viernes, 26 de mayo de 2017

El alba de los espíritus.

   Las dos figuras se miraron mientras sus cuerpos se erguían con fervor bajo la sombra del anochecer, ambas acariciadas por la luz rojiza de las antorchas. La oscuridad que proyectaban sus auras abrazaba el viento con una impasibilidad que helaba el castillo, consumiendo los destellos de vida que aún se resistían a desaparecer, y prendía de rabia el fuego que capitaneaba la destrucción de las tierras, envenenando el ciclo de la reencarnación y la redención religiosa del lugar con el olor ácido del rencor, el cual perfumaba callejones, aposentos y tabernas.
   Ahora que las últimas torres caían con el eco de la coacción y el áspero sonido del miedo, la mujer y el hombre se contemplaban mediante una capa de transparencia por primera vez. Las pupilas de la pareja se analizaron recíprocamente en medio de una espiral dinamizada por las memorias heridas, expuestas al escozor del tiempo. Los recuerdos sangraban y coloreaban con trazos de aversión las paredes de sus espíritus, que habían perdido su libertad física y se habían transformado en un aliento eterno de odio encendido gracias a las llamas carnívoras de la codicia. 
   ¿Cuánto habían estado dispuestos a apostar para ganar el silencio de los habitantes y los soldados que sollozaban y aullaban de terror en el valle?
   Toda la voracidad que llevaba crepitando en el interior de sus negros corazones desde que habían separado los párpados al nacer, se cernía sobre el pueblo como si el ejército del diablo hubiera despertado en el mundo real para hundirlos en un baño de fluidos con sabor a muerte. Y, en aquel momento, nada podía detener el haz impasible de la guerra, porque las cenizas de la batalla provenían del enemigo más próximo. De ellos mismos.
   El caballero levantó la cubierta del yelmo y la ínfima claridad que descendía de los cielos alumbró sus ojos inundados en resentimiento, cuyo fondo era un circulo sin fin que giraba impulsado por una sed de resarcimiento encarcelada en el mayor de los infiernos mentales: el de la venganza. Se mantuvo inmóvil, conservando una postura férrea que se extendía a partir de su alma ingrávida, frivolidazada por el humo tóxico de las mentiras que él mismo se había obligado a creer y crear, y aspiró oxigeno con un gesto neutral, forzándose a olvidar que la dureza de la experiencia le había arrebatado lo único que había apreciado, y que, si el horror había surgido en sus entrañas, había sido en respuesta a la debilidad de su ánima.
   El soberano de la nación soltó una bocanada de aire que parecía haber dormido en sus pulmones durante mil décadas, y agarró su espada con fiereza. La hermosa silueta de cabellos dorados que se hallaba ante él, sumida en una expresión de imparcial magnificencia y sin apenas mostrar un ápice de flaqueza frente a la gelidez de aquella pesadilla, fulminaba su rostro con el frío encallecido por la ira, pero ni siquiera ella era inocente en cuanto a la catástrofe que arruinaba su entorno y su historia. Ninguno de los dos era capaz de sentir algo al desembarcar en el océano en el que vagaban las intenciones del otro. El anillo que vestía sus dedos anulares, el cual en un inicio había simbolizado la unión de kilómetros de bosques y edificaciones, de unas familias pobres y otras tocadas por la bendición de la riqueza material, significaba ese día la desolación de sus sueños, que se habían nutrido de su hambre por el exterminio y la supremacía hasta tomar la forma de un espectro devastador de todas las dimensiones, reales o metafísicas, de esa región.
   La reina dio un paso hacia delante y la luz de la media luna incidió en sus facciones petrificadas a causa del hastío, dejando una parte de su piel de porcelana rociada por la tenebrosidad de la noche, ennegreciendo y evaporando así su imagen en una representación de su infinito ser, ambiguo y malicioso como la vileza que llueve de las cataratas y arrastra el agua con la fuerza salvaje de la dominancia. Al igual que el egoísmo innato e irracional del universo.
   Mientras tanto, las lágrimas de las víctimas y las voces ahogadas de los combatientes seguían absorbiendo los silbidos de los gorriones que empezaban a cantar ante la sábana de calidez que traía el alba, cuyo abrazo contaminaba el ambiente con la respiración de los antepasados. Y el más allá continuaba abierto bajo un chillido sordo de exasperación.
   En la cima de aquel monte, disfrazados por la gracia de un amanecer sin dueño, equivalentes en cada uno de sus átomos y corrompidos por la misma insaciabilidad, los reyes estaban condenados a luchar hasta que el silencio del vacío bombardeara sus oídos y salvara sus miserables vidas del cataclismo autoprovocado. 

   Del final del que, probablemente, nadie más escaparía.




viernes, 5 de mayo de 2017

Todas las razones importan.

   Es difícil estimar qué influencia tenemos en la vida de otras personas. Saber en qué medida nuestras acciones se entrelazan con las de los demás para cambiar el curso de los días. Adivinar dónde se encuentran esos puntos de inflexión que, antes o después, cruzamos a pesar de que nuestra voluntad no sea la de exceder los límites de la moralidad, resulta el mayor enigma del planeta. 
   Sin embargo, hay demasiados colores en el mundo como para ahogar nuestros corazones en las sombras del blanco y el negro, en el continuo camino del bien y del mal, que sólo simbolizan al ser humano si están presentes a la vez y agitan la existencia desde la opacidad de los sentimientos.
   ¿Siniestro? Quizás. Generalizar siempre conlleva riesgos. Implica aceptar verdades que no son pronunciadas en voz alta. Comprender aquello que mueve los pies de todos en el silencioso baile del destino que se forja según respiramos al mismo tiempo. Balancearse a expensas de confiar en un viento cuya naturaleza desconoces y que, de alguna manera, puede terminar originando un huracán.
   Sí, tal vez las cosas ya no vuelvan a ser igual que al principio, cuando aún permanecía intacta esa inocencia dispuesta a explorar las dimensiones de las cosas y sin apenas entender los giros que las circunstancias toman. Cuando las irregularidades de los senderos y la ambigüedad inserta en cada alma, aquí o en la distancia de la muerte, era una nebulosa cargada de tierna ingenuidad. 
   Esa fragilidad no regresará. Al igual que la tenebrosidad del ayer no se diluirá con el paso de los años.
   A pesar de ello, después de descubrir el sabor agridulce de uno mismo, de quienes te rodean y de las mentiras, ¿de qué modo avanzar? Entonces, la mejor opción, por no decir la única, es enfrentar el miedo y abrazar la catástrofe que bulle en nuestras venas mientras decidimos que la responsabilidad nace dentro de cada alma, aunque dependa de muchos seres humanos más.

