sábado, 16 de septiembre de 2017

IT (2017): CRÍTICA.

   Una exquisita pesadilla. Una explosión de los temores subterráneos del inconsciente. Una entrañable mirada hacia la naturaleza de la infancia y la esperanza. Esa es la esencia que reúne la historia de IT, desde la primera página de la aclamada novela de Stephen King hasta el último segundo de la nueva adaptación cinematográfica dirigida por Andy Muschietti. ¿Estamos ante la mejor versión de la legendaria obra maestra del payaso bailarín? La respuesta es, a pesar de las sorpresas que se intercalan entre la pantalla y las hojas del libro, un rotundo sí.
   La historia, lanzada al mercado literario en 1986, se ha mantenido viva durante todo este tiempo gracias a la complejidad de los personajes y a la magnífica narración a través de la cual el autor nos sitúa en un universo donde los miedos son la fuente de energía que mueve los engranajes de la oscuridad. La atmósfera de emociones ahonda con olas intermitentes de frío y cálido realismo en las relaciones humanas, cruzando los límites de la fantasía y disfrazando las luces y las sombras mientras expone una verdad eterna: la de cómo el poder del amor y de la fe en los demás son las armas más letales contra el pánico y el dolor. Y en ello reside su gran éxito.
   Adentrándose en este halo de transparencias mágicas, en el cual el espectador, al igual que el lector, se ve envuelto y reflejado en la psicología de cada uno de los siete protagonistas y en su forma de enfrentar y comprender sus miedos, la opacidad del mal, encarnado en las múltiples y viscerales caras de una criatura hambrienta de carne infantil que despierta cada 27 años, es la figura prodigiosa que ensalza la tenebrosidad de la vida hasta difuminar la línea que la yuxtapone a la muerte. ¿En qué medida la valentía de un grupo de muchachos puede derrotar a este ente maligno, más viejo que la Tierra y no menos sediento de sangre que un monstruo nocturno? Si esta es la pregunta que el público se plantea al conocer la trama, las cuestiones que subyacen en la mente a lo largo de la película profundizan en el escenario quimérico del terror, donde nuestros propios horrores son los encargados de convertirse en los más fieles compañeros de cama.

   En cuanto a la producción, cada fotograma está cuidado al máximo. La ciudad de Maine, enterrada bajo el sueño maldito y hundida en las gotas de lluvia infinita sobre sus calles dominadas por el diabólico infortunio de la supervivencia, respira al igual que un ser vivo, insomne dentro de su propia pesadilla circular. La perfección persigue el guión (pese a diferenciarse del final de esta etapa en la novela) sin desviarse de las características intrínsecas de la historia y sosteniendo el alma de los personajes, componiendo así un pilar consistente de suspense y desasosiego. La música acompaña de manera muy acertada las escenas, sumergiéndolas en lagunas de siniestra ansiedad que provocan una continua sensación de ahogo e incomodidad moral, y, aunque a veces anticipa los sobresaltos, envuelve las secuencias como si fuera la melodía de un torrente espectral, ajustándose a los sustos necesarios y transformando la vista del espectador en un laberíntico remolino de fantasmas. La adaptación de los diálogos es fluida y precisa, y llama la atención el elocuente modo en que fusionan varios pasajes del libro con distintas partes de la película que no aparecen en la literatura, porque, lejos de distanciarse del corazón de Derry y de sus habitantes, recrean con perspicacia y ternura unos momentos que habrían encajado con mucha facilidad en la obra original. ¿Y los actores? Son el espíritu de IT, un gran elenco de artistas que muestran una química certera (en mi opinión, antes inerte en la versión de Tommy Lee Jones) que nos presenta a los personajes, tanto a los secundarios como al resto, mediante una inolvidable encarnación de los mismos. 


