domingo, 21 de agosto de 2016

Somnolencia.

   El chico presionó de nuevo sus oídos con un nerviosismo que traspasaba los límites de la cordura infantil, escurriéndose entre las imágenes que danzaban en su cabeza como marionetas al servicio de un diablillo. Segundos después, levantó la vista y la duda se reflejó en sus facciones aniñadas, aún hermosas pese al terror que había tomado el control de su espíritu. Mostrando un gesto de alivio esporádico, se acurrucó en una esquina de la casa con la mirada perdida en el ayer, intentando rescatar recuerdos y seres humanos que solo él había conocido y de los que nunca podría hablar a nadie, porque al mundo no le interesaba el pasado de los demás. Era inútil nombrar a los muertos cuando los adultos solo creían en las propias experiencias. La mayoría de las veces, el silencio era quien escuchaba la verdad que se ocultaba detrás de toda historia. Y la suya moraría para siempre dentro de aquella mansión.
   A pesar de las sombras que engullían la habitación, una estela de luz traspasó la persiana del cuarto y alcanzó a posarse sobre el pequeño rostro de Cristian, iluminando su ojo izquierdo, cuyo color azul luchaba por sobrevivir a la histeria rojiza que casi impedía su visión. Alrededor de sus pupilas, las venas estaban monstruosamente hinchadas, y los párpados parecían teñidos de oscuridad, alimentados por un pánico que batallaba contra el tiempo en una encarnizada guerra por vencer la fatiga. Durante esas noches de verano, las altas temperaturas no impedían que el frío se incrustara en sus costillas, en la armadura que rodeaba su preciada bomba de vida, y las fuerzas para continuar alerta empezaban a escasear. Mantenerse despierto implicaba concentración, pero el sueño era tan intenso aquel día que las extremidades le temblaban y le costaba moverse sin que los mareos le encadenaran al suelo con cuerdas invisibles forjadas por el miedo. Respiró profundamente y se tumbó sobre la alfombra, estallando en estornudos debido al polvo que cubría los muebles. Su voz se estaba apagando, y el líquido de sus arterias pronto se detendría en el interior de sus órganos. Entonces quizá abriera los ojos en un lugar al que Ellos no lograran viajar, y tal vez pudiera reencontrarse con su familia allí donde las manos espectrales no tuvieran permitido penetrar.
   El niño sintió un escalofrío y dejó que su pulso descendiera hasta quedarse prácticamente inmóvil. La palidez que destacaba sus rasgos delgados se pronunciaba al aproximarse a sus labios, y tendido sobre aquellas tierras malditas, en el segundo hogar de unos persecutores de ánimas, la muerte le arrastraba de un modo lento y silencioso hacia sus fauces mientras la esencia de su alma expiraba de su pecho. Sin embargo, la remota posibilidad de despertar en un reino en el que esas gélidas garras fantasmales no le arrancaran el corazón, hizo que se hundiera en un profundo letargo con un suspiro de redención.

   Dulces sueños, soldado de acero.



viernes, 12 de agosto de 2016

Crítica de Escuadrón suicida.

