miércoles, 9 de agosto de 2017

Meteora.

   Hoy el amanecer es una sombra en el horizonte violáceo. Tu luz se ha apagado en esta Tierra. El grito de tu alma se ha convertido en un silencio de plomo entre los que aún respiramos, y solo en la infinitud de la galaxia, aún late el eco de tu voz.
   El viento escucha tu ausencia con la cautela de un huérfano sin guía. Las nubes, añorando las melodías con las que iluminaste el universo, han enmudecido sus truenos, buscando el coraje entre efímeras ilusiones de vapor, y el sol contempla el alba con los rayos incendiados por la consternación de la desesperanza.
   De algún modo, sigues aquí.
   Te hallas escondido en los susurros del aire, en el fulgor eterno de los astros, en la calma que posee la oscuridad de la noche. Partiste hacia un lugar donde lograr que el sonido de tu propio dolor se desvaneciera, donde impedir que los demonios de tu sangre asesinaran una vez más tus sueños. Y, quizá, esa libertad ansiada, sea el deseo último para poder inhalar oxígeno sin morir por dentro.
   Ahora siento cómo la tristeza fluye a través de mis células al igual que un rayo de electricidad, ayudándome a recordar que todo fluye a un ritmo que no se comprende en esta dimensión ni en ninguna otra, sino en el momento en que el corazón acepta los millones de significados de vivir.
   Hoy y siempre, el mar sereno de mis pupilas te añora.