miércoles, 26 de agosto de 2015

El trueno.

   Había calma en el bosque. La tranquilidad se respiraba en el aire cargado de buenas vibraciones, el cual circulaba de un extremo al otro del condado llevando la energía a miles de escondites. Bañaba el agua, el suelo y la hierba, inundando cada minúsculo rincón de vida. La armonía entre cielo y tierra se oía a través de las palabras que murmuraban los árboles, y el silbido del viento deambulaba silencioso sobre la superficie del río. Las plantas y las flores susurraban melodías en el idioma de los animales y, si uno se paraba a escuchar atentamente, podía entender algunos mensajes que transmitían en el lenguaje que todos los seres hablan. El que procede del corazón.
   Las hojas crujían bajo sus pies según se adentraba en las pequeñas cuevas que las ramas formaban por el camino. El sol brillaba detrás de las nubes, apareciendo y ocultándose en periodos alternos, y eso le ayudaba a avanzar sin que la luz le dañara la vista.
   Sebb levantó la vista hacia las nubes, que flotaban encima de su cabeza de un modo apacible, paseándose sobre el pinar mientras se expandían y se concentraban para formar distintas figuras. 
   Comenzó a silbar una canción alegre compuesta de notas que sonreían. Aún quedaban varios kilómetros por andar. Quizá el viaje durara más de lo esperado.
   Daba igual lo que dijeran. El pueblo siempre iba a subestimar sus ansias de explorar el mundo. No recibiría el apoyo de los suyos porque la cobardía hablaba por ellos. Tenían miedo de aceptar que no les pertenecía, de reconocer que su hogar se encontraba en otra parte. En el propio camino. En la búsqueda de sí mismo. Lejos de donde nació.
   Eran unos cobardes. No merecía la pena guardar rencor a aquellas personas que no creían en él y que nunca cambiarían de actitud. Temían a lo diferente. A lo desconocido. A desligarse de las costumbres cotidianas y de la dependencia entre los habitantes de Feston. A la libertad. Y eso era justo lo que su corazón tanteaba a ciegas allá donde iba con el mismo ímpetu que una gaviota persigue el sonido del mar. Con igual ilusión que una estrella anhela la llegada de la noche para encenderse. Lo deseaba con tanta fuerza como la que sujeta nuestros cuerpos al suelo.
   Un relámpago cruzó el cielo. Sebb se dirigió hacia un claro cercano, se tumbó en la hierba a espera de que la tormenta de verano aterrizara sobre el bosque de Ceredyl. Unos segundos después, un sonido electrizante y feroz procedente de las alturas zarandeó el cielo y retumbó dentro de sus oídos y del tronco de los pinos.
   La naturaleza también necesitaba limpiar su alma.
   Cuando la lluvia tocó por fin su piel y lo empapó hasta mojar completamente su pecho, sintió que las gotas de agua arrastraban los rastros de desolación grabada en su memoria, y que el deseo de vivir le recorría el interior de las venas.
   Las comisuras de sus labios se estrecharon. Las gotas los habían cubierto de valentía, entusiasmo y optimismo.

   Muchos le dirían aún que regresara. Pero nunca abandonaría el camino que le conduciría a la fortuna. El que haría realidad cualquier sueño.


2 comentarios:

  1. Palabras profundas y un escenario muy bien recreado. Espero que la historia continúe ;)

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    1. Mil gracias :D
      Seguro que escribiré algún capítulo más.

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