martes, 25 de abril de 2017

Refugio.


El guerrero salió al exterior de la cabaña con el sigilo de un animal salvaje, empleando unos movimientos tan sutiles que era imposible que sus pies rasgaran el silencio y ahogaran el llanto que huía del corazón de la naturaleza.
Por primera vez desde que, años atrás, su mirada se había limpiado en el transcurso de una noche de lucha con las gotas derramadas por los seres ausentes, el agua empapaba la tierra de nuevo con la indomable fiereza de los cielos. Las lágrimas de los dioses se deslizaban través de riachuelos estrechos y débiles, tan ingrávidos como el material de las ilusiones que poblaban por igual los universos que se hallaban por encima y por debajo de las nubes, y el sonido de la nada aproximándose al pueblo, lejos de importunar su respiración, traía consigo el sosiego de los espíritus.
El joven alzó el mentón hacia el mortífero sol, del que solo se apreciaba una silueta blanquecina detrás de los estratos cargados de certezas plomizas como la pólvora, y la luz metálica que abrazaba los bosques cubrió también su rostro, en cuyas facciones duras y afiladas, la desavenencia había forjado la sombra del arrepentimiento y la fuerza de su voluntad había pulido las lúgubres memorias con coraje.
No obstante, durante ese eterno amanecer, al posar sus ojos avellana, en cuyo interior sollozaban cientos de sauces bañados en la sal de las desgracias, sobre las montañas del este, el chico sintió que el mundo giraba a una velocidad mayor de la que ninguna criatura jamás lograría comprender. La voz de los que habían abandonado aquel gélido lugar le susurraba que la historia se diluía en la arena de los caminos a un ritmo tan vertiginoso e incomprensible a la conciencia de cualquiera de las especies, que el tiempo siempre se estiraría un poco antes de dejarse alcanzar por la sabiduría de los caídos y de los victoriosos. Y que, frente a la posibilidad de ser atrapada por los fantasmas y las almas aún errantes en el universo de los vivos, la verdad andaría mil leguas más en el desconocido sendero de la gloria y de la derrota, distanciándose de los legados de los hombres.
Elevó las manos y permitió que el fuego extinto en sus entrañas recobrara el calor de la cuerda y transparente vesania anidada en su piel grisácea, imaginando un futuro que desprendía el ardor frío de la quietud hostil.

Cada día de su existencia recordaría que en el murmullo de la lluvia se escondían los gritos que el eco del universo había custodiado para aquellas ánimas aún dispuestas a oír la realidad sangrienta y efímera oculta en la esencia de los cuatro elementos. Y eso era suficiente en aras de seguir oxigenando sus pulmones, porque, todavía la violenta fragancia que emanaba de unos suelos formados en medio de la adversidad, podían despertar el valor de los héroes que estaban por nacer en el hogar de las luces y la oscuridad.



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