la sed violenta de la sociedad. La música se revela refugio, el maquillaje baila con la negación del humano. El nombre cesa, la leyenda se siembra.
Joker y Joker 2 se complementan. Todd Philips construye la cima simbólica para destruir el icono anárquico. Ambas películas invitan a ver con lupa la exclusión, la mente enferma, la fiebre social, la fantasía y el arte como vías de supervivencia. En esta entrega algunos números musicales llevan la secuela a las nubes y otros no encajan en la atmósfera. El juego de contrastes es el propósito accidental: todo está fuera de lugar para el protagonista, pero jugando a su favor, haciéndonos pisar el fango, mostrándonos la ruptura de la realidad y los deseos con éxtasis y confusión. La BSO vuelve a estar a manos de Hildur Godnadóttir y las melodías frías señalan el deterioro y las condenas invisibles con más presión. Phoenix brilla con naturalidad y Gaga habita a Harley como si fuera su segunda piel. La cinematografía es la última carcajada. El guion repite caminos, danza sobre sí mismo hasta retorcerse amargamente y reírse del legado.
Un caramelo descarnado, absurdo, herido. Insatisfactorio y acertado, desesperanzado y colorido. La suma extraña de un final alternativo para el príncipe del crimen. Una suerte de cómic independiente que expande el inicio. Un chiste sombrío sobre el personaje que abre y cierra al mismo tiempo los diferentes caminos posibles. Una agridulce e irregular sátira del individuo donde todas sus máscaras, personales o circenses, son su perdición.
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| Imagen: ClemsGraphics |

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