   Los Perdedores crean unos lazos entre ellos que simbolizan una magnífica representación de la amistad, un destello de cariño y honestidad que supera la fantasía para abarcar la realidad con un sabor delicioso, enfatizando los sentimientos de los niños con una naturalidad sublime que oscila entre lo cómico y lo dramático, llevándonos de vuelta a una edad donde en el corazón solo hay espacio para las cosas importantes. 
   Chosen Jacobs, aunque su número de líneas en la película se ha reducido frente al libro, realiza un trabajo maravilloso al introducirse en Mike como si este fuera una segunda piel. Le transmite valor y una fuerte esencia de superación que concuerda con la dedicación y el coraje de Hanlon para ayudar a sus amigos, haciéndonos recordar cuán sincero y leal es el futuro investigador del grupo. 
   Finn Wolfhard es la guinda del pastel. Si alguien puede dar vida a Bocasucia, ese es él. Sus frases llenan las escenas con la teatralidad y diversión características de Richie y, además de saber adentrarse en Tozier con una valentía extrema, provocando que las carcajadas salgan de lo más profundo de nuestro pecho, su fuerza también está presente en los momentos de crítica mortalidad de la esperanza, manteniéndose siempre unido a aquellos que quiere por encima de cualquier obstáculo.
   Jaeden nos brinda una imagen celestial del líder. Bill; el chico herido, el hermano sobre quien recae la desesperación y la culpabilidad, la figura cargada de majestuosidad e inteligencia, con un ánima de acero que le hace vulnerable pero no débil... Lieberher da lo mejor de él, dotando a Denbrough de melancolía e intrepidez en medio de una interpretación de oro.
   Sophia Lillis le tiende la mano a Beverly y comprende quién es desde lo más profundo de su persona, lo cual se ve reflejado en su interpretación. El miedo, la impotencia, la rabia, el valor y la necesidad de pertenecer a algo real, a la calidez de una familia compuesta por niños rotos, capaces de apreciar el significado del amor, son puestos en escena con una brillante actuación que hiela los ojos y el alma.
   Jeremy Ray nos enseña la cara tierna de Ben. Aporta una sensibilidad bellísima a Hanscom, y nos hace creer en sus habilidades poéticas, en su sentido cooperativo y en su capacidad para dar la vida por sus compañeros, logrando establecer una empatía preciosa con el público.
   Jack Grazen proyecta generosamente el carácter atrevido y a la vez asustadizo de Eddie, añadiéndole un toque de humor y audacia. El pequeño del grupo, obsesionado con los detalles enfermizos y temeroso de las fantasías más irreales, demuestra que sus miedos sacan la parte valerosa que existe en su interior, y que la confianza en sí mismo proviene del poder que han forjado entre los siete.
   Y Wyatt Oleff nos transporta a la mente de Stanley Uris con delicadeza y elegancia: un chico que ve cómo los límites del peligro están escritos en el mundo, que entiende la corrección y la pulcritud a modo de vida, pero que desafía sus propias creencias para luchar por un bien mayor; por los Perdedores.
   Además, Jackson Robert Scott, que interpreta al desaparecido Georgie, combina con facilidad y dulzura las apariciones en la pantalla; por un lado, dejándonos conocer al hijo menor de los Denbrough, y por otro, enseñándonos la maliciosa cara de las sombras mientras juega con nuestra compasión de forma perversa. También Nicholas Hamilton nos deja una buena representación de Bowers. En sus gestos se lee la dureza y la animadversión hacia los niños, la brutalidad de un espíritu insano que ha sido manipulado por el odio, y, aparte, envuelve a Henry con una vulnerabilidad que es verídica en su punto más profundo, nacida del miedo a la desaprobación parental y la invisibilidad.


    No obstante... ¡Beep, beep! ¿Quién se esconde tras la diabólica máscara del monstruo que aterroriza Derry? 
   Bill Skarsgard, el diamante en bruto nacido en Europa. El actor sueco, estrella de la famosa serie sobrenatural de Netflix titulada Hemlock Grove, salta de nuevo al universo cinematográfico con un personaje que seguirá vivo durante lo que, después de visualizar el film, serán larguísimos años. Bajo el maquillaje y las prendas del asesino más colorido y juguetón del mundo de King, convierte cada segundo de su interpretación en una ensoñación infernal, hundiendo las emociones del público en un lago helado de aguas turbulentas donde los más oscuros temores, tomando la forma de vampiros sedientos de inocencia, se alimentan de la debilidad mental y de los miedos. Bill invita al espectador, empleando todas las tácticas demoníacas posibles, a ser poseído por sus facciones gélidas y siniestras, tétricamente pertubadoras y horripilantes (al mismo tiempo que dotadas de una esencia dulce y maliciosa que resalta la egoísta y traviesa personalidad innata del ser), arrastrándolo a un tornado de horrores en la ciudad donde se nutre del mal. Con su actuación, transforma las escenas en un circo de sangre que baña la historia con la risa histérica del ente llamado Pennywise, y promete dejar un legado de adoración artística más allá del tiempo, ensalzando la mítica figura de Tim Curry pese a crear, a su vez, una imagen fresca y enloquecida de la criatura de las cloacas.
   En conclusión, tanto los fans de IT como los nuevos visionarios, disfrutarán de esta primera parte de la adaptación. El trabajo es una pieza única, paralizante, sombría y sensible, que integra una fotografía, una dramatización, una banda sonora y una dirección que apuesta por la calidad en el cine de terror y fuera de él.
   Gracias a todo el equipo por hacernos flotar en nuestras peores pesadillas. 



martes, 5 de septiembre de 2017

Relámpagos.

