miércoles, 5 de septiembre de 2018

Sentencia final.

   La pareja se miró durante un par de minutos, desnudando el tiempo con la fuerza violenta de los corazones en cuyas sombras duermen más errores que arterias. 
   Era hora de dejar marchar el grito sordo de los silencios. De abandonar la tierra pisada. De respirar dentro de la misma piel, pero a distinto ritmo. Los huesos pedían a gritos un adiós carente de baladas y desfiles musicales. El viento había juzgado su historia en las llamas de la ira, la decepción y la traición. Al final de aquel paseo por el esqueleto de sus miedos, a través del llanto mudo del remordimiento y el interés visceral de la mezquindad, solo quedaba espacio para la distancia de los cuerpos y las almas, de las ambiciones muertas y los sueños malditos.
   Ahora que en sus sienes martilleaban impacientes los latidos de la conciencia, ambos debían ir a enfrentar sus propios caminos, esos que las huellas ensangrentadas dibujaban desde hacía años en el firmamento negro de la vergüenza. Las heridas abiertas, aún permeables a la gelidez del vacío, añoraban el aliento, la compañía, el calor de quienes una vez fueron, de aquello que quisieron y no lograron ser. La oxigenación del espíritu podrido por las promesas del torbellino interior: el hambre insaciable de la malicia.
   El hombre y la mujer se dieron la mano y el contacto provocó un calambre en sus ánimas de papel. En sus músculos únicamente permanecía grabado el sabor del dolor invisible, de las cicatrices que les habían brindado más noches de vida, aunque no menos pesadillas bajo el sol abrasador de la mentira.
   Rasgaron sus pupilas las luces del amanecer, y los dos dejaron que el día fundiera sus temores con el ardor de la rabia.
   Sus demonios personales ya tenían preparado su hogar en la mejor suite del infierno.