viernes, 26 de mayo de 2017

El alba de los espíritus.

   Las dos figuras se miraron mientras sus cuerpos se erguían con fervor bajo la sombra del anochecer, ambas acariciadas por la luz rojiza de las antorchas. La oscuridad que proyectaban sus auras abrazaba el viento con una impasibilidad que helaba el castillo, consumiendo los destellos de vida que aún se resistían a desaparecer, y prendía de rabia el fuego que capitaneaba la destrucción de las tierras, envenenando el ciclo de la reencarnación y la redención religiosa del lugar con el olor ácido del rencor, el cual perfumaba callejones, aposentos y tabernas.
   Ahora que las últimas torres caían con el eco de la coacción y el áspero sonido del miedo, la mujer y el hombre se contemplaban mediante una capa de transparencia por primera vez. Las pupilas de la pareja se analizaron recíprocamente en medio de una espiral dinamizada por las memorias heridas, expuestas al escozor del tiempo. Los recuerdos sangraban y coloreaban con trazos de aversión las paredes de sus espíritus, que habían perdido su libertad física y se habían transformado en un aliento eterno de odio encendido gracias a las llamas carnívoras de la codicia. 
   ¿Cuánto habían estado dispuestos a apostar para ganar el silencio de los habitantes y los soldados que sollozaban y aullaban de terror en el valle?
   Toda la voracidad que llevaba crepitando en el interior de sus negros corazones desde que habían separado los párpados al nacer, se cernía sobre el pueblo como si el ejército del diablo hubiera despertado en el mundo real para hundirlos en un baño de fluidos con sabor a muerte. Y, en aquel momento, nada podía detener el haz impasible de la guerra, porque las cenizas de la batalla provenían del enemigo más próximo. De ellos mismos.
   El caballero levantó la cubierta del yelmo y la ínfima claridad que descendía de los cielos alumbró sus ojos inundados en resentimiento, cuyo fondo era un circulo sin fin que giraba impulsado por una sed de resarcimiento encarcelada en el mayor de los infiernos mentales: el de la venganza. Se mantuvo inmóvil, conservando una postura férrea que se extendía a partir de su alma ingrávida, frivolidazada por el humo tóxico de las mentiras que él mismo se había obligado a creer y crear, y aspiró oxigeno con un gesto neutral, forzándose a olvidar que la dureza de la experiencia le había arrebatado lo único que había apreciado, y que, si el horror había surgido en sus entrañas, había sido en respuesta a la debilidad de su ánima.
   El soberano de la nación soltó una bocanada de aire que parecía haber dormido en sus pulmones durante mil décadas, y agarró su espada con fiereza. La hermosa silueta de cabellos dorados que se hallaba ante él, sumida en una expresión de imparcial magnificencia y sin apenas mostrar un ápice de flaqueza frente a la gelidez de aquella pesadilla, fulminaba su rostro con el frío encallecido por la ira, pero ni siquiera ella era inocente en cuanto a la catástrofe que arruinaba su entorno y su historia. Ninguno de los dos era capaz de sentir algo al desembarcar en el océano en el que vagaban las intenciones del otro. El anillo que vestía sus dedos anulares, el cual en un inicio había simbolizado la unión de kilómetros de bosques y edificaciones, de unas familias pobres y otras tocadas por la bendición de la riqueza material, significaba ese día la desolación de sus sueños, que se habían nutrido de su hambre por el exterminio y la supremacía hasta tomar la forma de un espectro devastador de todas las dimensiones, reales o metafísicas, de esa región.
   La reina dio un paso hacia delante y la luz de la media luna incidió en sus facciones petrificadas a causa del hastío, dejando una parte de su piel de porcelana rociada por la tenebrosidad de la noche, ennegreciendo y evaporando así su imagen en una representación de su infinito ser, ambiguo y malicioso como la vileza que llueve de las cataratas y arrastra el agua con la fuerza salvaje de la dominancia. Al igual que el egoísmo innato e irracional del universo.
   Mientras tanto, las lágrimas de las víctimas y las voces ahogadas de los combatientes seguían absorbiendo los silbidos de los gorriones que empezaban a cantar ante la sábana de calidez que traía el alba, cuyo abrazo contaminaba el ambiente con la respiración de los antepasados. Y el más allá continuaba abierto bajo un chillido sordo de exasperación.
   En la cima de aquel monte, disfrazados por la gracia de un amanecer sin dueño, equivalentes en cada uno de sus átomos y corrompidos por la misma insaciabilidad, los reyes estaban condenados a luchar hasta que el silencio del vacío bombardeara sus oídos y salvara sus miserables vidas del cataclismo autoprovocado. 

   Del final del que, probablemente, nadie más escaparía.




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