miércoles, 29 de enero de 2020

Carne de cañón.

   Invisible. 
   Esa fue la palabra que brotó en su cabeza cuando Jonah le pidió que lo describiera el día de su boda. La boca de Mandy se entreabrió con el presuntuoso instinto de contestar dócilmente, pero apretó los labios antes de que las respuestas fueran domadas por un ardid educado y fraudulento.  Entonces supo que coronaria su imagen pública y profesional con la anorexia de un cariño agostado, tedioso y
esquelético, condenándose a la desnutrición del corazón entre términos legales. 
   El asunto se fue ensombreciendo según se sucedían los inviernos. En cualquier momento, un ruido le taladraba los oídos al escuchar la respiración de él en la misma estancia. Era un murmullo disociado de la presión, un producto inofensivo aunque arrítmico  e insustancial que nacía de la existencia paralela y distante de dos personas. Y ahí estaba la granada inactiva. Ella deseaba una explosión que hiciera saltar por los aires lo que llevaba años seco e inerte dentro de su pecho. Los abrazos rotos, las miradas edulcoradas de complicidad, las promesas desleales de honradez. Las decisiones profesionales habían jugado en su contra desde el primer minuto, acorralándola en situaciones en las que se juró no estar jamás. ¿Hasta cuándo iba a permitir aquella farsa de vida, donde ella se había tenido que conformar con un matrimonio sellado por la aburrida corrección y el repugnante orden? Sus días se basaban en actuar frente a las cámaras televisivas con una sonrisa deshabitada que, con los años, acabó perdiendo elasticidad emocional como consecuencia de su existencia marchita, y sus noches consistían en actuar aún con más fuerza ante un marido que solo hacia florecer en ella sentimientos fútiles y soporíferos. 
   A pesar de los meses, nada cambió desde el compromiso. Ni siquiera las oportunidades en las cadenas artísticas habían servido para impulsar su popularidad. ¿Qué debía hacer ahora, con las manos llenas de experiencias imperfectas y las expectativas en la tumba? ¿A qué lugar se iban los derroches insatisfactorios? ¿De qué forma deshacer la vergonzosa madurez y regresar a la juventud, allí donde aún se volvía posible dibujar en el futuro virgen un mural de éxito en las altas esferas de la sociedad? 
   Le dio vueltas al anillo de su dedo anular con la impaciencia airada de a quien únicamente le interesan y asquean sus propias miserias. Y soñó con ser también invisible a los ojos analíticos de aquel mundo injusto y sucio, que bien podría tornarse ciego a causa de sus pecados hirientes frente a los esfuerzos ajenos por prosperar a través del sacrificio. 

miércoles, 22 de enero de 2020

El espejo de las aguas.


  El mar abre sus fauces con las últimas fuerzas del día. Se mueve con la ferocidad de un Dios caído en las llamas de la desgracia, con la franqueza violenta de un espíritu herido por el desamor sangrado. Rompe las olas entre virtuosos rugidos que defienden sus profundidades, que alientan a la oscuridad de sus fondos a preservar los mundos de sombras. 
  No escucha el temblor de los cielos. Solo atiende al bombeo iracundo, al tictac triste de su esencia líquida. Su resistencia es tan inalterable como la gravedad, pero la sal que besa la tierra es un faro de luces que se atenúan con cada golpe sobre las rocas. Llora bajo una tormenta de gotas dulces, sucias y desalmadas.
  Desde la distancia observo su rebeldía salvaje y superviviente, y comprendo su pesar.
Sé que únicamente no quiere la muerte. Esa que se da en vida.


viernes, 3 de enero de 2020

Luz verde.


   Para cada acción, hay una razón. Esa es la regla aceptada en la sociedad. Porque genera paz. Porque nos recuerda la lógica del comportamiento. 
   Hoy no puedo tomarla como verídica. Los naipes han caído, la casa de las teorías se ha derrumbado ante el cuerpo de policía. Y con ella, la mayoría de nuestras fuerzas psicológicas.
   Le observo a través del cristal y a mis ojos llega una información que no concuerda con los datos de mi cerebro. Ese chico, que apenas ha alcanzado la pubertad, con su mandíbula temblando de ansiedad y su mirada intoxicada por el pánico, se ha cobrado la vida de su madre. Lo han hallado inconsciente sobre un charco de sangre, desmayado tras la descarga de adrenalina y el clímax de energía que había acompañado al crimen. Ha apuñalado al adulto mientras dormía, cuando ambos estaban solos en el piso y la madre se encontraba en el trabajo. El hombre no ha logrado sobrevivir la llegada al hospital.
   Han pasado cinco horas desde que lo retenemos en comisaría, y no reconozco la fantasía demente en sus pupilas opacas y prohibidas. Únicamente susurran un miedo descomunal a las consecuencias, y parecen aferrarse a la verdad como si se tratara de un fuego encendido con una voluntad de hierro. Veo los frutos del horror descender por sus mejillas en forma de lágrimas ardientes, bendecidas por una moral incognoscible y castigadas por una ética que resuena en algún lugar de su cabeza. ¿Cuál ha sido su crianza? ¿Qué ha ocurrido en sus catorce años para terminar en una posible prisión? ¿Qué piensa y siente acerca de las personas, de qué modo se relaciona y comprende a los demás? ¿Y a sí mismo?
   No sé su motivo. No sé si existen piezas que encajen en todos los puzzles humanos. Pero sí tengo la seguridad de no atisbar las células de la locura en su rostro.
   El sonido del reloj indica el próximo interrogatorio, y el botón de entrada se colorea de un verde irritante y burlesco. Esta vez, soy yo quien se sentará frente a él en busca de unas respuestas que no pocos compañeros de labor han calificado de niebla. Nada me importan las creencias de mis iguales ni sus apuestas mediocres e interesadas.
   La realidad tiene explicaciones tan increíbles como perturbadoras del orden y la inocencia.
   Voy a retorcer el mundo hasta dar con el móvil de ese muchacho. Por mucho que duela. Por muy oscuro que sea.