jueves, 16 de agosto de 2018

Graduación en los suburbios.

   Salgo de la cama y me atrevo a lanzar una mirada a la figura que se refleja en el espejo. 
   Sin embargo, el alivio no hace acto de presencia. 
   Miles de arrugas invisibles hincan los colmillos en mi alma, y un precipicio asomas a mis cuencas oculares, proyectando sombríos desvelos sobre mi rostro maduro. En él todavía moran los últimos destellos de una juventud doliente y perdida, de una luz consumida por el arte de la desdicha. Pero no reconozco otra sabiduría en mí distinta de las raíces podridas del ghetto. Los días sacuden mis pestañas con la fiereza y el desdén de la gravedad, del peso de unos sentimientos sin más patria ni hogar que el sonido sordo de la nada y el silencio impasible de la soledad entre cientas de personas. Siento que respiro dentro de un tanque de mentiras contagiadas con el virus de la verdad, que todas mis experiencias han sido compradas por la amarga y frívola arrogancia nacida en las calles, y el mundo vibra entre mis oídos mientras sus gritos de auxilio se apagan ante la pérfida y errática jactancia de una rata de alcantarilla. 
   Sigo recorriendo la imagen del hombre cincuentón que me observa con la desgarradora lupa de la conciencia. Bajo mi piel habitan recuerdos extraviados por el sigiloso salto de la vida adulta, con sus frenéticos y extravagantes giros de guión, y dentro de mis células duermen los grandes vicios secretos de la ciudad, la dinamita envenenada por el aliento de la criminalidad y la vil insolencia. ¿Qué puedo alegar? ¿Acaso tuve opciones menos sanguinolentas, caminos más prósperos? La suerte nunca hablará. El destino y yo fuimos los responsables, y nadie revelará quién tiene más sangre en las manos. Los pasos ya fueron dados.
   No obstante, sé que las cartas muestran la cara real del tiempo, la dentellada del pasado. Y de poco servirá negar lo que fui y lo que soy. La elección a ciegas a pesar del hedor a felonía propia y ajena. La ruta de la deshumanización a través de los fondos infames y postergados de la urbanización. Todo martillea mi cabeza con el ímpetu de la displicencia, abrasando mis noches según las llamas de la delincuencia ascienden a la azotea de la conciencia. Y el humo del endiosado aprendizaje de la supervivencia a ras de muerte, me envuelve con sus brazos de sucia y corrupta vanidad.
   No hay miedo, no hay resistencia. Mis poros aúllan la identidad de este cuerpo, y la lánguida tristeza que acompaña a mis memorias permanecerá intacta hasta mi adiós.