   Sus pupilas permanecieron fijas sobre la pared del cuarto, tan inmóviles como si una gravedad propia las anclara al océano más profundo de la oscuridad de su ser, allí donde la expiación no conseguida gozaba de total libertad para revivir mîseramente la violencia de aquello imposible de evaporar.
   Elevó la cabeza, sintiendo la luz procedente de la bóveda celeste acariciar las raíces finas de su rostro, y deseó que los astros borraran las huellas invisibles de la culpa que se arrastraba en una espiral apocalíptica dentro de sus poros. 
    Ahora que las consecuencias caían sobre todos, ¿podría un testimonio salvar la ultima gota de benevolencia que se había escurrido en el arroyo de los daños, en ese mar de ausencias y dolor que se había extendido poco a poco gracias a la falta de perspectiva y al egoísmo de cada uno de los que hoy respiraban sin atreverse a mirar atrás? ¿Cuál era el precio que debían pagar ante sus actos si, después de escuchar la verdad, se negaban a aceptar aquel aspecto no menos monstruoso que humano que vivía en su interior, tan cierto como la serena simpatía que también lo acompañaba?
   Foley se dejó caer en la esquina de la habitación, rodeado por la negrura que abrazaba los muebles y las sombras que provenían de sus pensamientos, y esperó a que el cansancio domara la actividad de su subconciencia. Entonces, acunado por la silenciosa somnolencia de la noche, cuyo eco escondía un ínfimo rayo de calidez que la quietud hueca y carente de límites de su cerebro cual veneno auto segregado para castigar su insensibilidad, no volvería a poseer, se imaginó despertando a millas de allí, a kilómetros de él mismo, en un lugar alejado de la crueldad que habitaba en sus propias células… 
   ¿Aún continuaba abierta alguna puerta que condujera a la redención, que aplacara los actos con una justicia tardía? No. Nadie iba a devolver el cuerpo de ese alumno a la vida. Pero quizá debía prohibirse nadar hacia el pozo de las quimeras que se alimentaban de su desesperanza; porque volver a oxigenar su conciencia y devolverle a ella, a la única chica ante quien desde los sucesos documentados por la policía su pulso aumentaba con la presión más dulce y profunda que había sentido jamás, implicaba luchar y plantar cara al pasado reciente, en el que la imagen distorsionada y fragmentada de su persona le devolvía la caricatura de un fantasma cegado por la frialdad de la jactancia.
   Se secó las lágrima de los ojos añiles, inundados por el brillo de la tristeza y de la impotencia, y el peso del tiempo cayó encima de sus hombros en cuanto una nueva bocanada de aire llegó a su pecho. Los latidos le recordaban segundo tras segundo la oportunidad que había dejado pasar, la opción de pedir auxilio que se había negado a contemplar a causa del miedo que se adhería a sus huesos y que había le había provocado temblores hasta en la última de sus terminaciones nerviosas, ocasionando que el miedo y la vergüenza se apoderaran de él férreamente. ¿Cómo delatar a alguien que llevaba a su lado desde antes de nacer, cuando sus familias ya se conocían? ¿De qué forma comprender que la compañera a quien más quería en el mundo había sufrido una violación a manos de su mejor amigo, y que él no se había atrevido a revelar los hechos a los agentes de seguridad solo porque su valor pesaba menos que su pánico?
   Entrecerró los párpados y giró el pomo de la puerta, dispuesto a abandonar aquel espantoso piso al que ni siquiera podía llamar hogar.
   Era un cobarde. Había dejado que los rumores devoraran los sucesos. Había permitido que las bocas de los demás se quedaran cerradas, mudas debido al temor y al recelo frente a ellos mismos, y enfermas por el desasosiego. Había colaborado en la criminalización secreta de un suicidio y había encubierto a demasiados testigos que ahora se hallaban aterrorizados por el perfil imperfecto de su identidad individual, la cual todos se negaban a gritar.
   Pero iba a hablar. Y una vez que las palabras salieran de sus labios, el cambio se avecinaría. Y la sangre llovería de nuevo. En esta ocasión, para bañar con luz las tinieblas de la muerte.