jueves, 8 de mayo de 2014

Diario de T.J.

Odiaba aquel callejón. Estaba desierto. Vacío. Al igual que yo. En él siempre reinaba el silencio. Como un guardaespaldas. Como una sombra de la propia oscuridad que albergaban sus paredes cubiertas por pinturas urbanas. El eco de la vida nocturna se escondía bajo los escombros, los restos de basura y los cristales rotos que dormitaban allí. Era el sitio idóneo para que no te encontraran, para delinquir sin límites y sentirse libre... el lugar ideal para cometer un asesinato y continuar siendo inocente. 
Los cinco miramos fijamente durante largo rato ese rincón aislado y frío con los ojos enrojecidos.
Cada anochecer, al pasar delante de aquella zona, a nuestra mente acudían las imágenes de un río rojo deslizándose sobre su suelo descolorido.
Un río que ahora desvelaba la ausencia del que hoy, a nuestro lado, cumpliría dieciocho años. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario