domingo, 29 de enero de 2017

Las desventuras de un gorrión.

   Las cosas siempre ocurren por algún motivo. O eso dicen en todas las leyendas. Pero, en ocasiones, resulta difícil averiguar por qué la vida pone a alguien en medio de una situación. De pronto, las nubes cubren el pasado, disfrazándolo de una certeza irreal, y un nuevo presente se abre paso hasta esa criatura humana, convirtiendo en polvo sus recuerdos y plagando sus sueños con una niebla gélida. Entonces, cuando esa persona no tiene ni la menor idea de cómo ha ido a parar a semejante encrucijada de caminos, la única opción es encontrar el modo de salir vivo de ese laberinto de interrogantes sin respuesta.
Y aquello fue lo que le sucedió a Milo Stuart, un jovencito inteligente y de gran avidez que, a causa de las afiladas facciones y la mirada jovial que había heredado de su madre, también era apodado gorrión de parte de sus fieles y perversos compañeros, quienes disfrutaban caricaturizando sus rasgos cada vez que se cruzaban con él. Este niño, tras una historia de tenebrosos hechos y sentimientos dentro del centro de menores que le perseguía como una segunda sombra, llevaba no escasos años a espera de que unos fabulosos padres albergaran la intención de adoptarle, suplicando para sí mismo que las humillaciones de los cuidadores y del resto de alumnos cesaran al hallarse a kilómetros de allí. Y, mágicamente, su ilusión se vio cumplida muy pronto… Pero todo hechizo tiene un precio, y dado que las circunstancias giran y giran hasta que consiguen desubicar el sentido de la pertenencia e incluso el de la identidad, el pajarito no logró volar demasiado alto en su primera oportunidad de ser libre.
 Justo un mes después de que los Harrison, un matrimonio inglés de mediana clase social que no podía tener hijos, firmara los papeles legales y le sacara de aquel infierno infantil, la mujer a la que se estaba acostumbrando a llamar mamá, cayó de nuevo enferma a causa de un cáncer pulmonar, y, en menos de tres semanas, la esposa del señor de acento siseante y modales amables falleció en su propia casa. Ante esta traumática y dolorosa pérdida, la labor parental de Edward Harrison se vio afectada por una fuerte depresión; de modo que, al igual que si el universo hubiera escuchado las plegarias silenciosas del niño, en vez de ser reclutado de vuelta a la institución por los servicios sociales, Stuart se mudó un soleado lunes al seno de una familia de raíces nobles que habitaba en la zona norte de Gran Bretaña. Sin embargo, a diferencia de la anterior pareja, que había deseado de todo corazón acoger a un huérfano bajo sus alas protectoras, las mellizas Sullivan no buscaban calidez humana, sino un paquete de billetes que llevar al banco cada mes gracias a la recompensa gubernamental que ofrecían las políticas sociales frente a las necesidades básicas infantiles.
De esta forma, con solo diez años, tanto en los hogares en los que había pasado una fracción de su vida como en el mismo orfanato, el dulce Milo gastó tiempo más que de sobra en conocer el sabor del abandono, la ambición, el egoísmo, y la tristeza. Ese conjunto de emociones se arremolinaba en su pecho hasta el punto de asfixiarle al igual que una serpiente durante algunas noches de invierno, esas en las que la soledad apretaba sus sienes y el frío le provocaba temblores por su cuerpo semidesnudo, que se hallaba vestido únicamente con un viejo pijama agujereado por las ratas del desván. En esos momentos en los que regresaban a su cabeza imágenes de sus hermanos, quienes fueron enviados a distintos centros apenas terminaron la educación preescolar, el joven intentaba escapar del eco de su estómago hambriento y del estruendo de la lluvia chocando contra las tejas de la estrecha habitación, la cual carecía de ventanas y permanecía sumida en las sombras ya hubiera sol o luna en el cielo. No obstante, pese a viajar a través de su memoria cada vez que las hermanas decidían encerrarlo a causa de su comportamiento indebido (aquello que ellas traducían como una actitud de excesiva cortesía y colaboración), tras volver a abrir los ojos, la realidad engullía sus ilusiones al igual que un monstruo a la espera de tragar un banquete de deseos inertes. Y en esos minutos, las lágrimas acudían a sus ojitos castaños con la potencia de una catarata recién nacida.
