jueves, 20 de octubre de 2016

Un monstruo viene a verme: Crítica.

   Unos la considerarán una obra de arte, otros simplemente un film más entre tantos. 
   Para mí, esta historia basada en el libro de Patrick Ness significa que el espíritu luchador del niño que llevamos dentro aún continúa vivo, y que cualquier cosa puede hacerse realidad si aceptamos la identidad que portamos en los huesos y en el alma, si somos capaces de comprender que la magia proviene de la creencia en uno mismo, en las circunstancias y en los demás, y que la sinceridad de los deseos puros mantienen libre la esperanza en nuestro interior.
   En esta ocasión, Bayona vuelve a meterse al espectador en el bolsillo gracias al tercer proyecto que dirige. Recreando una narración acerca de la valentía, el honor, el dolor, y la conciencia, logra hacer una película que sumerge a la persona que está en la butaca en una ola de metáforas e imaginación que pone los pelos de punta, construyendo una película detallista que ama los silencios, las miradas, las voces y las emociones implícitas, y que invita a una reflexión no solo sobre las acciones y los pensamientos de la sociedad, sino que también ofrece un viaje introspectivo hacia uno mismo. De este modo, el cineasta nos hace sentirnos en el lugar del personaje principal, Conor, y permite que empaticemos con él y el resto del elenco de una forma maravillosa, dejando así una vía abierta para responder a nuestras propias cuestiones existenciales y descubrir, a la vez que los sucesos avanzan en la pantalla, quiénes somos en realidad.
   La banda sonora se ajusta a la perfección a la vitalidad y al sufrimiento expuestos en el guión. Fernando Velázquez tiene ese don especial para convertir las melodías en historias con presencia que se deslizan de una manera espectacular junto a los vídeos y la fotografía, esta última pulida de un modo más que preciso y sentimental, y generar, sensacionalmente, una huella en el público, obligándolo a no retirar los ojos del proyector y bañándolo en un mar de ilusiones y promesas que dilatan sus pupilas segundo a segundo.
   Además de los aspectos técnicos, el film está compañado por un reparto de lujo formado por artistas de gran calibre como Sigourney Weaver o Felicity Jones, que dan lo mejor de sí en sus papeles. No obstante, pese a sus buenos trabajos, en este ámbito conviene resaltar la fantástica aportación de Liam Neeson en el papel del monstruo, quien aterroriza, enternece, mentoriza y revive la esencia de las antiguas leyendas de los cuentos mediante una magistral voz que transporta a un universo donde las decisiones son caminos labrados por la autodeterminación y la fe.
   Pero el verdadero protagonista de esta historia es Lewis Macdougall. Este chico escocés es el secreto que se esconde dentro de la película, el corazón que bombea el cuento y el héroe que logra fundir su propia sangre con el personaje que interpreta, haciendo de la ficción un mundo tan real y tangible como el que se extiende ante el espectador.
   Y es que, detrás del guión, de la música y de los efectos especiales, que son un regalo para la vista y el oído, el mayor acierto del film ha sido escoger a este joven de catorce años para darle vida a O’Malley. Este reto lo consigue brillando con luz propia en cada escena de la película, transmitiendo los sentimientos de Conor con una transparencia verdaderamente bella, en el sentido más amplio, certero y humano de la palabra, y autorizando con una coordinación minuciosa que el personaje fluya a través de sus gestos y de sus palabras gracias a una sensibilidad sobrenatural, sin apenas sacrificio. El pequeño y grandioso actor muestra un poder magnífico y sencillo, un talento admirable desde cualquier ángulo, estableciendo así una conexión directa con el público al tomar un contacto tan profundo con el hijo de Lizzie, que entrega lo más hondo de su persona cuando los focos están puestos sobre él. Lewis exhibe su alma envuelta en un halo de dulzura y fuerza que se mezclan en un huracán de carisma infinito hasta el final del largometraje, y permanece sólido y vulnerable cada vez que sus ojos hablan por él.
   Este trabajo sublime a manos de alguien que protagoniza por primera vez una cinta es la maravilla oculta que emerge de las luces y las sombras del protagonista, esas que conviven en el interior de todos los humanos y que nos revelan qué perseguimos en la vida y cómo superar los momentos de mayor dureza, y que, mágicamente, transforman al joven, como bien han expresado sus compañeros de reparto, en el tesoro que es dentro y fuera del set de rodaje.
   En conclusión, esta nueva película, que añade un toque diferente a la novela de la que extrae los elementos y el carácter del cuento, considero que es una historia para adultos y niños, una fábula que nos enseña la importancia del coraje y de la búsqueda de la redención. Una relato que nos abre las puertas de un mundo en el que el bien y el mal, esos blancos y negros que siempre hemos temido y ansiado encontrar, no están definidos, y en el que los grises, en mayor o menor medida, habitan en el corazón de todas las personas.
   Lo siento J, pero esta vez, vuestro proyecto no merece un premio. Merece tantos como sueños ha despertado en el público.
   Enhorabuena.


