martes, 4 de agosto de 2015

Contact.

   El frío de diciembre helaba las ventanas del coche, aunque dentro del automóvil solo podía sentir la calidez de su compañía. 
   Lo miré y dejé que el oleaje de los sentimientos dominara el momento. Acorté el escaso espacio que nos separaba mientras notaba nuestras manos temblando, y el pulso se me aceleró en milésimas de segundo. 
   Necesitaba tocar sus labios. Unirme a él. Conectar con lo más profundo de su persona. Con su espíritu.
   En un instante nos fundimos. Y después nos echamos a reír como niños cómplices de sus propias bromas.
   Mas la suerte no estaba de nuestra parte. Éramos dos amigos que jugaban contra el destino y pretendían no quemarse con su fuego.
   Entonces recordé algo que John siempre decía. <<Una historia sin dolor es un cuento sin magia. El sufrimiento nos obliga a bajar del cielo, a anclar nuestros pies a la tierra y hacer las cosas bien.>>
   Los ojos se me enrojecieron y empezaron a arder, afectados por el pánico que llevaba cinco meses ahogándome en silencio y hundiéndome en la desolación. En el sabor agridulce de poseer el corazón de quien no debe corresponderte.
   Observé a Will tristemente. Amaba a aquel hombre. Habría dado hasta la última gota de mi sangre si hubiera sido necesario salvarle. Pero no iba a destruir su familia. A su mujer y a su hija enferma, quienes requerían los cuidados de un padre y un marido que dedicara todo el tiempo a ver los progresos clínicos de la pequeña.
   Un extraño eco de ambas respiraciones zumbó en mis oídos.
   Alguien con un poco de honor, se hubiera ido de allí. Alguien con el sentido de la justicia aún alerta, hubiera escapado de su lado.

   Me limpié las lágrimas y abandoné el Ford sin mirar atrás.

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