   No obstante, si hoy me atrevo a escribir estas líneas, es porque deseo decir adiós a mis experiencias y a las conexiones que me unían a cualquiera de los que, inconscientemente o no, se vieron vinculados a mi historia. 
   ¿Mi consejo? Recordad que el universo es de una belleza inmensa, y que los actos de todos tienen el poder de transformar la hostilidad de la noche en el más hermoso de los amaneceres. Pero que también pueden convertir una delicada llama de esperanza o de pasión en el comienzo de un incendio capaz de arrasar hasta el futuro menos inestable.





martes, 25 de abril de 2017

Refugio.


El guerrero salió al exterior de la cabaña con el sigilo de un animal salvaje, empleando unos movimientos tan sutiles que era imposible que sus pies rasgaran el silencio y ahogaran el llanto que huía del corazón de la naturaleza.
Por primera vez desde que, años atrás, su mirada se había limpiado en el transcurso de una noche de lucha con las gotas derramadas por los seres ausentes, el agua empapaba la tierra de nuevo con la indomable fiereza de los cielos. Las lágrimas de los dioses se deslizaban través de riachuelos estrechos y débiles, tan ingrávidos como el material de las ilusiones que poblaban por igual los universos que se hallaban por encima y por debajo de las nubes, y el sonido de la nada aproximándose al pueblo, lejos de importunar su respiración, traía consigo el sosiego de los espíritus.
El joven alzó el mentón hacia el mortífero sol, del que solo se apreciaba una silueta blanquecina detrás de los estratos cargados de certezas plomizas como la pólvora, y la luz metálica que abrazaba los bosques cubrió también su rostro, en cuyas facciones duras y afiladas, la desavenencia había forjado la sombra del arrepentimiento y la fuerza de su voluntad había pulido las lúgubres memorias con coraje.
No obstante, durante ese eterno amanecer, al posar sus ojos avellana, en cuyo interior sollozaban cientos de sauces bañados en la sal de las desgracias, sobre las montañas del este, el chico sintió que el mundo giraba a una velocidad mayor de la que ninguna criatura jamás lograría comprender. La voz de los que habían abandonado aquel gélido lugar le susurraba que la historia se diluía en la arena de los caminos a un ritmo tan vertiginoso e incomprensible a la conciencia de cualquiera de las especies, que el tiempo siempre se estiraría un poco antes de dejarse alcanzar por la sabiduría de los caídos y de los victoriosos. Y que, frente a la posibilidad de ser atrapada por los fantasmas y las almas aún errantes en el universo de los vivos, la verdad andaría mil leguas más en el desconocido sendero de la gloria y de la derrota, distanciándose de los legados de los hombres.
Elevó las manos y permitió que el fuego extinto en sus entrañas recobrara el calor de la cuerda y transparente vesania anidada en su piel grisácea, imaginando un futuro que desprendía el ardor frío de la quietud hostil.

Cada día de su existencia recordaría que en el murmullo de la lluvia se escondían los gritos que el eco del universo había custodiado para aquellas ánimas aún dispuestas a oír la realidad sangrienta y efímera oculta en la esencia de los cuatro elementos. Y eso era suficiente en aras de seguir oxigenando sus pulmones, porque, todavía la violenta fragancia que emanaba de unos suelos formados en medio de la adversidad, podían despertar el valor de los héroes que estaban por nacer en el hogar de las luces y la oscuridad.



martes, 18 de abril de 2017

Caos intermitente.

   Miro a Mike y siento que también le pesa el alma.
   El pequeño de la familia se deja caer en el sofá y sus ojos nadan en la profundidad del tiempo, sumergidos fuera de la órbita del planeta al que tenemos los pies anclados. Está retraído en una fantasía paralela donde los monstruos que mastican su ansiedad no son de carne y hueso, y el caos intermitente de sus latidos susurra que allí sus huellas no siguen coloreadas con el rastro de los hombres a los que interrumpió la existencia.
   Tal vez, aún sea libre lejos de este piso infectado con los recuerdos de esas muertes.
    Aparto su brazo de mis hombros y me levanto a por el paquete de Camel que tantos años habíamos visto abrir a nuestro padre. La mejor herencia que nos dejó en medio de unas memorias rebosantes de alcohol y sustancias en polvo, a día de hoy es el tutor de mis etapas de desasosiego. El único vicio y virtud que quedó de su figura invisible.
   Le ofrezco un cigarro a mi hermano y sus manos se mueven sin que la conciencia asome a sus globos oculares, vacíos al igual que un océano transformado en desierto tras la devastación de la naturaleza.
   A estas alturas, la densidad de nuestros actos ha alcanzado el límite. Hemos desintegrado el último segundo que nos llevaría al cielo. A ese lugar en el que, bajo el silencio hipócrita de los Ángeles, se libran batallas más sangrientas que en el propio subsuelo.
   Me pregunto cuánto dolor necesita experimentar una persona para perderse.
   Si se pudiera medir el significado de la culpa, ¿podríamos morir por tener el corazón envenenado por las catástrofes internas?
   Regreso al balcón y poso las pupilas en la meseta que cubre el terreno, casi tan árida como nuestra fe.
    Una gravedad envilecida por el satánico carácter de la vida nos mantiene aquí, pero sé que ninguno de los dos nos encontramos en esta casa. Solo se trata de una pesadilla real de la que despertaremos cuando el sol no alumbre más los crímenes que se cometen a la luz de la honorable humanidad a la que pertenecemos.