   Cuando escuché que la próxima película de DC estaría a cargo del directo de Fury, pensé que un nuevo campo de fortuna se abría para el universo de Gotham. Pero la ciudad gótica, lejos de ser contemplada en todo el esplendor de su oscuridad, se reduce en este film a una simple sombra, a un segundo plano que no conecta con su verdadera misión: elevar la crueldad y las competencias de los criminales mientras mantiene el tono lóbrego digno del hogar del caballero de la noche.
   ¿Y por qué sucede esto? Comenzando por el guión, el desarrollo de la historia se realiza a golpes, sobretodo al principio, de una forma un tanto precipitada dado que la duración real de la película era mucho mayor. No obstante, David Ayer decide recortar partes distintas para darle cabida al proyecto en una cinta comercial de dos horas que se venda a un público más enfocado en la adaptación artística que en cómo transcurren y finalizan los acontecimientos. 
   Relacionándolo con esto es importante resaltar, a mi modo de ver, que se ha intentado renovar la perspectiva del cine de superhéroes, mezclando la tenebrosidad y seriedad del mundo de Bruce Wayne junto con la mordacidad, el humor y el sarcasmo que suele aparecer en la presentación de otros personajes más cercanos a Marvel (aunque también encontramos de este estilo en la propia cadena). Pero la combinación, que en cierta medida es acertada, se ve distorsionada por varias escenas que se han conservado pese a su banalidad, y que son un contrapeso para la dureza del murciélago. Y es que, su bien es cierto que Batman no aparece demasiado, seguimos hablando del lugar en el que los villanos reinan y la muerte persigue a las personas, por lo que esa esencia debería haberse respetado mejor en varios aspectos. 
    La introducción de los personajes, además de ser desequilibrada, no permite que los conozcamos como se merecen. Obviamente no se pueden incluir grabaciones de todos en la misma proporción, mas me ha faltado que muchos de ellos sean explotados con esplendor. De unos solo se llega a mencionar el nombre, de otros podrían haberse exprimido sus historias mejor, y a unos últimos se les ha dado protagonismo en la película, como a Encantadora, cuando su destino no habría sido ese de haber montado un proyecto minucioso. De cualquier manera, es delicioso que algunos actores hayan sido seleccionados con precisión y esmero, ajustándose de verdad a sus habilidades dramáticas y realizando interpretaciones sublimes:
   Diablo es espectacular. La llama que enciende el horror que está presente en el espíritu de humanos y meta-humanos, el fuego que prende esas esperanzas reducidas casi a cenizas porque el dolor no proviene del exterior, si no del alma, del resentimiento y el rencor hacia su persona. Esa tenebrosidad, ese abismo en el interior de uno mismo que tanto caracteriza a DC se logra ver en él. Hasta que no alcance la propia redención, el mundo seguirá juzgándole con ojos sombríos, recordándole sus errores, y Jay Hernández le aporta determinación, carisma y fuerza suficientes, haciendo de este hombre una bestia letal con un gran corazón. Lástima que le asignarán un final tan pobre.
   Harley es la campeona del año. Desde su primera escena, Margot Robbie ya consigue inundar la pantalla y captar la atención del espectador. Es extremadamente divertida y mortífera, y lidera a las personas con elegancia porque sabe leer sus apetencias. Cuando está dentro del escuadrón, su mente enferma brilla con luz propia. A pesar de ser letal, debajo de su espectacular belleza y de sus habilidades circenses se esconde una joven muy humana que analiza el universo desde una perspectiva llena de cordura, astucia e inteligencia. Esa locura tan característica, que proviene de la pasión que siente hacia ese gángster psicótico y sensual conocido como el príncipe del caos, es consecuencia de lo único que no ha conseguido en su vida, que ha sido la capacidad de controlar su corazón y sus sentimientos. Y esa es su mayor fortaleza. Es decir, sus dudas y sus miedos, el amor que domina su alma, lejos de transformar a la doctora Quinzel en un personaje débil, la convierte en Harley Quinn, una mujer resistente que sabe sortear las adversidades y defender a sus compañeros de cualquier monstruosidad del mundo. De ese mundo que le ha enseñado la cara oscura de la vida que los observa a todos con recelo, devolviéndoles su reflejo y recalcándoles que, en la sociedad, la misericordia solo está al alcance de aquellos cuyo espíritu no es la sombra del mal. Pero incluso tras creer haber perdido a J y regresar a la cárcel, su sentido del humor y su fuerza innata no desaparecen, si no que le hacen comprender y aceptar la verdad de su historia. Volviéndola una heroína que puede salvarse a sí misma y a sus amigos de la crueldad de los verdaderos villanos. Y esa esencia indomable que la mantiene con los pies en la tierra convierten a esta acróbata mordaz en alguien que será leyenda.
   Amanda Waller es uno de los puntos extra. Viola Davis se mete en la piel de una mujer sin escrúpulos, dispuesta a pagar cualquier precio para saciar su ambición y gobernar la voluntad de los demás a su antojo. Se mimetiza con el personaje a la perfección, y su actuación es increíblemente buena, como ya nos tiene acostumbrados.
   Deadshot. El sicario que solo falla un disparo si el amor o la amistad se interponen entre el arma y el objetivo. Will Smith le transmite todo lo que necesita el personaje: sentido de la justicia, valentía, honor y mucho sentimiento, y a la vez una gran dosis de humor, socarronería y arrogancia. Dos estilos en los que este grandioso actor se desenvuelve a la maravilla y que encajan creando una mezcla muy acertada.
   El coronel Rick Flag también es un símbolo del valor y la fuerza moral. Está bien perfilado y sus escenas están logradas. No obstante, aunque él sí muestra sus sentimientos, aunque deja entrever al público la necesidad de proteger a la chica de la que está enamorado, por el contrario, Cara Delevigne, que interpreta a la Encantadora, no le añade absolutamente nada a June, convirtiendo los momentos de ambos en algo vacío e insípido.
   ¿Y… El Joker? 
   Después de todas las escalofriantes y célebres interpretaciones que se han hecho de este espeluznante hombre, era una exigencia que Jared supiera enseñarnos las atrocidades más oscuras de Mister J y que honrara la memoria de Ledger y de sus antecesores. Y así ha sido. Leto, pese a sus escasas escenas, se transforma en un personaje muy diferente a sus anteriores papeles y consigue sacar de él una faceta sobrecogedoramente enferma y despiadada, que invade sin permiso la pantalla del cine, sumiendo a quienes le observan en un estupor fantasmal, violento, e incluso obsesivamente atrayente. Esta vez nos hallamos frente a un payaso que sabe cómo manejar Gotham con un solo truco, con un único chasquido de dedos, con un mafioso de las tinieblas. Es un tipo calculador, agresivo y ambicioso, tan sanguinario como controlador. Y su carácter paranoide e insano está perfectamente reproducido en sus ojos, que son un huracán de locura y lascivia. Sin embargo, su increíble potencial se ve reducido a unos minutos, a flashbacks que deberían incorporarse a un film aparte o a un corto extendido, porque han revelado en el set que hay mucho material grabado y que han utilizado lo mínimo para la película. De modo que la relación entre él y Harley está explorada de una forma superficial e intermitente, con saltos bruscos y apenas contenido, y sus escenas indíviduales están contadas. Así que solo queda esperar que se emplee lo que ya está filmado en otra producción. 
   En resumen, el film se ha centrado en la manera en que el escuadrón se forma y en cómo alcanzan los villanos su final abriéndose paso entre unas batallas que, se mire desde donde se mire, no aportan un caos real a la historia, una motivación a la altura de las circunstancias. No obstante, a pesar del giro que han optado por tomar los productores, hay elementos y personas más que salvables en esta cinta debido a aspectos artísticos, fotográficos, musicales e interpretativos. No voy a negar que me hubiera emocionado oír a Jared en la banda sonora, pero varias canciones han sido elecciones buenas y generosas tanto por el material como por los artistas, aunque otras se han desligado bastante del aire oscuro, o al menos satírico, de la idea original.
   Como opinión general, Escuadrón suicida es entretenida y veloz. Un aperitivo sabroso del enorme proyecto que se esperaba por muchos y que se ha quedado en una cinta divertida, con sorpresas magníficas que agradarán a unos y disgustarán a otros fanáticos, y una ventana hacia nuevos y viejos personajes que marcarán un antes y un después gracias a los actores que les dan vida.

