sábado, 4 de febrero de 2017

Luz en el firmamento.

   El mundo es frío. Los caminos son difíciles de seguir. Las oportunidades llaman solo a algunos timbres. Y, en ocasiones, la suerte nos tiende la mano una sola vez en la vida.
   Sin embargo, hay algo que permanece vivo y que brilla siempre en el cielo de cada espíritu, en esa ciudad estrellada en la que la fantasía y la realidad se enlazan y donde todo es posible. Alli, pese a las complicaciones, a las caídas y a los deseos rotos, a los años de esfuerzo y a la falta de aliento, a las ilusiones y a las esperanzas perdidas, al dolor y a la frustración, a la impotencia y a las derrotas, al peso del pasado y a la incertidumbre del futuro, los sueños están ahí: renacen en la oscuridad como supernovas en el cosmos, volando a través de las dimensiones del espacio y del tiempo con una gravedad propia, y encienden una a una las células de nuestra alma hasta despertar la esencia propia que nos hace únicos, imperfectos y humanos. De ese modo, la verdad y la identidad de los que nos atrevemos a plasmar, a construir, a romper, y a componer, queda grabada en el alma, y el deseo de liberar los secretos sobre un lienzo, un pentagrama, una página en blanco, o un gesto, se materializa en las decisiones que tomamos y en las sendas que dibuja el destino en el mapa de la existencia. 
   Sí, La La Land resulta fascinante a causa de su maravillosa banda sonora, de las espectaculares actuaciones de Ryan Gosling y Emma Stone, y de su embriagadora puesta en escena. No obstante, la película va mucho más allá de una sencilla mirada a la historia cultural y de unos pasos de baile ensayados a la perfección. Es una exploración anímica, personal y colectiva a la vez, que realza la figura de los adultos que no han dejado atrás sus jóvenes ilusiones y que luchan por lo que quieren conseguir, al precio que sea y ante las adversidades que se presenten. Las bellísimas referencias al cine clásico, a las grandes obras del arte que decoran la sociedad de forma internacional, unidas a las escenas rodadas en los lugares más emblemáticos y fantásticos de la cuna de los artistas, así como a las canciones, al dinamismo del guión y a la versatilidad y magníficencia de cada momento filmado, con una fotografía exquisita, llena de color y delicada, recrean en el espectador una completa ficción en la que adentrarse introspectivamente y reflexionar acerca de la gravedad de las opciones, el refulgir de la suerte, el poder del amor y de la amistad, la potencia del talento, y la importancia de mantener prendida la pasión… Al aceptar a unas posibilidades y renunciar a otras.  
   Por lo tanto, ese conjunto de acciones que los personajes llevan a cabo, las cuales, envueltas en un halo de sensibilidad y realismo a la par, nos recuerdan que jamás debemos dejar de ser quienes somos. Que hemos de continuar creando nuevos universos. Y que, hasta el último minuto, lo esencial es disfrutar de las cosas más sencillas. De esas que provienen del corazón y que nos convierten en los artistas que se esconden debajo de nuestra piel, aquellos que poseen mayor o menor talento, que disponen de una enorme o escasa fortuna, que ofrecen reverencias ante aplausos y/o salas vacías, pero que nunca se dan por vencidos.

   Y es que, este increíble film, obra de arte desde cualquier ángulo, no es únicamente una pieza maestra de la filmografía moderna, sino que también está dispuesta a hacerse un hueco en la memoria del público de manera grácil, melancólica, y dulce, mientras nos susurra un hecho que solemos olvidar: si creemos en los sueños, aunque quizá no lleguen a hacerse realidad, seremos un poco más felices. Porque después de todo, con cada nota, con cada letra, con cada pincelada, con cada melodía… Le regalamos al mundo una huella de nosotros mismos. De pura magia.


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