   A veces la certeza se descubre a través de un camino repleto de abismos. Y al avanzar, el reflejo de tus pasos es lo único que te impulsa a andar en la niebla del pánico.
   Sin embargo, qué hacer ahora que la verdad aflora de las víctimas como un río de desgracias dispuesto a ahogarnos en las negras aguas de la desidia.
    Ahora que un suero rojo regurgitado por la bestia sedienta que vive dentro de nosotros amenaza con envenenar nuestros espíritus culpables.
   Ahora que el pasado, el minuto anterior a la partida de esos hombres, nos condenará eternamente ante los ojos de la ley.
   Los hechos recorren mi espina dorsal y me convierten en polvo con cada respiro. No estoy segura de que Mike sienta nada en medio de su confinamiento mental. Dentro de ese minúsculo infierno que ha creado a su medida para escapar del aire hostil de la razón.
   Me doy la vuelta y exhalo el humo con un gesto cansado.
   No importa que esos tipos hayan violado a quince jóvenes de un instituto privado. Ellos serán recordados con el eco millonario de sus apellidos. Y nosotros seremos los verdugos de la ira hasta que el paso de los meses borre la repercusión mediática.
   Bajo los párpados mientras el olor a verano llena mis pulmones.

   ¿Qué se esconde detrás de la oscuridad de la certidumbre?

jueves, 30 de marzo de 2017

Ácido.

   Su hermano aprovechó los minutos de receso para acercarse al estrado.
   El rostro de Jimmy permanecía sólido, endurecido debido a una sombría certeza que vestía sus facciones con un peso invisible, corroborando la carga de un alma que se esforzaba por recordar que el ilógico sentido giratorio del mundo era, en último término, tan comprensible y oscuro como la naturaleza humana.
   No obstante, dentro de sus pupilas ennegrecidas por la hambrienta impotencia, de aquel instrumento degollador de toda sensación de victoria, una fría calma acunaba su espíritu gracias a una concienciación vital cuyo fondo era impalpable desde el exterior.
   -Ya tendréis una segunda oportunidad. Una acusación distinta. Las cosas se han puesto difíciles hoy.
   El aludido le dedicó una mirada que se hallaba lejos de la resignación. En su semblante se leía un escozor de profundidad sórdida, casi tenebrosa, y, pese a ello, un gesto de audacia se asomaba a sus labios, los cuales esbozaban una sonrisa dispuesta a desafiar cualquier infortunio. A aplacar la gelidez de la realidad con la ardiente pasión de la vida.
   -Kenneth está comprado. Lo que digamos será insulso, porque el dinero del fiscal resuena en su bolsillo desde hace semanas.
   Norman se quedó pensativo. Había visto a ese joven dar cada segundo de sus días y de sus noches en aras de conseguir resoluciones para cientos de casos, algunos tan moralmente peligrosos que amenazarían la memoria pública y privada durante varios años, y otros que se deslizaban sobre la verdad a defender con la suavidad aceitosa de la mentira. Había presenciado su lucha constante en miles de situaciones duras que helaban las venas con el adverso comportamiento de las personas implicadas. De la conducta de los responsables de dictaminar la voz de la justicia, de los perpetradores o simples sospechosos, y de los cerebros prejuiciosos y las lenguas enfebrecidas que interpretaban según sus propias ideas los reportajes periodísticos de las absoluciones y condenas.
   Sin embargo, una fuerza envuelta en llamas, cargada con el ardor valiente y la lucidez de la sabiduría, se desprendía de los ojos de color jade de Jim, como si el cinismo de la existencia no fuera suficiente para acallar la belleza del caos y su posterior orden.
   Los interrogantes regresaron una vez más a su cabeza mientras intentaba establecer conexiones entre los hechos, anudados a la admiración que sentía por la capacidad analítica de su pariente. ¿Qué clase de ilusión mantenía en pie aquella voluntad de hierro del abogado?
   -Os han tendido una trampa, sí. El juez declarará a favor de esa hiena cobarde-elevó el mentón y hundió la mirada en el rostro que tenía delante, ensimismado en las consecuencias de ver la vida con ilusión o, como tantos preferían denominarla, fiebre maliciosa-.El universo no acaba aquí. Lo sabes mejor que nadie.
   Un haz de elocuencia cruzó la cara del hombre, que escuchaba a su amigo con una magnificencia extinta hacía varias épocas. Haciendo uso de esa humildad perenne que no solo permitía oír las palabras de los demás y responder ante las mismas, sino que también procuraba poner el corazón en la ardua tarea de entender los motivos, sentimientos y actos de los que le rodeaban, aconsejándoles con la claridad y rectitud de una bella ánima de mortal.
   -Tienes razón. No es el fin. Aunque estas puertas se nos han cerrado-suspiró y alzó la vista hacia el reloj que había colgado en el centro de la sala-.La verdad tiene su forma corrupta de actuar.
   Norman le contestó con un ademán de despreocupación, observando con cuánta tranquilidad pronunciaba las frases, dejándolas escapar de modo semejante a un siseo del viento que las hacía carecer de rigidez.
   -Habéis jugado bien. Al menos, mantened la mente limpia.
   -Eso jamás lo dudes. Todos cometemos errores-mientras hablaba de su equipo, las pupilas de Jimmy se agrandaron al darle la mano a las emociones-, pero quienes superan hasta el último detalle de sus fracasos y equivocaciones, se ganan el triunfo-tomó aire y sus párpados se cerraron, dotando a sus rasgos de un aspecto arduo y elegante que recogía la furia de las injusticias y la transmutaba en energía para sobrevivir a través de las hondas aguas del azar-.A pesar de que el planeta nos grite lo contrario.
   En ese instante, la garganta del jurado emitió un sonido de determinación, y los presentes volvieron a sus puestos.
   Su hermano le miró experimentando una satisfacción instintiva. 
   La aceptación, quizá, era el reto de mayor frialdad de la completa existencia. Y ese joven, desde niño, había visto e interiorizado la vida con la precisión y la astucia de un mago.

