martes, 10 de enero de 2017

La llama azul.

   En este despertar, el fuego de los astros enciende de nuevo la tierra desde los cielos. La bóveda celeste refleja el color dorado sobre las nubes que pasean encima de las dunas, y el calor impregna otro día más nuestras almas, nutriéndolas con la incertidumbre del mañana en medio de un desierto donde la única regla es la supervivencia.
   Me destapo y escucho atentamente el sonido del viento, el cual silba alrededor de la arena como si la invitara a iniciar un baile bajo la impasible mirada del sol. 
   De alguna manera sé, que aunque no logremos pisar los terrenos persas, la sed y la dureza del viaje estarán compensadas por la belleza del paraíso que llevamos cruzando hace casi tres meses. Y algún amanecer, los esfuerzos por mantenernos a salvo nos conducirán a ese oasis en el camino de la vida, al centro de la famosa fábula que recitan los silencios, aquella en la que prima el peligro de la naturaleza y de la moral humana… las dos fuentes de esperanza y devastación que gobiernan cualquier pueblo del mundo.
   Entonces, mientras acuden a mí recuerdos de la infancia, de la pobreza reinando en las calles londinenses y del momento en que decidí emprender la ruta dictada por mi corazón, una mano se posa en mi hombro, y rápidamente abandono los pensamientos acerca de la salvación guiada por el hombre, de la capacidad de sanación con la que nuestro ser debe haber nacido para ayudar a los otros y a sí mismo.
   -La mujer española. Necesita que le supervises la fiebre.
   La voz de Sebb se recoge en apenas un susurro, y su semblante me revela la confianza que deposita en mis acciones, en una metodología que, en estos días, puede condenarse en no pocos países empleando la pena de muerte.
   Me deslizo hacia mi mochila y abro su bolsillo inferior para recoger un puñado de semillas amarillentas que provienen de mis ancianos terrenos ingleses. Las oculto mediante las largas capas ocres que cubren mi cintura y nos aproximamos a la pequeña tienda de la damisela sin que el resto de compañeros, aún dominados por el sueño, reparen en nosotros. 
   En ese instante, al descubrir la tela de la entrada y ver el rostro de la joven por segunda vez, siento que cualquier técnica y conocimiento que me haga conseguir mantenerla alejada de las garras de la enfermedad, por prohibido que esté por la humanidad o por los dioses, tendrá completa justificación.
    -Trae un cuenco con líquido-digo en un susurro-.Conviene que se tome esto lo antes posible.
   Sebb aparece unos segundos más tarde frente a nosotros y me tiende el objeto tras haber arrojado unas gotas de agua en él. Le doy las gracias con un asentimiento de la cabeza y hago caer las semillas dentro, moviéndolo en círculos mientras me acerco a la desconocida con el pulso ascendiendo a gran velocidad. 
   -Te levantaré levemente de forma que puedas tragar, ¿de acuerdo? Has de beber esto cada mañana-acaricio su mentón y la incorporo unos grados para que el remedio caiga por su garganta, asegurándome de que las plantas alcanzan su estómago-.A pesar de que los guardias no me permitirán entrar aquí, conseguiré hacerte llegar el remedio antes de que salga el sol.
   Pongo una palma encima de su pecho y otra en su frente, evaluando su temperatura corporal e intentando concebir algún signo de la línea opuesta a la vitalidad, de un destello de frialdad. Sin embargo, no percibo nada más allá del débil pulso de su órgano vital, y suelto un suspiro de alivio a la vez que arranco un trozo del vestido que cubre sus piernas y lo sumerjo en un barreño de agua cálida que tiene al lado de sus pies.
   -Vas a vivir. No tengas miedo. Cuidaré de ti hasta que lleguemos al este-coloco la prenda sobre la parte superior de sus cejas y espero unos segundos a que sus párpados se muevan bajo un halo de cansancio y gratitud que ni todas las palabras de los libros habrían posibilitado verbalizar-.Te prometo que te encontrarás mejor dentro de unas semanas.  
   Justo en ese minuto, sus ojos, de un azul tan celestial como el aliento del mar, se posan en mi amigo con una satisfacción amistosa, y después enfocan los míos depositando en ellos una pasión llena de amabilidad y un respeto que parece desprenderse de una fuente de ilusión eterna.
   -Gracias. De verdad.
   Unos bostezos en el exterior de la tienda nos recuerdan que hemos de proseguir nuestros deberes, y Sebb y yo nos vemos forzados a salir del diminuto hogar de la dama antes de que los guías descubran que estamos realizando labores que infringen la ley.
   Tapo su figura con una de las telas que visto y regreso al centro del desierto mientras la candidez de sus facciones se perpetúan en mi memoria.


   Si mis manos me lo permiten, voy a salvarla. A ella y a muchos más. Cueste lo que cueste.



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