jueves, 23 de mayo de 2019

domingo, 19 de mayo de 2019

El apellido sombrío.

  El tiempo se ha detenido en la habitación. Las viejas paredes sujetan el silencio con una gravedad áspera, aguda en las esquinas y pasillos consternados por el frío y la austeridad engendrada a lo largo de los años. Nada parece cobrar vida dentro de este esqueleto de madera reconocido como el más magnífico de los hogares en las afueras de la provincia inglesa. Y estoy de acuerdo en lo referido a la niebla gris que aguarda en su interior, salvo que esta mansión no es un lugar al que pertenecer gratamente. Este palacio de frivolidades enraizadas es una casa de hielo donde recluirse entre antiguos fantasmas y absorber engaños. 
  De pronto, unas notas rompen la oscuridad de la tarde, que mancha el oxígeno con tedio, y una chispa de vitalidad se aproxima a mi estancia desde las alturas. La suave música del piano asciende a través de las sombras y traza dibujos invisibles manchados por la fatalidad y la ira. La melodía dulce transmuta en una danza de sentimientos que luchan por sobrevivir, por encontrar su espacio a pesar de las condenas, las pérdidas y la tristeza, y el ritmo va evolucionando hasta alcanzar un clímax en el que la fuerza humana, la hija de la pasión y el dolor más puros, es el motor de la canción.
  Me incorporo de un salto y tomo una de las velas con el fin de alumbrar las escaleras. Solo conozco a una persona capaz de vertir con semejante magnetismo su sangre y sus ilusiones sobre un instrumento. Él.
    Subo los peldaños con cuidado mientras la calma gélida se retiene en su propia opresión, como si el poder del arte fuera demasiado veraz y sólido como para derrocarlo. Cuando abro la puerta del salón, Colin toca una última nota impregnada de furor, y después posa sus dedos encima de las teclas con aire compungido a la vez que sereno, retraído de manera leve en una melancolía volátil. Dos seres habitan en él desde que le conozco: un hombre bravo dispuesto a batallar por sus ideas, y un cazador de emociones cuya risa irónica es la defensa de un corazón hecho pedazos por la muerte y la soledad. Y en medio de este caos impuesto por el legado de la familia, yo comprendo a ambos.
‌  Me acerco al piano, pero antes de llegar a su lado, sus manos me reciben cálidamente, aún envueltas por la vivacidad del sonido y las chispas de la audacia. No abre los labios, lo cual me sorprende dada su facilidad cotidiana para la elección de palabras serias y sardónicas al mismo tiempo, a su común baile de máscaras en el acto de la comunicación, pero consigo sentir su conflicto espiritual. Entonces reconozco en su gesto meditativo, bajo su tacto grácil y amable, una confianza resuelta entre sombras y fanfarronerías superficiales que también se hallan tatuadas en su nombre. Está sufriendo, derramando certezas en el vasto mar de la sensibilidad. 
  Alza la mirada, y en sus ojos claros y selváticos, habitados por una naturaleza salvaje que solo obedece a la llamada de su alma, al instinto del amor por la existencia incluso en sus segundos amargos, veo la necesidad imperiosa de combatir hasta el fin de sus días.
  Acaricio sus cabellos bañados en el néctar de la primavera más rebelde y sincera, y esbozo una sonrisa tímida.
  Al igual que yo, desea descubrir su identidad fuera de esta tumba alimentada con el desdén y la mezquindad de sus moradores. Y así lo haremos. Juntos.