   -Que el destino os sonría la próxima vez-dijo Norman en un susurro sincero.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Transparencias marítimas.

   El aire salino me roza la cara y cada poro de mi cuerpo se estremece como si jamás hubiera experimentado el significado de la libertad.
   Es cierto que, desde hace seis meses, el sol lleva posándose sobre nuestros hombros e iluminando las olas del infinito horizonte azul que nos protege y devora con una ferocidad abrasadora. Señalándonos el norte antes y después de alcanzar el centro del cielo, y exponiendo ante nuestras viejas miradas de sabios surcadores del océano la belleza de la naturaleza, permitiéndonos adoptar una visión filosófica de la supervivencia humana más cruda que ninguna otra.
   Sin embargo, este amanecer, es la primera vez en las vidas de todos los tripulantes del barco en la que sentimos el placer de la existencia. En el primer día en el cual, aunque las profundidades del infierno añil nos acechan y el viento sopla en la dirección incierta de la suerte, notamos una esperanza recién nacida bajo nuestras costillas.
   Y es que, el misterio se halla en el fondo de nuestras mentes. Quienes, al igual que unas almas vírgenes ante la verdad, nunca han abierto sus sentidos al presente… Hasta ahora.
   Por eso, hoy abrazamos los segundos: 

   Quién sabe qué maravillosas desventuras e intrépidos viajes nos esperan en las lejanas aguas del tiempo, donde pasado y futuro, son uno.

sábado, 4 de marzo de 2017

Evaporación.

   Resulta admirable contemplar la vida desde lejos. Mirarla con los ojos distantes, observando la gran obra que representa en el escenario del mundo.
   Y es que, cuando las personas ignoran que alguien las vigila, entonces algo habla a través del silencio.
   Una fuerza invisible. Una verdad que fluye a destiempo. Un aliento frío y cálido que, cada vez que se produce un contacto entre unos y otros, une o separa caminos. Un hilo que conecta almas y rescata espíritus del vacío en el que los humanos circulamos sin cesar. Que nos empuja en medio del enorme océano de interrogantes en el cual navegamos perdidos, siguiendo el rumbo incierto de nuestras brújulas internas en el remoto descontrol de la soledad.

   Sin embargo, qué espectáculo digno de análisis mostramos a la eternidad.
   Siempre juntos, rodeados de los mismos desconocidos.
   Pero nunca cerca, alejados por el mayor obstáculo de todos.

   El miedo a ser lo que somos.
    


miércoles, 22 de febrero de 2017

Saltando desde las sombras.

