martes, 29 de julio de 2014

80's.

   Miles de recuerdos se posaron en mi cabeza. Pese a haber pasado tan poco tiempo juntos, unas semanas habían bastado para que conociéramos el verdadero mensaje de la fidelidad. La amistad no era una palabra, si no un espejo que nos reflejaba y que nos unía a través los secretos más profundos del corazón.
   Sonreí. Me alegraba saber que ya no existían las distancias. La confianza había creado unos lazos irrompibles durante aquel último mes de otoño. Nuestros caminos se separarían muy pronto, pero esa diminuta ciudad americana siempre conocería las travesuras de los cinco.
   Sí. Aquella noche la magia existía. 
   Continué colocando invitaciones encima de las mesas. La celebración de la llegada de la familia se Ryan nos emocionaba a unos y a otros, y habíamos decidido montarles un buen recibimiento. 
   Vi a un montón de enamorados, de amigos y de compañeros reír y conversar bajo las luces de la fiesta. La música comenzó a sonar y varios jóvenes se levantaron de sus asientos para invitar a diferentes chicos y chicas a la pista de baile. Cindy y Tommy ya habían empezado a practicar diversas coreografías en el centro del club, y Ginger y Daniel bailaban alrededor de ellos, realizando unos pasos tan bonitos como difíciles. Nos guiñamos un ojo. Qué maravillosa parecía a veces la confianza. Sentí que estábamos en casa. ¿Quién hubiera dicho que, siendo completamente distintos, íbamos a terminar convirtiéndonos en una pandilla de personas libres, cuyos miedos y problemas nos habían ayudado a crecer gracias a nuestro mutuo apoyo? Para mí eso significaba el amor. El compromiso sin interés. Los favores sin devolución. El aprecio real.
    De pronto, una sombra cubrió mi posición y noté que un par de manos tiraban de las mías con dulzura. Se trataba de John. Me levanté y acepté la propuesta de disfrutar de la canción. Nos movimos hasta el escenario y permití que cruzáramos ambas miradas. Sus ojos castaños y rebeldes observaban mis negras pupilas de forma intensa, prendidos por un fuego que desprendía una calidez especial, incluso dulce. Posé los dedos sobre su cuello y dejé que la melodía nos impulsara a los dos, contemplando su largo cabello semioscuro con curiosidad y pasión. Él acercó los labios a mi boca y agradecí aquel suave contacto, el cual me envolvió en una eterna sensación de protección y cariño. El criminal y la princesa juntos. La primera vez que se oiría algo así en el barrio. Pero qué importaba.
    Me acarició la mejilla y susurramos a la vez que la voz de los altavoces: <<Don't you forget about me... >>.