martes, 29 de noviembre de 2016

El hogar del sol naciente.

   Las imágenes nítidas de una mujer descuartizada en una antigua cabaña palpitaban entre los recuerdos atroces de su memoria.
   El hombre alzó la barbilla y dejó que un amanecer sangriento acariciara sus facciones peligrosamente frías, las cuales estaban perfiladas por la insensibilidad de un dios terrenal y la voluntad de un viejo amo del averno.

   En mitad del cielo, la luz de un sol abrasador volvía a bañar el valle haciendo uso del aliento amenazador del diablo. El aire proveniente del sur era intenso y feroz, engendrado en las llamas invisibles de un infierno próximo, y el calor acariciaba el desierto intentando evaporar cualquier señal de vida, deshaciendo con abyección la más mínima expectativa de libertad.
   El zapato del desconocido se elevó para tomar impulso e impactó de nuevo en la nuca de la figura que yacía encima de la hierba, extendiendo un eco doloroso en la quietud irreal de aquel área fantasmal. La vegetación se mantenía hidratada gracias a un pequeño río rojo, el cual descendía del cuerpo inconsciente hasta llegar al borde del precipicio desde donde se divisaba la zona oeste, y el liquido que supuraba de las heridas del cadáver se adentraba en la tierra como si deseara huir a una oscuridad en la que hallar la paz antes de desintegrarse bajo los rayos calcinadores del despertar del mundo.
   El vaquero colocó los dedos en la punta de su sombrero y, mientras posaba la mirada sobre el pecho del varón, observando su carencia de movimiento con los ojos embriagados en un endemoniado coraje que desprendía sabor a vileza, lo arrastró unos centímetros sobre su cabello rubio cenizo. El gesto fue seguido de un hundimiento de la bota en las costillas de la presa, y ello provocó que su propio contorno se deslizara hasta una posición de elegancia que ofrecía la imagen de una silueta empapada por la temeraria satisfacción que solo la determinación de una conciencia incapaz de sentir humanidad puede experimentar. 
   En ese momento, el aspecto del hombre, vestido con un traje de tela marrón y una chaqueta de tonalidad similar al fondo negro e intoxicado de su alma, se transformó en una sombra, y quedó expuesta ante las pupilas de una divinidad inexistente más allá de la atmósfera.
   El ejecutor apretó los labios y miró al frente con el rostro cargado de una hostilidad cuyas raíces habían nacido de la venganza, en un insondable, embravecido y oscuro carácter que emanaba estremecedoramente de sus huesos, y permitió que la acidez de una infancia rota inundara su boca y le trasladara a tiempos remotos que se encontraban calados de rabia y perturbación.
   Sin embargo, sabía que nadie se atrevería a detenerle. Ni siquiera bajo el reflejo de la luna y el arrope de las estrellas, cuando las tinieblas favorecían las oportunidades de victoria de los débiles, alguien tendría valor para disparar una bala en el centro de su cabeza. Permanecería condenado a ejercer el castigo eterno sobre los culpables, a llevar a la realidad el último propósito que habían cobrado sus días, y no habría escapatoria de su destino, el que los sucesos habían forjado para él una hermosa tarde de verano varias décadas atrás.
   Justo en el instante en que un mar de sangre femenina empezaba a corroer su mente, el viejo cowboy empujó al contrincante hacia el vacío, y según sus miembros se acercaron la trituración dentro del torrente de agua que circulaba en el paso inferior, el asesino se deleitó con la incesante caída, la cual fue acompañada por el sonido sordo del deseo de la muerte.
   Unos segundos después, los párpados del vaquero cayeron encima de sus pestañas inferiores mediante un movimiento sumido en la calma.
   No. Aún no había corrido suficiente sangre a través del cañón como para devolver la dignidad al nombre de su hermana…

   Pero los vivos estaban por morir.



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