Jack extendió el brazo sobre el lomo del automóvil, observando el final de la avenida con la mirada envuelta por un sopor que aún abrazaba sus pensamientos. Los rayos del mediodía se reflejaban en sus dulces ojos color avellana, más brillantes y resistentes que el hirviente fuego del sol, y el calor que descendía desde los cielos neoyorquinos acariciaba su piel nívea como si deseara enfocar sus sentidos en la paz que impregnaba el oxígeno.
Sus labios se abrieron para dejar escapar un suspiro templado, el cual, lejos de los ruidos sordos de las balas y de las llamadas de socorro cruzando las líneas de los walkies policiales, contenía un alivio singularmente esperanzador. La línea de la ley había estado a punto de difuminarse ante sus pupilas, pero esa vieja ilusión de justicia, esa voluntad de hierro que se había atrevido a crecer en su pecho durante años, acababa de convertirse en la salida de emergencia ante un incendio moral colectivo.
El agente del departamento de protección civil posó la mirada sobre el joven mientras analizaba cada poro de su rostro lleno de vitalidad.
—Tyler y tú habéis puesto en peligro a nuestro equipo y a los rehenes que esos criminales tenían apresados. Os habéis saltado las reglas a la ligera y nos habéis desobedecido—se colocó la mano en la cabeza y la hizo caer hasta la frente con una serenidad forzada, empleando una entereza que llevaba largos minutos intentando aclarar su conciencia—.No vais a libraros de un buen castigo, hijo.
Acto seguido una pausa ralentizó el tiempo dentro del coche, y las respiraciones de ambos se coordinaron dentro de una burbuja de aceptación y digestión emocional.
—Siento mucho lo ocurrido. Ty y yo deberíamos habernos quedado en la base, esperando vuestras órdenes—declaró Jack.
Su tutor bajó los párpados y dejó que la situación hablara por sí misma, cediéndole la orientación del diálogo, por una única ocasión en su vida, a la fuerza de los sentimientos.
—Sin embargo, he de reconocer que estaba equivocado contigo, Jackie. Después de que esos tipos escaparan de nuestros guardias, has sabido tomar el control de la situación y devolver la perspectiva al equipo. Has reconducido los acontecimientos con la energía de un héroe y el coraje de un verdadero defensor de la humanidad—una leve sonrisa se dibujó en sobre sus dientes, que quedaron cubiertos por el gesto de afabilidad, caído sobre aquel segundo con la frescura nutritiva de una lluvia en mitad de un terreno desértico—.Enhorabuena, policía Knight.
En ese instante, los latidos del joven se intensificaron hasta cubrir cualquier tipo de duda que en el pasado hubiera resquebrajado sus decisiones, haciéndole recordar sus incontables esfuerzos por solidificar su pasión consagrada al salvamento de las personas. Aquella era la primera vez que el reconocimiento de su padre pronunciaba una estimación tan certera y franca, y su reacción le hizo sentir que los pasos dados hasta ese día no los podría haber comprado ningún otro destino en el mundo, por muy noble que este fuera.
Su boca se ensanchó lo suficiente como para que un rastro de orgullo tiñera el movimiento de sus músculos, y una bondad de atractivo natural y etéreo, recorrió su cara con la amabilidad de la ternura.
—Gracias por ver en mí lo que siempre he querido demostrarte.
El hombre agachó unos milímetros la barbilla, asintiendo de un modo cauteloso aunque firme a la vez que un débil rastro de compunción se apoderaba de su estoicidad motora y espiritual.
—Perdóname si en algún momento he creído que solo buscabas conseguir una placa. No me había parado a pensar cuánto podías desear esto. Esta rutina cargada de amenazas, ilegalidades, riesgos e incluso muertes—dijo honestamente, tocándose el uniforme—.Supongo que traté de evitar que escogieras la misma senda que yo, plagada de memorias tóxicas e imborrables, de cosas que hubiera implorado por no conocer nunca. No obstante, nada te va a detener a la hora de ser auténtico. A la hora de ser tú. Siempre he intuido de corazón que tienes honor de sobra. Y hoy… lo he comprobado en mis huesos, chico—alzó el mentón y se giró hacia la izquierda, dedicándole un gesto de satisfacción al otro adolescente, que se encontraba apoyado sobre el Land Rover del segundo oficial, esperando el veredicto final de su también figura paterna—.El hijo de John y tú merecéis un camino propio. Una oportunidad que os permita cumplir vuestro sueño.
Una deliciosa fortaleza apareció en el semblante de Jack, y levantó la mano para colmar de ánimo a su amigo, el cual se batía en un duelo con su mentor en medio de un campo de batalla visual.
Entonces, mientras las palabras fluían y un par de miradas latentes y sinceras se alternaban en los rostros de ambos, una luz ardiente prendió en el fondo de los ojos marinos de Tyler con una alegría retornada del baúl de las posibilidades perdidas.
—Ha sido una jornada difícil, pero sé que los dos han aprendido mucho acerca del otro. Sea lo que sea lo que hayamos logrado, ellos se han llevado el mejor premio—sus pupilas refulgieron con un destello de dignidad envuelto en una mirada cortés y afectuosa que simbolizaba un respeto casi fraternal—.La reconciliación.
—Parece que rendir cuentas era el deber que tenían pendiente. Salvarse a sí mismos de los errores que les perseguían—colocó la muñeca encima del hombro del chico, acompañándola con un ademán de transparente armonía—.Me alegro de que este incidente haya servido para algo más que para coger a esos bandidos armados.
Jack sonrió con una maravillosa sensación de triunfo invadiendo su cuerpo, rememorando las miles de veces en que las dos familias, pese a las diferencias y a los problemas de cada una, se habían apoyado desde la infancia de él y de Ty.

—Exacto. El mayor trofeo es hallar el propio rumbo. Y la mejor meta, seguir las órdenes del corazón en consonancia con aquellos que creen en ti.


domingo, 19 de febrero de 2017

El arte es la vena por la que fluye y traciende nuestra esencia. Es más que una llama de eterna presencia y calor. Es más que la fría y oscura penumbra del ánima. Es la identidad que nunca cabrá en un cuerpo ni en un espíritu. Es la luz de nuestros sueños y la sombra de nuestras tinieblas. La verdad que habita en lo más profundo de nuestras almas. 
Y por eso, porque en todas sus formas y expresiones es la mayor exploración de la belleza y del caos del universo, de la vida y de la muerte, de la verdad y de la mentira, de los límites de la realidad y de la imaginación, siempre será el mejor invento de los seres humanos.

sábado, 4 de febrero de 2017

Luz en el firmamento.

   El mundo es frío. Los caminos son difíciles de seguir. Las oportunidades llaman solo a algunos timbres. Y, en ocasiones, la suerte nos tiende la mano una sola vez en la vida.
   Sin embargo, hay algo que permanece vivo y que brilla siempre en el cielo de cada espíritu, en esa ciudad estrellada en la que la fantasía y la realidad se enlazan y donde todo es posible. Alli, pese a las complicaciones, a las caídas y a los deseos rotos, a los años de esfuerzo y a la falta de aliento, a las ilusiones y a las esperanzas perdidas, al dolor y a la frustración, a la impotencia y a las derrotas, al peso del pasado y a la incertidumbre del futuro, los sueños están ahí: renacen en la oscuridad como supernovas en el cosmos, volando a través de las dimensiones del espacio y del tiempo con una gravedad propia, y encienden una a una las células de nuestra alma hasta despertar la esencia propia que nos hace únicos, imperfectos y humanos. De ese modo, la verdad y la identidad de los que nos atrevemos a plasmar, a construir, a romper, y a componer, queda grabada en el alma, y el deseo de liberar los secretos sobre un lienzo, un pentagrama, una página en blanco, o un gesto, se materializa en las decisiones que tomamos y en las sendas que dibuja el destino en el mapa de la existencia. 
   Sí, La La Land resulta fascinante a causa de su maravillosa banda sonora, de las espectaculares actuaciones de Ryan Gosling y Emma Stone, y de su embriagadora puesta en escena. No obstante, la película va mucho más allá de una sencilla mirada a la historia cultural y de unos pasos de baile ensayados a la perfección. Es una exploración anímica, personal y colectiva a la vez, que realza la figura de los adultos que no han dejado atrás sus jóvenes ilusiones y que luchan por lo que quieren conseguir, al precio que sea y ante las adversidades que se presenten. Las bellísimas referencias al cine clásico, a las grandes obras del arte que decoran la sociedad de forma internacional, unidas a las escenas rodadas en los lugares más emblemáticos y fantásticos de la cuna de los artistas, así como a las canciones, al dinamismo del guión y a la versatilidad y magníficencia de cada momento filmado, con una fotografía exquisita, llena de color y delicada, recrean en el espectador una completa ficción en la que adentrarse introspectivamente y reflexionar acerca de la gravedad de las opciones, el refulgir de la suerte, el poder del amor y de la amistad, la potencia del talento, y la importancia de mantener prendida la pasión… Al aceptar a unas posibilidades y renunciar a otras.  
   Por lo tanto, ese conjunto de acciones que los personajes llevan a cabo, las cuales, envueltas en un halo de sensibilidad y realismo a la par, nos recuerdan que jamás debemos dejar de ser quienes somos. Que hemos de continuar creando nuevos universos. Y que, hasta el último minuto, lo esencial es disfrutar de las cosas más sencillas. De esas que provienen del corazón y que nos convierten en los artistas que se esconden debajo de nuestra piel, aquellos que poseen mayor o menor talento, que disponen de una enorme o escasa fortuna, que ofrecen reverencias ante aplausos y/o salas vacías, pero que nunca se dan por vencidos.

