lunes, 9 de marzo de 2020

La luz inmortal.


   Una mano diminuta cierra sus dedos alrededor de los míos, reviviendo mis ganas de respirar. Y una lluvia de calor me inunda el pecho, despertando un volcán cuya fuerza se ha mantenido latente desde que la primera molécula de oxígeno me brindó la oportunidad de sentir el mundo.
     Acaricio su palma y puedo notar cómo, al igual que si una corriente de magia fluyera entre su corazón y el mío, una sonrisa se desprende de sus labios. De esa incesable fuente de jovialidad que siempre me devuelve el ímpetu de mirar la realidad con los ojos de la esperanza.
     Si ella está a mi lado, la luz existe más allá de este universo de oscuridad.
Suelto una carcajada de júbilo, enraizada en un profundo alivio que mana de una alegría incapaz de apagarse, y presto atención al tacto de su piel, que comienza a traer viejas sensaciones a mi memoria. El ayer regresa en forma de una melodía de tintes plateados, inmerso en un océano de promesas bañadas por la  fuerza de la luna y la energía del amor.  Y entonces, sé que en aquellos días hay espacio para miles de emociones, tantas como historias han brotado de la tierna voz de mi hija durante las interminables horas en el hospital… Cuando la danza de las estrellas en la bóveda nocturna se convertía en la protagonista de todos sus cuentos. Y cuando, en el silencio de las sombras, mis susurros se transformaban en sueños destinados a cumplirse gracias a la fe de nuestras almas. A la creencia de que la fuerza interior era y será una llama de resistencia inmortal. Porque todos los pasos que hemos dado juntas, permanecerán escritos en el firmamento eternamente. Y haberle enseñado el valor de la persistencia vital, de la lucha por los deseos que se esconden en el fondo del corazón, es el legado que le dejaré una vez que ella deba proseguir este infinito viaje de maravillas y misterios hacia el propio destino.
Los zapatos del médico resuenan en la habitación al avanzar en mi dirección, y al cabo de unos segundos, las vendas que rodean la parte superior de mi rostro, lo abandonan, permitiendo que una claridad etérea se filtre a través de mis párpados. Logrando que hasta la última célula de mi organismo palpite de felicidad.
Haya funcionado o no, el camino recorrido me ha ayudado a descubrir quién soy. A comprender que las personas tenemos un propósito mayor que nosotros mismos: el de sentirnos vivos.
—¿Me ves, mamá?
El vigor candoroso y sólido de sus palabras me impulsa a emprender una odisea hacia los prodigios inexplorados del nuevo ahora.
Abro los ojos y los colores de la libertad desbordan mi ser.