lunes, 17 de octubre de 2016

Humanizando las mentes.

   ¿Qué podemos alegar frente a la crudeza que se presenta ante nuestros ojos? Lo cierto es que solemos ignorar que las personas no están determinadas por sus circunstancias. Que la identidad de cualquier habitante del mundo no representa la suerte que ha forjado su destino. Que nadie debe ser discriminado por su color de piel, su lugar de nacimiento, o sus ideales. 
   ¿Por qué? La respuesta es simple: es el coraje de cada ser humano y su capacidad de mantener viva la esperanza y de luchar por una existencia digna lo que realmente dicta a gritos cuán de grande es el corazón de ese luchador. Y cuando se trata de la supervivencia, de lo que motiva a la gente para arriesgarlo todo con el fin de apostar por un futuro que devuelva el esfuerzo y cese de dilatar el dolor de los recuerdos, no importa de qué país proceda alguien, qué aspecto que tenga, o en qué religión crea. 
   El derecho a la vida es la primera ley de este planeta, o al menos, la que debería fomentarse en cualquier rincón del mismo. Pero en estas sociedades estamos preocupados por las dificultades más próximas que nos afectan de forma individual, por aquello que amenaza nuestra comodidad cotidiana o que tiene repercusión directa en nuestro entorno y en las relaciones de mayor cercanía que mantenemos. Sin embargo, no vemos más allá de la línea que separa a los desconocidos de nosotros. No miramos al resto de la población y a los problemas globales con la comprensión necesaria, sino que apagamos la televisión para no ver las desgracias ajenas y no digerir la miseria que asola la Tierra en los lugares pobres y en los de mediana riqueza o alto capitalismo. 
   Porque sí, la oscuridad va transformando las cosas con el paso del tiempo, y a estas alturas, hay caos en unos y otros sitios. En los primeros mencionados, los de menor riqueza, debido a la falta de recursos, las guerras, y los conflictos sociales. Y en los segundos, porque gran parte de los gobiernos están denegando las ayudas, prohibiendo la entrada a las personas que huyen de la muerte, y convirtiendo a niños y adultos en números que solo ocupan terreno, despojándolos así de su elemento personal y humano, reduciendo la realidad a las cenizas de un pasado repleto de batallas del que nada se ha aprendido excepto el desarrollo tecnológico y armamentístico.
   A día de hoy, llos ciudadanos no nos ponemos en el cuerpo ni la mente de ningún inmigrante para no obligarnos a sentir la tristeza, la vergüenza y la aflicción que conllevaría aceptar nuestros actos e ideas insensibilizadas fuera de la teoría. No obstante, frente a esta situación, todavía queda una pizca de ilusión gracias a hombres y mujeres que hacen posible la evolución humana y que, en el más real de los sentidos, nos demuestran que aún no es tarde para promover el entendimiento y la solidaridad. Porque extender una mano amiga a otro no significa ser mejor que él, no impica estar por encima de esa persona, sino que nos informa de la igualdad, del mismo esqueleto que nos une y el mismo alma que compartimos. 

   En conclusión, solo nos queda recordar algo. El secreto que subyace al universo está dentro de nosotros, en la realidad que nos rodea. Y es que todos somos habitantes del mundo. Todos somos todos. Y ayudar a los demás significa volver a la esencia de nuestra especie y derrocar la empatía que se perdió en los mares del egoísmo y la ambición. Los que ahogaron las raíces de la bondad y el amor que quizá aún podamos recuperar y sembrar...
   Astral: Gracias por esta dosis de realidad, de verdad y de humanidad.