   Y es que, este increíble film, obra de arte desde cualquier ángulo, no es únicamente una pieza maestra de la filmografía moderna, sino que también está dispuesta a hacerse un hueco en la memoria del público de manera grácil, melancólica, y dulce, mientras nos susurra un hecho que solemos olvidar: si creemos en los sueños, aunque quizá no lleguen a hacerse realidad, seremos un poco más felices. Porque después de todo, con cada nota, con cada letra, con cada pincelada, con cada melodía… Le regalamos al mundo una huella de nosotros mismos. De pura magia.


domingo, 29 de enero de 2017

Las desventuras de un gorrión.

   Las cosas siempre ocurren por algún motivo. O eso dicen en todas las leyendas. Pero, en ocasiones, resulta difícil averiguar por qué la vida pone a alguien en medio de una situación. De pronto, las nubes cubren el pasado, disfrazándolo de una certeza irreal, y un nuevo presente se abre paso hasta esa criatura humana, convirtiendo en polvo sus recuerdos y plagando sus sueños con una niebla gélida. Entonces, cuando esa persona no tiene ni la menor idea de cómo ha ido a parar a semejante encrucijada de caminos, la única opción es encontrar el modo de salir vivo de ese laberinto de interrogantes sin respuesta.
Y aquello fue lo que le sucedió a Milo Stuart, un jovencito inteligente y de gran avidez que, a causa de las afiladas facciones y la mirada jovial que había heredado de su madre, también era apodado gorrión de parte de sus fieles y perversos compañeros, quienes disfrutaban caricaturizando sus rasgos cada vez que se cruzaban con él. Este niño, tras una historia de tenebrosos hechos y sentimientos dentro del centro de menores que le perseguía como una segunda sombra, llevaba no escasos años a espera de que unos fabulosos padres albergaran la intención de adoptarle, suplicando para sí mismo que las humillaciones de los cuidadores y del resto de alumnos cesaran al hallarse a kilómetros de allí. Y, mágicamente, su ilusión se vio cumplida muy pronto… Pero todo hechizo tiene un precio, y dado que las circunstancias giran y giran hasta que consiguen desubicar el sentido de la pertenencia e incluso el de la identidad, el pajarito no logró volar demasiado alto en su primera oportunidad de ser libre.
 Justo un mes después de que los Harrison, un matrimonio inglés de mediana clase social que no podía tener hijos, firmara los papeles legales y le sacara de aquel infierno infantil, la mujer a la que se estaba acostumbrando a llamar mamá, cayó de nuevo enferma a causa de un cáncer pulmonar, y, en menos de tres semanas, la esposa del señor de acento siseante y modales amables falleció en su propia casa. Ante esta traumática y dolorosa pérdida, la labor parental de Edward Harrison se vio afectada por una fuerte depresión; de modo que, al igual que si el universo hubiera escuchado las plegarias silenciosas del niño, en vez de ser reclutado de vuelta a la institución por los servicios sociales, Stuart se mudó un soleado lunes al seno de una familia de raíces nobles que habitaba en la zona norte de Gran Bretaña. Sin embargo, a diferencia de la anterior pareja, que había deseado de todo corazón acoger a un huérfano bajo sus alas protectoras, las mellizas Sullivan no buscaban calidez humana, sino un paquete de billetes que llevar al banco cada mes gracias a la recompensa gubernamental que ofrecían las políticas sociales frente a las necesidades básicas infantiles.
De esta forma, con solo diez años, tanto en los hogares en los que había pasado una fracción de su vida como en el mismo orfanato, el dulce Milo gastó tiempo más que de sobra en conocer el sabor del abandono, la ambición, el egoísmo, y la tristeza. Ese conjunto de emociones se arremolinaba en su pecho hasta el punto de asfixiarle al igual que una serpiente durante algunas noches de invierno, esas en las que la soledad apretaba sus sienes y el frío le provocaba temblores por su cuerpo semidesnudo, que se hallaba vestido únicamente con un viejo pijama agujereado por las ratas del desván. En esos momentos en los que regresaban a su cabeza imágenes de sus hermanos, quienes fueron enviados a distintos centros apenas terminaron la educación preescolar, el joven intentaba escapar del eco de su estómago hambriento y del estruendo de la lluvia chocando contra las tejas de la estrecha habitación, la cual carecía de ventanas y permanecía sumida en las sombras ya hubiera sol o luna en el cielo. No obstante, pese a viajar a través de su memoria cada vez que las hermanas decidían encerrarlo a causa de su comportamiento indebido (aquello que ellas traducían como una actitud de excesiva cortesía y colaboración), tras volver a abrir los ojos, la realidad engullía sus ilusiones al igual que un monstruo a la espera de tragar un banquete de deseos inertes. Y en esos minutos, las lágrimas acudían a sus ojitos castaños con la potencia de una catarata recién nacida.
Pero esa serie de infortunios, aunque él no lo supiera, lejos de ablandar su conciencia, irían fortaleciendo poco a poco su alma y robusteciendo sus habilidades de resistencia mental, convirtiéndole, según los meses corrieran, en un blanco de fácil disparo y de arduo derribamiento.
