sábado, 17 de junio de 2017

Tempestad.

La lluvia agujerea el suelo con gotas de plomo. La claridad del día ha sido sustituida por una densa niebla que amenaza el cielo sirviéndose de un gélido aliento invernal, y el viento azota los árboles como si quisiera derribar sus troncos en medio de un campo de batalla en el cual compitiera la naturaleza.
Convierto la fotografía en una bola de papel y la aprieto contra mi pecho.
A pesar del frío que congela mis músculos, sé que mis huesos pueden continuar manteniéndome de pie. Esperando. Regresando al segundo en el que fuimos invencibles.
Los relámpagos comienzan a aparecer entre las nubes, iluminando la inmensa laguna que se extiende debajo de él. Devorando la oscuridad de esa tarde de noviembre. Despertando el hambre de los colosos estelares que manejan los engranajes de la suerte.
Tras correr durante quince minutos, el acantilado se presenta ante mis ojos. Igual que aquella primera vez, la niebla cubre su tierra con un humo espectral, cargado de fantasías e ilusiones. Sin embargo, hoy la frialdad que envuelve su atmósfera es una cúpula de recuerdos sedientos de renacer y abandonar el baúl de experiencias asesinadas por las voluntades humanas.
Sitúo la imagen frente a mí y prendo una de sus esquinas con un mechero.

Si algún día nos encontramos en el más allá, espero que el sabor de tus labios sea el antídoto para salir de este coma eterno al que llaman vida.