lunes, 16 de diciembre de 2019

El legado de las cenizas.

   Nunca nos gustó aquella casa. 
   En los días de verano, un aliento frío y antinatural bañaba el aire de Trinity. Cuando los invitados se instalaban en ella, las paredes se teñían de sombras y el suelo crujía con lamentos amargos, encubriendo un llanto áspero solo perceptible durante las noches sin estrellas. 
   Pero mi melliza y yo éramos los únicos conscientes de su peligro. Los únicos niños en una familia de adultos frívolos cuyo lenguaje se basaba en el dinero y el alcance de las expectativas sociales. 
La casa había sido heredada por nuestros padres al fallecer el tío Lewis. Era la más solemne e imponente del condado, una golosina ante el hambre de la sociedad, y su valor excedía todos los ahorros que teníamos en el banco. Sus habitaciones se asemejaban a laberintos tallados en caoba, con una identidad tan hierática como exhuberante en su llamada provocativa desde el magnetismo del silencio. Una calma en apariencia pacífica y poderosa dormía en sus raíces, y despertaba en quienes pisaban el lugar un cáncer de locura. Esa quietud era carne de horror transformada en oxígeno maldito. Una huella del mal abandonada en estas tierras para abastecer el apetito de la oscuridad que asolaba a las mentes cegadas por su atracción artificial. 
   Lo supimos porque los chirridos de las puertas se convertían en gritos dentro de nuestros oídos. Porque las tinieblas violaban nuestros sueños con el hedor descompuesto de muertes pretéritas. Porque Trinity nos mostró que, en la desaparición del hermano de papá, sus manos no habían sido las únicas operantes del ahorcamiento. 
   Sin embargo, no nos escucharon. Nadie quería averiguar si los testimonios de unos muchachos estaban hechos de una sustancia diferente a la imaginación. Ningún policía o vecino deseaba observar la casa con otros ojos que no fueran los de la admiración. Con los que Trinity los obligaba a mirarla bajo el influjo insidioso, esa telaraña de apetencias débiles y pecados morales, de su tiniebla encriptada. 
   De modo que las fauces invisibles de aquella faraona de madera hallaron vías para seguir alimentándose de vidas humanas gracias a la ignorancia de las gentes, comenzando por miembros que llevaban nuestro apellido. Década tras década, distintas personas fueron dejando un rastro fúnebre ligado a ella. Cerca o lejos, antes o después, sus caminos se cortaban con golpes que los conocidos denominaban mala suerte, y apenas un par de noticias locales reportaban los incidentes con la insensibilidad hostil de la fatalidad ajena y hosca. 
   Evelyn y yo huimos de allí al cumplir la mayoría de edad. Nos quedamos solos, y estábamos protegidos y castigados al mismo tiempo por una memoria común. No obstante, ese abrazo del vacío era la caricia que más alivio nos produjo al repasar nuestra completa existencia. Y nos dio el coraje necesario para encender las llamas de la libertad y prender fuego a un hogar que jamás se debió pisar.