Así que, tras las duras experiencias acumuladas, dos años más tarde, las preguntas dejaron de rondar dentro de su cerebro para ser sustituidas por afirmaciones que contestaban a un solo propósito: huir de las circunstancias. Y una noche oscura, de embravecidos vientos y densas tinieblas, cansado de los abusos de aquel par de malvadas féminas codiciosas y del malestar físico que le producían las sobras diarias, que constituían su fundamental plato de alimento, optó por trazar una estrategia de escape. Con ayuda de unas antiguas tijeras que había robado de la buhardilla mientras las dueñas del chalet salían a recibir el regalo de bienvenida de una vecina del pueblo (la bella y arrogante Margaret, quien había avisado el día anterior que realizaría una visita y cuyo propósito era exhibir sus dotes de cocina en los pasteles que donaba a toda la comunidad), consiguió abrir la tapa del desagüe del cuarto de baño. Ese segundo de gloria fue, con gran seguridad, el que desencadenó el mayor hilo de dudas y premoniciones peligrosas en la conciencia de Milo Stuart. Pero, a veces, lo único necesario para saltar al abismo, es recordar que un movimiento preciso resulta suficiente para desatar las consecuencias, sean cuales sean. Y entonces, como si el destino pusiera a prueba la capacidad de decisión de nuestro pajarito, el claxon del marido de Ms. Wilson despertó su mente aletargada, y antes de que pudiera oír a las mellizas despedirse de la señorita, el niño introdujo su cuerpo en el canal y se dejó empujar por la gravedad hasta tocar la pringosa materia de las cloacas subterráneas. Fue después, una vez que sus pies aterrizaron encima de los restos orgánicos y que el hedor nauseabundo invadió sus fosas nasales, cuando el jovencito, a millas de respirar el olor fétido de las cloacas, hubiera afirmado a cualquier periodista que acababa de encontrar la esencia de la redención.
Tras haber relatado estos eventos, quizá muchos, en un intento por poneros en la piel del gorrión, hubierais optado por continuar en aquella casa, donde al menos había alimentos (aunque estuvieran podridos o caducados) y un colchón sobre el que dormir (o en el que fingir que se descansaba bajo la atenta mirada de los ratones que regentaban la casa, los cuales eran verdaderos sicarios de las patronas). No obstante, unos pocos valientes, al igual que el delicado e intrépido pájaro, habríais dado los veintiún gramos de vuestra alma por salir de aquella cárcel y contemplarla arder desde fuera.
Porque lo cierto es, que pese a que el pequeño descendiente de los Stuart no logró que dejaran de existir las brujas y los ogros que habían cuidado de él a lo largo de los años (detalle que le hubiera causado una tranquilidad moral, puesto que sabía que quienes infringen dolor a los demás sin motivo alguno no son buenas personas que merezcan una vida de prosperidad y alegría), sí consiguió perderlos de vista después de semanas corriendo hacia el otro lado del país, donde, finalmente, construyó un camino de relativa dicha al lado de unos pastores que lo acogieron junto a su hijo Nathaniel, quien tenía su misma edad y pronto entablaría una amistad de oro con él.
Pero, a pesar de las calamidades que inundaban su pasado, nuestro heroico niño guardó el rencor en un rincón de su cabeza, reduciéndolo a una consternación que fue suavizándose con el tiempo y el cariño de sus semejantes, transformándose, de esa manera, en una fuerte sensación de desafío a sí mismo que en un futuro le permitiría perdonarles. Y hasta el último de sus días, el pequeño huérfano siempre tuvo un pensamiento de gratitud dedicado a los Harrison, junto a quienes nunca dejaría de imaginar el futuro que podrían haber dibujado los acontecimientos de no haberse interpuesto la muerte de por medio.

Sin embargo, aunque las situaciones lleven a las personas a los límites de su entereza, la senda de la verdad solo toma una dirección. Y esa es la que los hombres se atreven a tomar para revivir sus esperanzas. Por la que escogen luchar ante cualquier coste, con tal de hallar una gota de amor humano. Al igual que el joven Milo Stuart nos enseñará cada vez que su historia se repita en nuestras mentes.


viernes, 20 de enero de 2017

Reconquista.

   El vacío me devuelve la mirada con un aliento cálido, cargado con la contaminación del pasado y el frío de los fantasmas que deambulan dentro de mis pensamientos. Y un viento inconstante y violento me aleja del glorioso mañana en el que deseo sepultar los anhelos que una vez, durante la guerra que asoló mi alma, se rompieron. 
   No obstante, aunque el tacto gélido del pasado provoca que mis huesos tiemblen como si los dientes de un diablo perforaran mis venas, en un instante de belleza latente, algo empuja mi cuerpo hacia el fondo de la brecha que rompe la tierra en islas de ceniza flotantes sobre un mar de luces y tinieblas. 
   Doy un paso al frente y me permito descender. 
   En ese minuto, el tiempo se difumina. No existe nada más allá de la fuerza que sostiene mi cuerpo en el aire, ayudándolo a caer en el océano habitado por la oscuridad y el resplandor de los espíritus. En ese lugar, en el origen de la vida y de la muerte, la libertad de los seres trasciende cualquier dimensión. El peligro se disipa en las gotas saladas que abrazan el aire con la humedad de la paz. Y ninguna sombra eclipsa el calor de la claridad que desprenden las futuras ensoñaciones, sino que conviven bajo el mismo cielo nocturno.
   Entonces, a medida que mi corazón disminuye sus pulsaciones según me aproximo a las profundidades de ese mar calmado donde se hallan enterradas millones de ilusiones, una ola de serenidad ahoga mis pulmones hasta provocar que renazca con la débil respiración de la supervivencia latiendo en todos los rincones de mi ánima.
   En ese segundo, abro los ojos y recuerdo el propósito del rescate.
   Dentro de ese cementerio de esperanzas, hogar de miles de ancianas aspiraciones e incubador de desconocidas y prósperas posibilidades, he de inhumar los deseos que se convirtieron en quimeras en el pasado, en el ayer aún ensordecedor que, como buen defensor de la resistencia, grita en medio de un silencio que congela las vértebras. 
   Inundo mi figura debajo del terreno coralino y la lucha por encontrar el camino de regreso hacia mi identidad finaliza. 

