El menor se mordió el labio mientras recordaba la paliza. Su vello se erizó al revivir un dolor ácido que había contaminado su cuerpo y su mente antes de entender el mundo. Ahora todo se le antojaba irreal. Un cambio de posición demasiado crudo que no ubicaba dentro de márgenes lógicos.
—Aunque no lo creas, tienes suerte. Quien desde ahí arriba decidió que no hablaras, te hizo un favor. Confía en mi intuición —Su acompañante le dio una palmada en la espalda—. El silencio está más vivo que las palabras. Y tú lo utilizarás a nuestro favor. Nos cubrirás las espaldas.
El hombre que viajaba con él soltó el saco con un golpe sordo y el chico pegó un brinco. Su rostro pecoso era un cuadro a punto de derretirse bajo una linterna dictadora.
Su hermano chasqueó los dedos con un sonido iracundo y el niño volvió en sí, todavía reacio frente al trabajo. Tras tambalearse unos segundos, cogió un cuchillo de su cinturón y rasgó la tela marrón usando una mano y llevándose la contraria a la nariz. Vislumbraron la figura de un anciano de pelo blanquecino y arrugas en la frente y empuñaron un par de palas dispuestos a cavar un agujero en el que tirar el cadáver. Este, envuelto en ropas con fluidos secos, los mismos que decoraban los antebrazos del nieto mayor, ofrecía un retrato horrendo de la decadencia.
Listo el hoyo, ambos cogieron las esquinas del saco y empujaron el peso del fallecido. Su cara desencajada, en cuyo semblante permanecía intacta la ansiedad que el susto final le había regalado, ya no sonreía.
El jovencito posó la atención en su compañero, quien observaba al cabeza de familia con aspereza.
—Mamá hubiera dicho algo bonito sobre él. Y los tíos. Y los del vecindario. La gente siempre suelta lágrimas de cocodrilo delante de las tumbas. Les aterra la verdad… Aun así, algunos payasos no merecen elogios por la función.
La ferocidad fue canalizada con un grito sin temperatura y una patada al muerto. El treintañero pensaba haber cerrado la puerta al escozor y a sus espectros, pero las heridas rara vez se curan con el beso de la oscuridad. A su lado, el muchacho se limpió unas lágrimas tan prohibidas como catárticas.
Terminaron su labor y se marcharon hacia el pueblo evitando mirar atrás. Ya no necesitarían huir a pie de ese verdugo injusto. A partir de ese momento, solo correrían esquivando sus propias llagas y tropezando con el inframundo que habían escrito en el reverso de sus ojos.
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| Imagen: Briscoe Park |

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