lunes, 26 de noviembre de 2018

Un pulso con el mañana.

Sin penas, sin glorias. 
El mundo era suyo. 
Su corazón, nunca más. 
Tras haber cruzado la meta, la mujer miró hacia atrás con los pulmones infectados por el fuego. 
El oxígeno entraba en ellos con la fuerza de un titán, pero el aliento ya no le pertenecía. La vida que exhalaba su cuerpo obedecía las órdenes de la suprema decadencia. El sabroso mal despertado en sus entrañas había dedicado suficientes años de madurez a engullir utopías. Ella había intentado creer en la huida, regresar al silencio de la paz interior, escuchar las plegarias de su subconsciente. Mas todo en vano.
Una energía desmesurada arrastraba su persona hacia el volcán de la destrucción. El agujero de la perfidia, donde el ego se alimentaba de los miedos, despedazaba su carne noche y día. El hambre de poder y la carcajada última de la frivolidad llevaban siendo su sustento desde la infancia. La niña que habitaba entre las paredes de su pecho reclamaba los aplausos y el abrazo opaco del público. Y era demasiado tarde para negárselos. Demasiado pronto para abandonar el poder de la envidia. 
La mujer enfocó la vista y dejó que los vítores besaran su figura. 
El trofeo estaba ganado. Y con él, el descenso a los confines propios de la depravación.