   En ese momento sé que, un minuto después, el ascenso a la realidad significará una batalla interior en la que el coraje conseguirá coronar mis nuevos sueños con la bandera de la redención. 


martes, 10 de enero de 2017

La llama azul.

   En este despertar, el fuego de los astros enciende de nuevo la tierra desde los cielos. La bóveda celeste refleja el color dorado sobre las nubes que pasean encima de las dunas, y el calor impregna otro día más nuestras almas, nutriéndolas con la incertidumbre del mañana en medio de un desierto donde la única regla es la supervivencia.
   Me destapo y escucho atentamente el sonido del viento, el cual silba alrededor de la arena como si la invitara a iniciar un baile bajo la impasible mirada del sol. 
   De alguna manera sé, que aunque no logremos pisar los terrenos persas, la sed y la dureza del viaje estarán compensadas por la belleza del paraíso que llevamos cruzando hace casi tres meses. Y algún amanecer, los esfuerzos por mantenernos a salvo nos conducirán a ese oasis en el camino de la vida, al centro de la famosa fábula que recitan los silencios, aquella en la que prima el peligro de la naturaleza y de la moral humana… las dos fuentes de esperanza y devastación que gobiernan cualquier pueblo del mundo.
   Entonces, mientras acuden a mí recuerdos de la infancia, de la pobreza reinando en las calles londinenses y del momento en que decidí emprender la ruta dictada por mi corazón, una mano se posa en mi hombro, y rápidamente abandono los pensamientos acerca de la salvación guiada por el hombre, de la capacidad de sanación con la que nuestro ser debe haber nacido para ayudar a los otros y a sí mismo.
   -La mujer española. Necesita que le supervises la fiebre.
   La voz de Sebb se recoge en apenas un susurro, y su semblante me revela la confianza que deposita en mis acciones, en una metodología que, en estos días, puede condenarse en no pocos países empleando la pena de muerte.
   Me deslizo hacia mi mochila y abro su bolsillo inferior para recoger un puñado de semillas amarillentas que provienen de mis ancianos terrenos ingleses. Las oculto mediante las largas capas ocres que cubren mi cintura y nos aproximamos a la pequeña tienda de la damisela sin que el resto de compañeros, aún dominados por el sueño, reparen en nosotros. 
   En ese instante, al descubrir la tela de la entrada y ver el rostro de la joven por segunda vez, siento que cualquier técnica y conocimiento que me haga conseguir mantenerla alejada de las garras de la enfermedad, por prohibido que esté por la humanidad o por los dioses, tendrá completa justificación.
    -Trae un cuenco con líquido-digo en un susurro-.Conviene que se tome esto lo antes posible.
   Sebb aparece unos segundos más tarde frente a nosotros y me tiende el objeto tras haber arrojado unas gotas de agua en él. Le doy las gracias con un asentimiento de la cabeza y hago caer las semillas dentro, moviéndolo en círculos mientras me acerco a la desconocida con el pulso ascendiendo a gran velocidad. 
   -Te levantaré levemente de forma que puedas tragar, ¿de acuerdo? Has de beber esto cada mañana-acaricio su mentón y la incorporo unos grados para que el remedio caiga por su garganta, asegurándome de que las plantas alcanzan su estómago-.A pesar de que los guardias no me permitirán entrar aquí, conseguiré hacerte llegar el remedio antes de que salga el sol.
   Pongo una palma encima de su pecho y otra en su frente, evaluando su temperatura corporal e intentando concebir algún signo de la línea opuesta a la vitalidad, de un destello de frialdad. Sin embargo, no percibo nada más allá del débil pulso de su órgano vital, y suelto un suspiro de alivio a la vez que arranco un trozo del vestido que cubre sus piernas y lo sumerjo en un barreño de agua cálida que tiene al lado de sus pies.
   -Vas a vivir. No tengas miedo. Cuidaré de ti hasta que lleguemos al este-coloco la prenda sobre la parte superior de sus cejas y espero unos segundos a que sus párpados se muevan bajo un halo de cansancio y gratitud que ni todas las palabras de los libros habrían posibilitado verbalizar-.Te prometo que te encontrarás mejor dentro de unas semanas.  
   Justo en ese minuto, sus ojos, de un azul tan celestial como el aliento del mar, se posan en mi amigo con una satisfacción amistosa, y después enfocan los míos depositando en ellos una pasión llena de amabilidad y un respeto que parece desprenderse de una fuente de ilusión eterna.
   -Gracias. De verdad.
   Unos bostezos en el exterior de la tienda nos recuerdan que hemos de proseguir nuestros deberes, y Sebb y yo nos vemos forzados a salir del diminuto hogar de la dama antes de que los guías descubran que estamos realizando labores que infringen la ley.
   Tapo su figura con una de las telas que visto y regreso al centro del desierto mientras la candidez de sus facciones se perpetúan en mi memoria.


   Si mis manos me lo permiten, voy a salvarla. A ella y a muchos más. Cueste lo que cueste.