miércoles, 31 de mayo de 2017

13 Reasons Why: Crítica.

   Una ficción única. Desde el comienzo hasta los créditos, se presenta como una invitación a la reflexión y a la concienciación de la gravedad que ejercen las acciones de todos en el destino de todos. Es una travesía impregnada de dureza, dulzura y certeza que se ve acompañada por melodías escogidas perfecta y exquisitamente de acuerdo con la intensidad de las escenas y la psicología de los protagonistas. Y también disfruta de unas interpretaciones magníficas que simbolizan con magia y precisión a los personajes, a quienes han sabido sumergir en aguas de densa confusión donde las arenas movedizas de la culpabilidad y la desilusión les conducen al descubrimiento de su identidad… En medio de un mar de frías olas que les hacen impactar con sus errores y los del resto, provocándoles la salvación o la irreversible ausencia de su espíritu.
   No obstante, las preguntas saltan solas desde el lado contrario de la pantalla. ¿En qué punto las cosas se vuelven transparentes a los ojos de la humanidad? Las respuestas, entonces, nacen en nuestra cabeza a medida que avanzan los capítulos, y algunas se instalan en el ánima cual dudas de culto eterno.
   Por tanto, dirijo estas palabras al grupo de directores, actores y colaboradores del producto: gracias por haber depositado oxígeno en los pulmones de la esperanza, aunque haya sido a través del dolor. Por haber hecho temblar la perspectiva de la verdad. Por haber desafiado los límites del maniqueísmo extremista que asola la sociedad, donde el blanco y el negro juzgan los pensamientos y las acciones sin ahondar en la paleta de colores que tinta el mundo. Por haber hecho aparecer cuestiones en un número incontable de ánimas. Por haber iluminado la sangre de la violencia: la causa de la desconexión moral y empática que sufren millones de personas hoy en día y que tanto daño ha provocado en los últimos años.
   Sí, las experiencias relatadas en esta historia son distintas a las de cualquier persona. Basadas en una novela y adaptadas para una producción televisiva. Pero, en ellas, hay realidad más allá de cada secuencia. ¿Y por qué? La contestación es simple y compleja: en alguna milésima de segundo de la vida, todos somos Hannah. O Jessica. O Justin… Cualquiera de ellos; incluso de sus padres o de sus conocidos.  ¿La explicación? Nos une lo mismo que nos separa: el corazón. Nos atan y desatan las circunstancias y los sentimientos. Nos persiguen las mismas pesadillas y nos dan alas los mismos sueños. Por ese motivo, los sucesos nos afectan a cada uno de manera diferente y, pese a ello, construimos nuestro presente en base al pasado, y en él siempre se entierran ángeles y demonios que se han desatado en el pecho a lo largo del  tiempo, incubados por los temores, la valentía, el desazón, la amistad o el amor según interaccionamos con los demás. Y teniendo en cuenta la adversidad de este caótico universo, donde no sobran las desilusiones pero tampoco falta el coraje, resulta honesto empatizar con los detalles y la profundidad de las cosas. Ese es el secreto: continúa siendo esencial acariciar el respeto entre jóvenes y adultos, así como analizar el maltrato y la deshumanización que está consumiendo el planeta en cientos de contextos. Ahondar en la confianza y en la conciencia antes de que esta se contamine con el veneno de la desesperación, ver y ayudar a otros a contemplar con la mayor pureza posible las consecuencias, los caminos, los problemas y las opciones, de modo que sea factible sentir las emociones ajenas y calzar los zapatos de los demás, ya sean mayores o menores que nosotros. Por esa razón, debemos conectar las almas rotas que vagan en el silencio y recordar que siempre quedan fuerzas en una voz para alzarse bajo la luz o la oscuridad. Solo así prevendremos próximos defectos secundarios causados por la aflicción.
   Porque, antes de volar, hay que aprender a sostenerse en el viento sin miedo.
   Porque sanar significa aceptar(se).
   Porque todos importamos.
   Y porque solo mediante la comprensión y el cariño, podremos convertir este lugar terriblemente bello y oscuro a la vez, en un sitio donde seamos humanos polícromos sin pánico a la soledad y al peso del rechazo, capaces de apreciar y observar de manera transversal lo que somos.

                                

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