Dime, ¿cuánto de ti
tiene fuerza suficiente para erguirse
sin tiritar?
¿Todavía te crees un ave pequeña y
piensas que tu hambre no merece
su trono de plata?
Existen cuerpos llamados fantasmas: no
son dueños de su altura, sino rehenes
de la careta culpatoria.
¿Patinas sobre tu reflejo con pudor
en la boca, a merced
de las olas sintientes,
en busca del tesoro en una isla verde
lejos de tus entrañas?
¡Ah, cómo pesa el poder sin lugar propio!
El límite dibujado apunta a ese centro
de gravedad
del que los niños huyen.
¿Saben los esclavos del miedo
que su cárcel es a escala?
Sí, la dignidad tiene un precio
a pagar con el corazón
maduro que no sostiene los inviernos
de otras sombras,
que no se borra del mapa para soportar
el oxígeno.
¿Tu tierra es tuya o hay pies vecinos pisando las flores?
¿Es tuyo tu nombre o del mundo,
del reino de las siluetas previas
aún lloradas?
¿Los huracanes rompen tu refugio año tras año?
¡Ay, qué insípida es la debilidad!
Mira el brillo de quien rema
a su favor
sin dañar los navíos restantes,
sin rescatar a quienes han de hundirse
en su particular y extraño motivo.
¿Acaso no relucen los ojos que se saben siempre
a salvo y dignos del sol?
Fuerza, fuerza, fuerza
contra todas las noches: manos seguras en vez
de lamentos.
La honestidad me abre en canal:
no me gustan los jinetes
que no son autores de sí mismos.
Recuerdo que las personas de acero derraman
agua como guerreros y no piden permiso
para respirar.
Ruby Atlas ©
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| Imagen: Briscoe Park |

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