   Sea de la forma que sea, a veces los héroes que conquistan nuestro corazón son los descendientes del mal. Y quizá en el infierno de nuestras mentes, siempre haya hueco para el amor incondicional por los monstruos humanos.


miércoles, 10 de agosto de 2016

Alma y piel.

  Busco las llaves en la habitación de Sara, cansada de registrar cada metro cuadrado de la casa y no encontrar nada. 
   De pronto, un pequeño cuadro en la mesita de noche provoca que mis ojos se enrojezcan y regresen a una melancolía embebida en recuerdos alegres. Me quedo contemplando la imagen, en la que mis hermanos, mamá, y yo rodeamos con los brazos a mi padre mientras el mar nos empapa, deslizando las aguas sobre los turistas que pasean en la costa mediterránea. Y noto cómo mi pecho arde en llamas prendidas por la nostalgia. 
   Poso el dedo en la fotografía y acaricio el rostro inmóvil de nuestro héroe paterno, que continúa congelado en un segundo de ternura, días antes de la llamada a filas y de la gran explosión. En ese momento cuando aún todo era posible, incluso la felicidad eterna.
   Una lágrima rueda por mi mejilla, y me encuentro sonriendo al verme reflejada en el espejo que hay colgado en la pared. Han pasado tres años desde el último viaje que hicimos juntos, pero resulta humanamente increíble cómo soy capaz de sentir el calor de su corazón siempre que observo las estrellas al anochecer. Sé que él sigue a nuestro lado, guiándonos hacia los sueños que nos convertirán en mujeres y hombres felices. Y solo soy capaz de darle las gracias al mirar en dirección al espacio, desde donde camina con nosotros.
   Envuelvo el marco con mis brazos y vuelvo a mi cuarto con el ayer balanceándose en mis párpados.

   Quienes están unidos hasta el final, lo sienten en cada latido.