miércoles, 22 de enero de 2020

El espejo de las aguas.


  El mar abre sus fauces con las últimas fuerzas del día. Se mueve con la ferocidad de un Dios caído en las llamas de la desgracia, con la franqueza violenta de un espíritu herido por el desamor sangrado. Rompe las olas entre virtuosos rugidos que defienden sus profundidades, que alientan a la oscuridad de sus fondos a preservar los mundos de sombras. 
  No escucha el temblor de los cielos. Solo atiende al bombeo iracundo, al tictac triste de su esencia líquida. Su resistencia es tan inalterable como la gravedad, pero la sal que besa la tierra es un faro de luces que se atenúan con cada golpe sobre las rocas. Llora bajo una tormenta de gotas dulces, sucias y desalmadas.
  Desde la distancia observo su rebeldía salvaje y superviviente, y comprendo su pesar.
Sé que únicamente no quiere la muerte. Esa que se da en vida.


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