Identidad.

   Pero esa noche la cara oscura de la luna era todo lo que sus ojos alcanzaban a ver en el firmamento. La oscuridad se asomaba a sus pupilas ávidas de vida absorbiendo las esperanzas ocultas por la inseguridad. Las sombras acunaban los miedos que dormían en su corazón bajo el más ingenuo de los silencios y, en medio de aquel desierto de soledad, solo lograba escuchar su órgano vital palpitando con menos fuerza.
   Un brillo muy tenue surcó el cielo y el hombre se creyó a salvo de la justicia al contemplar la estela del minúsculo cometa. Sin embargo, el viento frío de la madrugada llevó hasta sus oídos una melodía susurrada por el diablo. Una sucesión de notas que volvía locos a los cuerdos y enfermos a los sanos: aquella que hacía regresar las mentes al pasado mientras oían la risa del dios del infierno, del monstruo que observaba sus sueños muertos con una sonrisa. 
   Entonces, en mitad de la nada, se dio cuenta de que no había lugar para huir de uno mismo.


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