Pero esa serie de infortunios, aunque él no lo supiera, lejos de ablandar su conciencia, irían fortaleciendo poco a poco su alma y robusteciendo sus habilidades de resistencia mental, convirtiéndole, según los meses corrieran, en un blanco de fácil disparo y de arduo derribamiento.
Así que, tras las duras experiencias acumuladas, dos años más tarde, las preguntas dejaron de rondar dentro de su cerebro para ser sustituidas por afirmaciones que contestaban a un solo propósito: huir de las circunstancias. Y una noche oscura, de embravecidos vientos y densas tinieblas, cansado de los abusos de aquel par de malvadas féminas codiciosas y del malestar físico que le producían las sobras diarias, que constituían su fundamental plato de alimento, optó por trazar una estrategia de escape. Con ayuda de unas antiguas tijeras que había robado de la buhardilla mientras las dueñas del chalet salían a recibir el regalo de bienvenida de una vecina del pueblo (la bella y arrogante Margaret, quien había avisado el día anterior que realizaría una visita y cuyo propósito era exhibir sus dotes de cocina en los pasteles que donaba a toda la comunidad), consiguió abrir la tapa del desagüe del cuarto de baño. Ese segundo de gloria fue, con gran seguridad, el que desencadenó el mayor hilo de dudas y premoniciones peligrosas en la conciencia de Milo Stuart. Pero, a veces, lo único necesario para saltar al abismo, es recordar que un movimiento preciso resulta suficiente para desatar las consecuencias, sean cuales sean. Y entonces, como si el destino pusiera a prueba la capacidad de decisión de nuestro pajarito, el claxon del marido de Ms. Wilson despertó su mente aletargada, y antes de que pudiera oír a las mellizas despedirse de la señorita, el niño introdujo su cuerpo en el canal y se dejó empujar por la gravedad hasta tocar la pringosa materia de las cloacas subterráneas. Fue después, una vez que sus pies aterrizaron encima de los restos orgánicos y que el hedor nauseabundo invadió sus fosas nasales, cuando el jovencito, a millas de respirar el olor fétido de las cloacas, hubiera afirmado a cualquier periodista que acababa de encontrar la esencia de la redención.
Tras haber relatado estos eventos, quizá muchos, en un intento por poneros en la piel del gorrión, hubierais optado por continuar en aquella casa, donde al menos había alimentos (aunque estuvieran podridos o caducados) y un colchón sobre el que dormir (o en el que fingir que se descansaba bajo la atenta mirada de los ratones que regentaban la casa, los cuales eran verdaderos sicarios de las patronas). No obstante, unos pocos valientes, al igual que el delicado e intrépido pájaro, habríais dado los veintiún gramos de vuestra alma por salir de aquella cárcel y contemplarla arder desde fuera.
Porque lo cierto es, que pese a que el pequeño descendiente de los Stuart no logró que dejaran de existir las brujas y los ogros que habían cuidado de él a lo largo de los años (detalle que le hubiera causado una tranquilidad moral, puesto que sabía que quienes infringen dolor a los demás sin motivo alguno no son buenas personas que merezcan una vida de prosperidad y alegría), sí consiguió perderlos de vista después de semanas corriendo hacia el otro lado del país, donde, finalmente, construyó un camino de relativa dicha al lado de unos pastores que lo acogieron junto a su hijo Nathaniel, quien tenía su misma edad y pronto entablaría una amistad de oro con él.
Pero, a pesar de las calamidades que inundaban su pasado, nuestro heroico niño guardó el rencor en un rincón de su cabeza, reduciéndolo a una consternación que fue suavizándose con el tiempo y el cariño de sus semejantes, transformándose, de esa manera, en una fuerte sensación de desafío a sí mismo que en un futuro le permitiría perdonarles. Y hasta el último de sus días, el pequeño huérfano siempre tuvo un pensamiento de gratitud dedicado a los Harrison, junto a quienes nunca dejaría de imaginar el futuro que podrían haber dibujado los acontecimientos de no haberse interpuesto la muerte de por medio.

