miércoles, 10 de agosto de 2016

Alma y piel.

  Busco las llaves en la habitación de Sara, cansada de registrar cada metro cuadrado de la casa y no encontrar nada. 
   De pronto, un pequeño cuadro en la mesita de noche provoca que mis ojos se enrojezcan y regresen a una melancolía embebida en recuerdos alegres. Me quedo contemplando la imagen, en la que mis hermanos, mamá, y yo rodeamos con los brazos a mi padre mientras el mar nos empapa, deslizando las aguas sobre los turistas que pasean en la costa mediterránea. Y noto cómo mi pecho arde en llamas prendidas por la nostalgia. 
   Poso el dedo en la fotografía y acaricio el rostro inmóvil de nuestro héroe paterno, que continúa congelado en un segundo de ternura, días antes de la llamada a filas y de la gran explosión. En ese momento cuando aún todo era posible, incluso la felicidad eterna.
   Una lágrima rueda por mi mejilla, y me encuentro sonriendo al verme reflejada en el espejo que hay colgado en la pared. Han pasado tres años desde el último viaje que hicimos juntos, pero resulta humanamente increíble cómo soy capaz de sentir el calor de su corazón siempre que observo las estrellas al anochecer. Sé que él sigue a nuestro lado, guiándonos hacia los sueños que nos convertirán en mujeres y hombres felices. Y solo soy capaz de darle las gracias al mirar en dirección al espacio, desde donde camina con nosotros.
   Envuelvo el marco con mis brazos y vuelvo a mi cuarto con el ayer balanceándose en mis párpados.

   Quienes están unidos hasta el final, lo sienten en cada latido.

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