viernes, 20 de enero de 2017

Reconquista.

   El vacío me devuelve la mirada con un aliento cálido, cargado con la contaminación del pasado y el frío de los fantasmas que deambulan dentro de mis pensamientos. Y un viento inconstante y violento me aleja del glorioso mañana en el que deseo sepultar los anhelos que una vez, durante la guerra que asoló mi alma, se rompieron. 
   No obstante, aunque el tacto gélido del pasado provoca que mis huesos tiemblen como si los dientes de un diablo perforaran mis venas, en un instante de belleza latente, algo empuja mi cuerpo hacia el fondo de la brecha que rompe la tierra en islas de ceniza flotantes sobre un mar de luces y tinieblas. 
   Doy un paso al frente y me permito descender. 
   En ese minuto, el tiempo se difumina. No existe nada más allá de la fuerza que sostiene mi cuerpo en el aire, ayudándolo a caer en el océano habitado por la oscuridad y el resplandor de los espíritus. En ese lugar, en el origen de la vida y de la muerte, la libertad de los seres trasciende cualquier dimensión. El peligro se disipa en las gotas saladas que abrazan el aire con la humedad de la paz. Y ninguna sombra eclipsa el calor de la claridad que desprenden las futuras ensoñaciones, sino que conviven bajo el mismo cielo nocturno.
   Entonces, a medida que mi corazón disminuye sus pulsaciones según me aproximo a las profundidades de ese mar calmado donde se hallan enterradas millones de ilusiones, una ola de serenidad ahoga mis pulmones hasta provocar que renazca con la débil respiración de la supervivencia latiendo en todos los rincones de mi ánima.
   En ese segundo, abro los ojos y recuerdo el propósito del rescate.
   Dentro de ese cementerio de esperanzas, hogar de miles de ancianas aspiraciones e incubador de desconocidas y prósperas posibilidades, he de inhumar los deseos que se convirtieron en quimeras en el pasado, en el ayer aún ensordecedor que, como buen defensor de la resistencia, grita en medio de un silencio que congela las vértebras. 
   Inundo mi figura debajo del terreno coralino y la lucha por encontrar el camino de regreso hacia mi identidad finaliza. 

   En ese momento sé que, un minuto después, el ascenso a la realidad significará una batalla interior en la que el coraje conseguirá coronar mis nuevos sueños con la bandera de la redención. 


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