Sin embargo, aunque las situaciones lleven a las personas a los límites de su entereza, la senda de la verdad solo toma una dirección. Y esa es la que los hombres se atreven a tomar para revivir sus esperanzas. Por la que escogen luchar ante cualquier coste, con tal de hallar una gota de amor humano. Al igual que el joven Milo Stuart nos enseñará cada vez que su historia se repita en nuestras mentes.


viernes, 20 de enero de 2017

Reconquista.

   El vacío me devuelve la mirada con un aliento cálido, cargado con la contaminación del pasado y el frío de los fantasmas que deambulan dentro de mis pensamientos. Y un viento inconstante y violento me aleja del glorioso mañana en el que deseo sepultar los anhelos que una vez, durante la guerra que asoló mi alma, se rompieron. 
   No obstante, aunque el tacto gélido del pasado provoca que mis huesos tiemblen como si los dientes de un diablo perforaran mis venas, en un instante de belleza latente, algo empuja mi cuerpo hacia el fondo de la brecha que rompe la tierra en islas de ceniza flotantes sobre un mar de luces y tinieblas. 
   Doy un paso al frente y me permito descender. 
   En ese minuto, el tiempo se difumina. No existe nada más allá de la fuerza que sostiene mi cuerpo en el aire, ayudándolo a caer en el océano habitado por la oscuridad y el resplandor de los espíritus. En ese lugar, en el origen de la vida y de la muerte, la libertad de los seres trasciende cualquier dimensión. El peligro se disipa en las gotas saladas que abrazan el aire con la humedad de la paz. Y ninguna sombra eclipsa el calor de la claridad que desprenden las futuras ensoñaciones, sino que conviven bajo el mismo cielo nocturno.
   Entonces, a medida que mi corazón disminuye sus pulsaciones según me aproximo a las profundidades de ese mar calmado donde se hallan enterradas millones de ilusiones, una ola de serenidad ahoga mis pulmones hasta provocar que renazca con la débil respiración de la supervivencia latiendo en todos los rincones de mi ánima.
   En ese segundo, abro los ojos y recuerdo el propósito del rescate.
   Dentro de ese cementerio de esperanzas, hogar de miles de ancianas aspiraciones e incubador de desconocidas y prósperas posibilidades, he de inhumar los deseos que se convirtieron en quimeras en el pasado, en el ayer aún ensordecedor que, como buen defensor de la resistencia, grita en medio de un silencio que congela las vértebras. 
   Inundo mi figura debajo del terreno coralino y la lucha por encontrar el camino de regreso hacia mi identidad finaliza. 

   En ese momento sé que, un minuto después, el ascenso a la realidad significará una batalla interior en la que el coraje conseguirá coronar mis nuevos sueños con la bandera de la redención. 


martes, 10 de enero de 2017

La llama azul.

