jueves, 14 de febrero de 2019

Una chispa del pasado.


Me dejo caer en el vagón con el corazón en un puño. Sé que nuestros caminos se vuelven a cruzar. Siento su presencia como la sutil atracción de una luna reinando sobre la marea nocturna. Eclipsando el tiempo, conquistando la distancia, encriptando el lenguaje de los sentidos.
Miro a través de la ventana mientras el tren avanza rompiendo el amable silencio de la medianoche. Envueltos en una capa de negrura, los árboles se despiden de la primavera y del aroma embriagador de los sueños parisinos. Las calles duermen bajo el encanto de las melodías que seducen la cuna francesa. Los susurros de la vida turística se acallan a medida que nos alejamos de la ciudad y nos internamos en la frialdad solitaria de la naturaleza. Y el espejo de la realidad se tiñe con el color opaco de la belleza. ¿Dónde comienza y termina el viaje hacia los secretos de la identidad, del amor y de la libertad? Ojalá las tierras no estuvieran tan pobladas de interrogantes.
De pronto, la quietud se transforma en un latido. Sé que está cerca. Siento que su pulso se coordina con el mío desde algún rincón de la penumbra. Los recuerdos me bañan la mente, pero no es hora de dudar. Ya no importa si pesa más la traición o la hermandad. A veces el cariño solo adopta la piel necesaria para salvarse a sí mismo. O para procurar justicia en cualquier rincón del mundo.
La cerradura de la puerta sale volando de un golpe seco y su figura aparece tenuemente iluminada por las bombillas del pasillo.
Aunque cinco años nos separan, el ayer y el mañana aún nos unen.
Graham se sienta en frente de mí con un movimiento ligero, haciendo que sus pies acaricien el suelo con una destreza que ha perfeccionado con la edad adulta. Una ráfaga de orgullo me recorre el pecho al observar que no ha perdido la agilidad que le otorgó la medalla al mejor cadete de segundo rango en la academia. Él, que fue mitad mentor, mitad compañero, desapareció de mi vida con los ojos ebrios por la ambición del éxito. Y esas pupilas traviesas ahora me contemplan con la distinguida picardía de un ladrón que adora hacer malabares con su destino y el de otros.
Miro su rostro angular, tostado por el abrazo de cientos de soles mediterráneos y envuelto en una juventud madura y consciente de su carisma, y me pregunto si ha rebasado sus propios límites. Algo hipnótico y tentador dentro de su mirada susurra que su potencial vibra con la fuerza de un alma insaciable. Pero solo él, mi infiel aliado, puede comprender su inusual y refinado apetito por la vida.
Doy un salto y desenfundo mi arma.
No nos hacen falta palabras. No hoy. ¿Lograremos suprimir la voz de nuestros sentimientos? Fuimos iguales y somos diferentes, y no sé si alguna vez las reglas del juego cambiarán.
Una única cosa importa ahora: escapar de los guantes del enemigo. De la persona que tenemos delante.