martes, 18 de abril de 2017

Caos intermitente.

   Miro a Mike y siento que también le pesa el alma.
   El pequeño de la familia se deja caer en el sofá y sus ojos nadan en la profundidad del tiempo, sumergidos fuera de la órbita del planeta al que tenemos los pies anclados. Está retraído en una fantasía paralela donde los monstruos que mastican su ansiedad no son de carne y hueso, y el caos intermitente de sus latidos susurra que allí sus huellas no siguen coloreadas con el rastro de los hombres a los que interrumpió la existencia.
   Tal vez, aún sea libre lejos de este piso infectado con los recuerdos de esas muertes.
    Aparto su brazo de mis hombros y me levanto a por el paquete de Camel que tantos años habíamos visto abrir a nuestro padre. La mejor herencia que nos dejó en medio de unas memorias rebosantes de alcohol y sustancias en polvo, a día de hoy es el tutor de mis etapas de desasosiego. El único vicio y virtud que quedó de su figura invisible.
   Le ofrezco un cigarro a mi hermano y sus manos se mueven sin que la conciencia asome a sus globos oculares, vacíos al igual que un océano transformado en desierto tras la devastación de la naturaleza.
   A estas alturas, la densidad de nuestros actos ha alcanzado el límite. Hemos desintegrado el último segundo que nos llevaría al cielo. A ese lugar en el que, bajo el silencio hipócrita de los Ángeles, se libran batallas más sangrientas que en el propio subsuelo.
   Me pregunto cuánto dolor necesita experimentar una persona para perderse.
   Si se pudiera medir el significado de la culpa, ¿podríamos morir por tener el corazón envenenado por las catástrofes internas?
   Regreso al balcón y poso las pupilas en la meseta que cubre el terreno, casi tan árida como nuestra fe.
    Una gravedad envilecida por el satánico carácter de la vida nos mantiene aquí, pero sé que ninguno de los dos nos encontramos en esta casa. Solo se trata de una pesadilla real de la que despertaremos cuando el sol no alumbre más los crímenes que se cometen a la luz de la honorable humanidad a la que pertenecemos.

   A veces la certeza se descubre a través de un camino repleto de abismos. Y al avanzar, el reflejo de tus pasos es lo único que te impulsa a andar en la niebla del pánico.
   Sin embargo, qué hacer ahora que la verdad aflora de las víctimas como un río de desgracias dispuesto a ahogarnos en las negras aguas de la desidia.
    Ahora que un suero rojo regurgitado por la bestia sedienta que vive dentro de nosotros amenaza con envenenar nuestros espíritus culpables.
   Ahora que el pasado, el minuto anterior a la partida de esos hombres, nos condenará eternamente ante los ojos de la ley.
   Los hechos recorren mi espina dorsal y me convierten en polvo con cada respiro. No estoy segura de que Mike sienta nada en medio de su confinamiento mental. Dentro de ese minúsculo infierno que ha creado a su medida para escapar del aire hostil de la razón.
   Me doy la vuelta y exhalo el humo con un gesto cansado.
   No importa que esos tipos hayan violado a quince jóvenes de un instituto privado. Ellos serán recordados con el eco millonario de sus apellidos. Y nosotros seremos los verdugos de la ira hasta que el paso de los meses borre la repercusión mediática.
   Bajo los párpados mientras el olor a verano llena mis pulmones.

   ¿Qué se esconde detrás de la oscuridad de la certidumbre?

1 comentario:

  1. creo que hay demasiada adjetivizacion...recuerda que estas narrando acciones no emociones..........en todo caso las emociones vienen implicadas en los hechos narrados sin demasiado afectación y adorno

    ResponderEliminar