   En este despertar, el fuego de los astros enciende de nuevo la tierra desde los cielos. La bóveda celeste refleja el color dorado sobre las nubes que pasean encima de las dunas, y el calor impregna otro día más nuestras almas, nutriéndolas con la incertidumbre del mañana en medio de un desierto donde la única regla es la supervivencia.
   Me destapo y escucho atentamente el sonido del viento, el cual silba alrededor de la arena como si la invitara a iniciar un baile bajo la impasible mirada del sol. 
   De alguna manera sé, que aunque no logremos pisar los terrenos persas, la sed y la dureza del viaje estarán compensadas por la belleza del paraíso que llevamos cruzando hace casi tres meses. Y algún amanecer, los esfuerzos por mantenernos a salvo nos conducirán a ese oasis en el camino de la vida, al centro de la famosa fábula que recitan los silencios, aquella en la que prima el peligro de la naturaleza y de la moral humana… las dos fuentes de esperanza y devastación que gobiernan cualquier pueblo del mundo.
   Entonces, mientras acuden a mí recuerdos de la infancia, de la pobreza reinando en las calles londinenses y del momento en que decidí emprender la ruta dictada por mi corazón, una mano se posa en mi hombro, y rápidamente abandono los pensamientos acerca de la salvación guiada por el hombre, de la capacidad de sanación con la que nuestro ser debe haber nacido para ayudar a los otros y a sí mismo.
   -La mujer española. Necesita que le supervises la fiebre.
   La voz de Sebb se recoge en apenas un susurro, y su semblante me revela la confianza que deposita en mis acciones, en una metodología que, en estos días, puede condenarse en no pocos países empleando la pena de muerte.
   Me deslizo hacia mi mochila y abro su bolsillo inferior para recoger un puñado de semillas amarillentas que provienen de mis ancianos terrenos ingleses. Las oculto mediante las largas capas ocres que cubren mi cintura y nos aproximamos a la pequeña tienda de la damisela sin que el resto de compañeros, aún dominados por el sueño, reparen en nosotros. 
   En ese instante, al descubrir la tela de la entrada y ver el rostro de la joven por segunda vez, siento que cualquier técnica y conocimiento que me haga conseguir mantenerla alejada de las garras de la enfermedad, por prohibido que esté por la humanidad o por los dioses, tendrá completa justificación.
    -Trae un cuenco con líquido-digo en un susurro-.Conviene que se tome esto lo antes posible.
   Sebb aparece unos segundos más tarde frente a nosotros y me tiende el objeto tras haber arrojado unas gotas de agua en él. Le doy las gracias con un asentimiento de la cabeza y hago caer las semillas dentro, moviéndolo en círculos mientras me acerco a la desconocida con el pulso ascendiendo a gran velocidad. 
   -Te levantaré levemente de forma que puedas tragar, ¿de acuerdo? Has de beber esto cada mañana-acaricio su mentón y la incorporo unos grados para que el remedio caiga por su garganta, asegurándome de que las plantas alcanzan su estómago-.A pesar de que los guardias no me permitirán entrar aquí, conseguiré hacerte llegar el remedio antes de que salga el sol.
   Pongo una palma encima de su pecho y otra en su frente, evaluando su temperatura corporal e intentando concebir algún signo de la línea opuesta a la vitalidad, de un destello de frialdad. Sin embargo, no percibo nada más allá del débil pulso de su órgano vital, y suelto un suspiro de alivio a la vez que arranco un trozo del vestido que cubre sus piernas y lo sumerjo en un barreño de agua cálida que tiene al lado de sus pies.
   -Vas a vivir. No tengas miedo. Cuidaré de ti hasta que lleguemos al este-coloco la prenda sobre la parte superior de sus cejas y espero unos segundos a que sus párpados se muevan bajo un halo de cansancio y gratitud que ni todas las palabras de los libros habrían posibilitado verbalizar-.Te prometo que te encontrarás mejor dentro de unas semanas.  
   Justo en ese minuto, sus ojos, de un azul tan celestial como el aliento del mar, se posan en mi amigo con una satisfacción amistosa, y después enfocan los míos depositando en ellos una pasión llena de amabilidad y un respeto que parece desprenderse de una fuente de ilusión eterna.
   -Gracias. De verdad.
   Unos bostezos en el exterior de la tienda nos recuerdan que hemos de proseguir nuestros deberes, y Sebb y yo nos vemos forzados a salir del diminuto hogar de la dama antes de que los guías descubran que estamos realizando labores que infringen la ley.
   Tapo su figura con una de las telas que visto y regreso al centro del desierto mientras la candidez de sus facciones se perpetúan en mi memoria.


   Si mis manos me lo permiten, voy a salvarla. A ella y a muchos más. Cueste lo que cueste.