sábado, 23 de julio de 2016

Luna llena.

Abro los párpados y la oscuridad de la bóveda celeste me sumerge en una esfera de silencio. Los cielos del color del fondo marino envuelven el valle con la belleza de la quietud y, aunque el viento duerme durante la medianoche, tan solo escucho el eco de mi respiración, serena y cálida como una fuente de equilibrio vital, frente al río que desciende de las montañas.
Aproximo los pies hacia la orilla y el agua me devuelve la imagen que deseo ver desde hace mucho tiempo, más del que ningún guerrero de nuestra legión  pueda recordar. Poso la mirada en esas ondas nocturnas, y unos ojos me observan inmersos en una claridad que nunca ha estado antes en mi rostro. Una luz baña mis pupilas y las enciende con un brillo que sé que procede de las llamas de la sangre, la cual siento que ahora circula dotada de una libertad infinita. Pero reconozco algo diferente moviéndose a través de mis arterias. Una ráfaga de alivio que se desplaza con una fuerza inagotable, una antorcha de paz que late dentro de mi corazón del mismo modo que si la redención me hubiera alcanzado en el interior del más dulce de mis sueños humanos.
Entonces, mientras el reflejo muestra un espíritu que se balancea en las aguas, sonrío y una satisfacción acuna mi alma. Por primera vez en años, noto que la espada pesa demasiado en mi cinturón. Tiro el conjunto a las profundidades del río y lo contemplo desaparecer lentamente entre la negrura.
No necesito armas para defenderme ni para saber quién soy. Un luchador conquista sus temores con la esperanza de superarse a sí mismo, de vencer a los demonios que infunden el miedo al mañana. Alguien que deja que sus ilusiones no mueran sean cuales sean las cicatrices que decoren su piel o el dolor que haya sido maestro en el pasado.
Nadie detendrá los pasos de un espíritu valiente. 


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