jueves, 8 de diciembre de 2016

TESTIGO OCULAR.

El tipo se echó el cabello hacia atrás con un gesto de extenuación.
Hubiera dado su vida por ella.
Desde el primer segundo en que la mirada impulsiva y sensual de aquella muchacha se había cruzado con la suya, tan solo seis meses antes de que las investigaciones comenzaran, el mundo se había transformado en un resbaladizo laberinto en el que cualquier camino conducía a ese tesoro prohibido. A esa joven de alma sucia y piel cálida que había absorbido las resistencias de su mente con oscuras ambiciones escondidas en los labios y deseos impuros en su espíritu.
El hombre se apoyó en el reposacabezas y posó los ojos en la foto que se hallaba enganchada en el espejo del coche. En la imagen, un rostro femenino de apenas diecisiete años, que poseía la gracia de los ángeles y la lascivia del demonio, sonreía al objetivo sin vergüenza.
Tragó saliva y sintió cómo el corazón bombeaba ferozmente el líquido de sus arterias, empujando los glóbulos rojos con la llama de la desidia. Ese fuego le recordaba un dolor que sobrepasaba cualquier dimensión de su ser, y le hacía precipitarse hacia un pasado dulce, malsano y vacío, forzándole a revivir unas noches intoxicadas por la gracia de una obsesión.
Sin embargo, no había vuelta atrás.
Podía sentir en la nuca el aliento ávido y desesperado de los comisarios del pueblo. Aproximándose a sus huellas cada vez con más fervor y sigilo.
El antiguo soldado contuvo el aire dentro de sus pulmones, ansiando que explotaran y le libraran de un tormento que le perseguiría hasta la tumba. Y depositó todo el odio que fue capaz en su propia persona a la vez que se limpiaba las manos, todavía enrojecidas, en la chaqueta.
Por el bien de ambos, había sido una obligación del destino someter la voluntad de los dos a la fuerza del olvido.
Arrancó el motor del vehículo y, con un sudor frío bañando su columna vertebral, clavó las pupilas una última vez sobre la figura que colgaba de la cuerda sujeta al exterior de la fábrica. El cabello castaño de la adolescente aún permanecía teñido con la sangre que había resbalado de su cuello, y su figura exánime se balanceaba débilmente bajo la luna creciente.

El jefe del FBI presionó el acelerador y desapareció del condado mientras el amor se disolvía en los pasos del ayer.



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