viernes, 29 de diciembre de 2017

El termómetro del mal.

   Ser un extraño más. Invisible al ojo de los semejantes.
   Lo desearía con todas mis fuerzas. Lo anhelaría con una voluntad de hierro de no ser por esta ferocidad que arde dentro de mis huesos como una criatura con vida propia, ajena al pulso de la tierra y a los latidos de la conciencia. Pero nada puede oponer resistencia a la sombra que nace en las raíces de mi subconsciente, allí donde habitan el hambre y la sed que me convierten en lo que soy, que me adhieren al verdadero monstruo que configura la piel de un… hombre.
   Me concentro en su voz y dejo que una oleada de calor recorra el interior de mis venas. Nos separan unos metros entre la multitud de invitados que pasea por el majestuoso jardín al compás de las baladas que suenan en la atmósfera de fondo. Sin embargo, el perfume de su piel se desliza febrilmente hasta mis sentidos con la calidez prohibida del deseo, envolviéndome con el canto que solo la sangre aún palpitante entierra en el fondo del corazón.
   Aprieto low puños y los recuerdos regresan. El aliento del diablo penetra en mi cabeza con una bocanada de peligro ardiente, guiándome al estado de éxtasis que los limites prohíben, al caos ferviente que el tiempo lucha por acariciar antes del último respiro carnal. Entonces, las imágenes del pasado se transforman en un espejo de abrasión, quemando todos y cada uno de los lazos que me atan a esa mujer, y sus cenizas caen sobre mí en una ventisca de fría oscuridad, convirtiendo los minutos en una fuente de incesante placer. De intensa, fúnebre y perpetua gloria.
   Poseer su cuerpo y su alma, ese es el sueño que bombea el continuo torrente de satisfacción en mis sienes. Y el coste, sea cual sea la muerte de mi libertad y de mi condición natural, será bienvenido tras la desaparición de Betty Charles.
   Me escabullo en la tumultuosa noche de figuras quiméricas y espero a que la caída de las horas me susurre el momento perfecto para incendiar mi ser… Y el suyo.
   Solo hay un conocimiento que merece ser salvado en este infierno de demonios bípedos: el contacto es el trofeo de la existencia.




jueves, 28 de diciembre de 2017

Star Wars: Los últimos Jedi. Crítica.

Si bien Star Wars ha sabido mantenerse en la cúspide de los clásicos del cine, con esta última obra vuelve a conseguir que la chispa galáctica renazca.
Lo primero que resalta de la película es su supremacía técnica y estética, con unos efectos especiales muy cuidados. Cada fotograma es un puente hacia el centro de la escena, una captura vistosa, brillante e intensa que inunda de emoción y contrastes, jugando estelarmente con una paleta de colores donde el tono rojo de la fuerza y la resistencia toman el poder.
El film continúa la línea inicial, logrando que la esencia de la saga, del espíritu Jedi, no se evapore en el espacio, y añadiendo sorpresas al argumento principal. Muchas de las historias paralelas ayudan a que la película sea liviana gracias a un punto de humor y de dinamismo, y varios personajes encajan bien dentro de las otras trilogías. Sin embargo, algunos solo aportan minutos de metraje que se quedan en el aire, excediendo el punto esencial de la trama, y otras escenas, simplemente, rellenan tiempo. Lo mismo sucede con los protagonistas, tanto los antiguos como los nuevos. La mayoría se han desarrollado de forma arrolladora, dando frescor al público y demostrado su valía… 
Leia sigue siendo la luchadora por excelencia, la gran heredera de su apellido. Rey continúa buscando su lugar en el mundo, indagando en su interior con una profundidad y una valentía divinas (Daisy Ridley vuelve a meterse en su piel con naturalidad y belleza artística), no dejándose vencer por el atractivo del lado prohibido y dando pasos certeros hacia aquello en lo que quiere transformarse. Y Luke mantiene cierto carácter del indomable aprendiz que fue, protegiendo con valor a aquellos que ama por encima de la atmósfera del odio; no obstante, en varias ocasiones su personalidad se diluye en gestos más propios de Hamill que del personaje en sí, y su potencia se ve afectada por el guión, que podría haber obtenido una mayor esencia Skywalker de apegarse al texto original. Tomando el pasado como referencia, creo que el impulso vital de mantener viva la llama de sus predecesores y de la Orden no habría decaído en su espíritu real. 
Pero, en mi opinión, quien más peso carga es Kylo Ren: la inseguridad y la fiereza que le consumían en la primera película y que le convertían en alguien mortal y creíble, en un ser lleno de contradicciones y de ira, son ahora el motor de combustión de su brillo oscuro y complejo. Adam Driver refleja a la perfección cómo el refreno de su luz y el combate eterno de su moralidad se transforman en armas, y la sangre derramada, lejos de aliarse solo con su culpabilidad y su dolor, se vincula con su poder, mostrándonos su rostro, desnudando a su persona en medio de opacos y magníficos tintes del deseo de soberanía… Y de conexión humana.
Además, durante toda la pieza, la presencia de John Williams en cada nota musical es un regalo mágico que complementa la ficción con absoluta transparencia, fundiéndonos con las circunstancias segundo a segundo en un bombardeo de frío y calor, de tenebrosidad y esperanza.
Y en cuanto al regreso del maestro Yoda… Bueno, nadie más como él hay.
Esta entrega resulta entretenida, sentimental, lúcida y oscura, y también divertida. Es una oportunidad para aquellos que creemos en la Fuerza de soñar una vez más con el infinito. Y un adiós emotivo para nuestra venerada princesa.

MAY THE FORCE BE WITH ALL OF US.



sábado, 2 de diciembre de 2017

Desembocadura.

   Miro fuera de mí, pero toda búsqueda es el espejismo de un viejo y póstumo laberinto de preguntas. Las salidas ya solo son puertas que conducen al ataúd de nuestros cuerpos y al funeral de nuestro amanecer. No queda quietud que silencie el lamento de los que rehusamos salvar, cuya voz todavía se escucha en el latido del viento, en el canto sin vida del pasado. Porque cuando incineramos el futuro de aquellos que un día nos traicionaron, asesinamos más identidades que las suyas. Infectamos con el sabor de la muerte nuestros caminos. Y su adiós se convirtió en la bandera que nos haría caer al túnel infinito de la verdad, donde el color del espíritu se alía con el destino menos afortunado para dar forma al peso del presente.
   Los rayos inciden sobre el suelo como bengalas de fuego inerte que tratan de dar caza a las marionetas de la codicia. El sol fue el único testigo de nuestras manos prendiendo los años, los rostros, la envidia de los eternamente insatisfechos. Él fue el solo conocedor de cuán hondo cavamos la tumba de unos sueños que no nos pertenecían. Y hoy, el tormento sembrado meses atrás, que grita al oído del cielo cuando el aire nos envuelve con el aliento fúnebre de unas esperanzas cenizas, amenaza con depositar en nosotros la semilla del arrepentimiento que nunca brotó mientras desempeñábamos el papel ejecutor de la desgracia.
    Las huellas no han sido borradas. La dulce espera de lo imposible, desdibujada por la voluntad ciega de quienes sepultan en el mundo los sueños de sus semejantes, sigue respirando entre nosotros.
   El día habla con la voz de los fantasmas: escribimos nuestro final al derramar sangre en el lienzo del tiempo.