domingo, 4 de agosto de 2019

Vuelo ascendente.


   A veces nos dejamos la piel para que nuestro corazón continúe latiendo. Aunque no tengamos certeza alguna de que las estrellas se alinearán y los caminos seguirán una misma senda, de que el viento gélido del atardecer calmará nuestra desazón con una ráfaga de ilusión. Entonces, al borde del acantilado donde nos esperan los más oscuros miedos, aquellos que aguardan a la negrura de la medianoche para devorar cada sueño, es cuando decidimos apostar por una esperanza invisible... Un deseo que quizá haga bombear nuestra sangre con la fuerza de la verdad.
   Pero cuando miremos nuestro reflejo en las aguas saladas que hemos derramado en las solitarias noches embebidas en frío, en los amaneceres inundados por las memorias que no regresarán y los segundos que únicamente vivirán en el pasado, sabremos si los pasos han merecido que las huellas no se borren del alma.
   Porque, en ocasiones, quien nos impulsa a saltar al vacío no es el temor a la incertidumbre, sino que es el propio amor el que nos empuja a través del dolor para sobrevivir de nuevo a la vida, por mucho que debamos luchar a la luz de las sombras.