martes, 29 de agosto de 2017

VORÁGINE.

William dio un paso hacia la negrura, adentrándose en una nebulosa de reflejos opacos y formas fantasmales que parecía crecer con cada segundo, forzándole a escurrirse en la vicisitud del hilo temporal que, los monstruosos dedos de aquella tenebrosidad, luchaban por controlar. Mientras un hedor putrefacto y visceral invadía sus fosas nasales, acorralándolo es una atmósfera de presión ascendente, la noche caía encima de su cabeza con un silencio estruendoso, envuelto en una calma antinatural y repleta de abismos cuyos bordes se transformaban en afilados sonidos capaces de taladrar el subconsciente. La oscuridad se adhería a su piel con frivolidad fervientemente maliciosa, convirtiendo el tacto cálido e inicial en un calambre de perversidad que amenazaba con perforar los límites de su carne para desintegrar sus fuerzas y derrotar la certeza de esa promesa que, años atrás, había supuesto el renacer de una resistencia a la madre de todas las criaturas durmientes bajo la Tierra.
El chico trató de sacudir las piernas y las manos, intentando zafarse de las garras que el ente proyectaba a su alrededor, pero el magnetismo que atraía sus extremidades al centro de la tierra le obligaba a mantener sus músculos paralizados, haciéndole ralentizar sus movimientos hasta casi desactivarlos mediante una corriente de electricidad cargada de perfidia. En ella, cientos de deseos desalmados cuya henchura no podía perfilar dentro de su joven cerebro debido al inmensurable e infinito horror que palpitaba en el interior de cada turbulenta fantasía, imposible de tomar ningún tipo de apariencia en las entrañas neuronales de un humano, ocultaba el propósito de inmovilizar para siempre el flujo de sangre de aquel muchacho.
El desafío de un ser inferior no era permitido allí, en la sordidez depredadora de su morada entre el cielo y el suelo, donde el fulgor de la iniquidad defendía su trono.
Las zarpas del ente se abalanzaron sobre su presa empleando toda virtud de malignidad y, justo cuando iban a hundirse en el cuerpo del niño, un grito de júbilo, disfrazado con un atuendo de ruidos agudos y punzantes, saciado de vida propia, emergió de su garganta y penetró en los sentidos del engendro, transformándose en una ligera caricia llena de ecos joviales que rayaban en risas carentes del líquido requerido para la supervivencia de la oscuridad: el horror.
  Un chillido de suplicio emanó de la misma nube sombría, evaporándola en un soplo de siniestra embriaguez, y un minuto después, los latidos regresaron libremente al pecho de William, devolviendo a su respiración  el privilegio de existir bajo esa cúpula de astros que el mundo disponía ante sus ojos vírgenes de cortedad.
    Bajo aquel manto nocturno, envuelto en llamas negras intimidatorias, aún era capaz de saborear el oxígeno, tímido e hiriente como un sueño logrado. 
    Había sobrevivido a los herederos del gran eclipse.


miércoles, 9 de agosto de 2017

Meteora.

   Hoy el amanecer es una sombra en el horizonte violáceo. Tu luz se ha apagado en esta Tierra. El grito de tu alma se ha convertido en un silencio de plomo entre los que aún respiramos, y solo en la infinitud de la galaxia, aún late el eco de tu voz.
   El viento escucha tu ausencia con la cautela de un huérfano sin guía. Las nubes, añorando las melodías con las que iluminaste el universo, han enmudecido sus truenos, buscando el coraje entre efímeras ilusiones de vapor, y el sol contempla el alba con los rayos incendiados por la consternación de la desesperanza.
   De algún modo, sigues aquí.
   Te hallas escondido en los susurros del aire, en el fulgor eterno de los astros, en la calma que posee la oscuridad de la noche. Partiste hacia un lugar donde lograr que el sonido de tu propio dolor se desvaneciera, donde impedir que los demonios de tu sangre asesinaran una vez más tus sueños. Y, quizá, esa libertad ansiada, sea el deseo último para poder inhalar oxígeno sin morir por dentro.
   Ahora siento cómo la tristeza fluye a través de mis células al igual que un rayo de electricidad, ayudándome a recordar que todo fluye a un ritmo que no se comprende en esta dimensión ni en ninguna otra, sino en el momento en que el corazón acepta los millones de significados de vivir.
   Hoy y siempre, el mar sereno de mis pupilas te añora.