lunes, 30 de julio de 2018

Mordisco vital.

   De pie frente al valle carmesí, el sol muerde mi piel. Mientras espero el juicio final, los rayos abrasan las memorias enterradas bajo mis poros.
   Ahora que no crece más que la ira entre mis costillas y que la muerte perfuma el aire, siento mis manos sedientas por el retorno y mi corazón hambriento de silencio en los pechos ajenos. La nada repta hacia mí como una depredadora de viejas y ácidas ilusiones, avanzando con la velocidad asesina de la convicción. Y el tiempo es el testigo único de la barbarie que protagonizaron mis manos, del delito que araña mi destino con zarpas aniquiladoras.
   Lo cierto es que la sombra de los caídos pesa sobre estas tierras. Mis dedos se hayan manchados con la tinta roja de la frialdad, con el calor luciferino del odio, y sé que el sol se pondrá por última vez cuando la mujer que tengo detrás despegue el arma de mi camisa y abra fuego. Entiendo su rabia. Le arrebaté a su familia.
   El viaje planeado vibra en mis entradas. Hoy mis pasos son nómadas en el gran vacío del cañón, y comprendo que las personas deban limpiar la depravación, la desidia y el horror que envenenan el pueblo. Que hijos y padres quieran deshacerse del sabor amargamente humano en el cual consiste la presuntuosa risa del odio. Pero eso solo es posible cruzando los límites de la justicia: convirtiéndose también en un juez que sepa nadar en ríos de sangre. ¿Desearán todos ese camino de insana cordura?
   Afilo mis recuerdos y despierto la voluntad de la bestia interior, de la ejecutora que defiende la ley de la resistencia.
   Mis motivos fueron malinterpretados. Sin embargo, no mis crímenes.

   Inspiro y oigo el canto de la pistola.

lunes, 16 de julio de 2018

La vida de Calabacín (Ma vie de Courgette): Crítica.

   Esta película franco-suiza, nominada a los Óscar como Mejor película animada y Mejor película extranjera, se basa en la novela del mismo nombre de Gilles Paris. 
   Centrada en la técnica de animación stop motion, los estudios Gebeka Films han creado una joya tanto en calidad filmatográfica como artística y narrativa. Empleando un diseño un tanto burtoniano, donde los ojos son los protagonistas de las sensaciones, han conseguido captar el espíritu de los personajes, revelando la vida interna de cada uno y dándoles un aire conmovedor y sensiblemente bello. Además, los detalles están cuidados al máximo y los tonos, la fotografía y la música se adaptan a la perfección a los requerimientos del largometraje. 
   La historia cuenta la vida de Ícaro (quien prefiere el mote de Calabacín por el lazo emocional que lo unía a su madre), un niño de 9 años que se queda huérfano tras un accidente doméstico y se ve obligado a ir a un hogar para menores. Allí, a pesar de la dureza de las circunstancias y del dolor que experimenta ante la pérdida de su familia, conoce a otros niños que, al igual que él, se encuentran en situaciones difíciles y rodeados por los brazos de la soledad y la falta de respuestas a sus cuestiones existenciales, a sus sentimientos y a su futuro incierto. 
   Aunque la trama es sencilla, su mayor logro es no decaer en una atmósfera simple: todos los personajes están dotados de un maravilloso realismo, ajustados a su edad y comportamientos naturales; cada escena está llena de color y significado, y los diálogos brillan gracias a su delicada (y no por ello menos impactante) fidelidad a las reacciones infantiles y adultas del corazón. Los temas tratados sugieren preguntas vitales y construyen un escenario de empatía donde el público puede sentir la dureza, la ternura, el miedo y la tristeza que surgen a partir del desamparo, de la incomprensión del mundo, y también del poder del amor y la amistad. Y todo ello envuelto con una radiante dosis de humor, ética y cariño que sumergen al espectador en un universo de luces y sombras donde la esperanza está al alcance a través del contacto y el apoyo humanos. Las personalidades están perfiladas con gran acierto y el pasado de cada niño refleja la verdad de quienes son hoy. Sin embargo, los hechos que han escrito sus vidas no los limitan, y ellos aprenden poco a poco y a base de esfuerzo que es posible ver brillar el sol pese al invierno que han cruzado, que puede haber bondad en otras almas, y que la fuerza nace del entendimiento, de la aceptación y del valor.

   En mi opinión, esta película del 2016 debería haber merecido un reconocimiento más amplio, pero las productoras y las empresas comerciales suelen ignorar los proyectos independientes y enfocarse en productos que sean económicamente exitosos. De cualquier forma, si quieres adentrarte en la psicología de los niños, experimentar una travesía cargada de emociones y enternecerte con una de las animaciones más bellas y singulares de los últimos años, no te pierdas esta obra única. 


domingo, 8 de julio de 2018

Tumbas de hielo.


La nieve cierra el paso. La ventisca cae sórdidamente sobre el hielo. El aire susurra cantos gélidos frente al amanecer de las sombras. El pueblo apenas se distingue a través de los relámpagos hostiles de la tormenta.
Pero el latido persiste.
Dentro de sus sienes, palpitando como el corazón de un animal encarcelado.
Al fondo de su mente, sembrando la maldición de la duda. Cultivando esa gran devoradora de lo visible e invisible al ojo humano.
La mujer arrastra el cuerpo por las láminas de madera hasta alcanzar la ventana de la cabaña. Busca oxígeno, rastrea espacios sin condenar, y el horizonte solo le devuelve la mirada rígida y vacía del cristal. Su espectro de carne y hueso la vigila.
Allá fuera, en las tierras indias de la liberación espiritual, todavía es palpable el calor de la sangre. Las gotas de la desgracia. El pulso de la intolerancia. Y ella sabe que las almas de los desaparecidos en el agua congelada regresarán noche tras noche para cazar la paz de sus cuerpos inertes.
Tiempo; ya no queda.
Hogar; nunca existió.
La piel seguirá mudando en codicia resistente al averno de los días sin luz y de las madrugadas álgidas.