Es la primera vez que desafío al viento.
Un abismo late en mi pecho, pero sé que ha llegado la hora de cabalgar por mi cuenta a lomos de una amiga inmortal. Papá dice que estás ruedas son mi billete de libertad, y mi undécimo cumpleaños me ha traído la oportunidad de volar sobre el suelo con un lazo de terciopelo que suavizará todas mis caídas, incluso aquellas sin la bicicleta como protagonista.
Suspiro y agarro el manillar al igual que si se tratara de un timón celestial. Estoy subido en un ave mecánica que puede llevarme a la cima del mundo y necesito confiar en que estas taquicardias no pesan más que mi valor. El riesgo a fallar y a romperme los dientes me recorre la espalda como una víbora de humo. No obstante, sin ser un marinero experto, está en mi mano decir adiós a los tambores del miedo.
Coloco los pies en los pedales y beso el aire que me impulsa mientras el barco se mueve. De pronto, lo único que importa es que esta sirena de acero y yo somos un equipo: nuestras alas se han desplegado.
Ruby Atlas ©
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| Imagen: Barbara Jean |

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