lunes, 17 de octubre de 2016

Humanizando las mentes.

   ¿Qué podemos alegar frente a la crudeza que se presenta ante nuestros ojos? Lo cierto es que solemos ignorar que las personas no están determinadas por sus circunstancias. Que la identidad de cualquier habitante del mundo no representa la suerte que ha forjado su destino. Que nadie debe ser discriminado por su color de piel, su lugar de nacimiento, o sus ideales. 
   ¿Por qué? La respuesta es simple: es el coraje de cada ser humano y su capacidad de mantener viva la esperanza y de luchar por una existencia digna lo que realmente dicta a gritos cuán de grande es el corazón de ese luchador. Y cuando se trata de la supervivencia, de lo que motiva a la gente para arriesgarlo todo con el fin de apostar por un futuro que devuelva el esfuerzo y cese de dilatar el dolor de los recuerdos, no importa de qué país proceda alguien, qué aspecto que tenga, o en qué religión crea. 
   El derecho a la vida es la primera ley de este planeta, o al menos, la que debería fomentarse en cualquier rincón del mismo. Pero en estas sociedades estamos preocupados por las dificultades más próximas que nos afectan de forma individual, por aquello que amenaza nuestra comodidad cotidiana o que tiene repercusión directa en nuestro entorno y en las relaciones de mayor cercanía que mantenemos. Sin embargo, no vemos más allá de la línea que separa a los desconocidos de nosotros. No miramos al resto de la población y a los problemas globales con la comprensión necesaria, sino que apagamos la televisión para no ver las desgracias ajenas y no digerir la miseria que asola la Tierra en los lugares pobres y en los de mediana riqueza o alto capitalismo. 
   Porque sí, la oscuridad va transformando las cosas con el paso del tiempo, y a estas alturas, hay caos en unos y otros sitios. En los primeros mencionados, los de menor riqueza, debido a la falta de recursos, las guerras, y los conflictos sociales. Y en los segundos, porque gran parte de los gobiernos están denegando las ayudas, prohibiendo la entrada a las personas que huyen de la muerte, y convirtiendo a niños y adultos en números que solo ocupan terreno, despojándolos así de su elemento personal y humano, reduciendo la realidad a las cenizas de un pasado repleto de batallas del que nada se ha aprendido excepto el desarrollo tecnológico y armamentístico.
   A día de hoy, llos ciudadanos no nos ponemos en el cuerpo ni la mente de ningún inmigrante para no obligarnos a sentir la tristeza, la vergüenza y la aflicción que conllevaría aceptar nuestros actos e ideas insensibilizadas fuera de la teoría. No obstante, frente a esta situación, todavía queda una pizca de ilusión gracias a hombres y mujeres que hacen posible la evolución humana y que, en el más real de los sentidos, nos demuestran que aún no es tarde para promover el entendimiento y la solidaridad. Porque extender una mano amiga a otro no significa ser mejor que él, no impica estar por encima de esa persona, sino que nos informa de la igualdad, del mismo esqueleto que nos une y el mismo alma que compartimos. 

   En conclusión, solo nos queda recordar algo. El secreto que subyace al universo está dentro de nosotros, en la realidad que nos rodea. Y es que todos somos habitantes del mundo. Todos somos todos. Y ayudar a los demás significa volver a la esencia de nuestra especie y derrocar la empatía que se perdió en los mares del egoísmo y la ambición. Los que ahogaron las raíces de la bondad y el amor que quizá aún podamos recuperar y sembrar...
   Astral: Gracias por esta dosis de realidad, de verdad y de humanidad. 


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