lunes, 6 de junio de 2016

Rastro invisible.

   La imagen desoladora de un distrito abandonado aparece ante mí pese a la ínfima claridad que el cielo cede al cementerio de automóviles. El agua lame mis botas en medio de un vacío sonoro mientras camino a través de la espesa humedad que flota en el aire, que me envuelve en un perfume de corrupción. Quiero ubicarme, mas la niebla es demasiado densa al final del túnel, y no consigo distinguir quién o qué se esconde al otro lado, donde cientos de neumáticos y kilos de chatarra moran en ese sucio rincón del Estado.
   Apoyo la cabeza encima de la pared y agudizo el oído. Apenas deben separarnos unos pasos. Casi puedo oler el miedo de ese criminal.
   Tras un segundo, su respiración entrecortada derroca el silencio y unos pasos resuenan sobre las montañas de piezas metálicas. En ese instante, mi corazón se acelera y salgo corriendo hacia el exterior. La nube helada aún envuelve el lugar, y sólo alcanzo a ver a lo lejos una sombra que escala una pila de coches.
   Cargo la pistola y aprieto el gatillo en su dirección, absorto en mi propia rabia. Un momento después, el viento me devuelve un chillido ahogado y oigo el cuerpo caer desde lo alto de la colina. Me aproximo rápidamente y, cuando mis ojos observan la figura que yace en el suelo, suelto un grito de horror que me desgarra las cuerdas vocales y conquista mi voz con un alarido de desesperación. 
   En un intento por atrapar a aquel delincuente, había disparado a la persona que debía proteger de él, a quien solo estaba huyendo de las fauces del mal.
   Recorro con la mirada la herida que abre su pecho hasta alcanzar su semblante. El pequeño Thomas acaba de expirar el último aliento, y la sangre todavía conserva el calor bajo ese rostro dulce, decorado con pecas de chocolate que convierten su cara en el semblante de un ángel caído.
   Las lágrimas brotan de mis pestañas y me inclino encima de él para decirle adiós, sintiendo un peso en el alma que vivirá conmigo hasta el fin de mis días. Beso su frente y abandono el distrito mientras la oscuridad comienza a cernirse sobre la ciudad.

   Según la luz desaparece, me prometo algo a mí mismo: Tarde o temprano enterraré los huesos de ese fugitivo. La muerte de un inocente no será invisible a la justicia. Será el precio a pagar durante los años en los que la placa de policía continúe bordada en mi uniforme.



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