lunes, 10 de febrero de 2020

Girasoles.

   Miro las sábanas en un intento de encontrar respuestas en la franqueza de su blancura. Necesito respirar el frescor de este nuevo camino y dejar atrás la niebla confusa de la impotencia, de las cadenas con nombres humanos y deseos anestesiados. ¿Es tan sombrío transitar el desorden de la vida? ¿Todo florecimiento remite a la incomodidad áspera de resistir la desaparición de las ilusiones?
   El sonido del tráfico se cuela a través de la ventana y alerta mis sentidos. Estoy en una cama que no me pertenece, donde pueden nacer destinos o la brújula de las apetencias tal vez sea capaz de guiar brevemente la libertad. Pero no siento la firmeza debajo de mis costillas. Todavía noto los latidos de mi corazón febriles, buscando el modo de respirar sin la pesadumbre que lideró las heridas en aquellos días de astros muertos. No sé cuánto son capaces de soportar si no encuentran la luz ansiada. 
   Su figura aparece en la habitación y se arrastra hasta mí con una jovialidad contenida y amable. Me pregunto qué hago ahí, en mitad de una revolución de sentimientos que no aciertan a desvelarse, pero sus manos no tardan en recordarme, con una caricia esperanzadora que se detiene en mi rostro, que el calor de la benevolencia y el peligro ausente son posibles nutrientes para cicatrizar los mares llorados.
   Leo en sus ojos las hemorragias de los años jóvenes y el impulso irrazonable de apostar por las cosas perecederas y significativas. Entonces permito que mis pies descarten la huida, que olviden la salida de emergencia ante la villanía de la volatilidad superficial y los huesos podridos. 
   Enlazamos los dedos y nos cubrimos con los suaves tintes del amanecer violáceo. 
   Quizá no hallemos crueldades en la fragilidad de las lágrimas invisibles.