domingo, 19 de junio de 2016

La cumbre escarlata (1.1): Sir Thomas Sharpe.

Edith contempló la figura del apuesto hombre que se reflejaba en el espejo. Desde la entrada de la habitación se apreciaba una silueta esbelta que quedaba atrapada por la oscuridad de la mansión y, gracias al baño de luz invernal que traspasaba las ventanas del torreón, solo era visible su rostro, cuyas facciones resultaban tan perversamente arrebatadoras como el más hermoso de los pecados del demonio.
El joven dio un paso al frente y su sombra acompañó el movimiento con una majestuosidad sublime, conduciendo el gesto con una magnificencia física que excedía las limitaciones de la raza humana y concediéndole una esencia excelsa en el reino de los mortales. Sus labios finos permanecían sellados, inmóviles delante del vidrio que le devolvía la mirada de consternación de ella, y su piel pálida, que parecía guardar el secreto virgen de un príncipe espectral, contrastaba con sus cabellos brunos, brillantes como hilos del color del zafiro que embellecían sus facciones delgadas.  
De las pestañas de la dama resbaló una lágrima y, mientras le observaba, no pudo evitar recordar la primera vez en que sus manos acariciaron las suyas, cuando en el mundo aún había fuego suficiente como para encender una llama en el pecho de dos seres humanos y prender las tinieblas sin temer a la fuerza del pasado. Pero, en ese instante, se hallaban lejos del calor de la música y del romanticismo del vals de aquella noche. La verdad ardía en los profundos ojos oceánicos del caballero, donde desde hacía décadas moraban la tenebrosidad y el horror de los crímenes, ocultos bajo unas pupilas que camuflaban el dolor y la compunción con la ayuda de un semblante maravillosamente pulido por una elegancia gótica que eclipsaba los sentidos y una firmeza tatuada en el alma con la sangre de personas inocentes.
Edith bajó la mirada, perdida en los pasos de un baile que no se repetiría nunca en las dimensiones de aquel universo, y se retiró a la entrada de la casa en busca de una bocanada de oxígeno que limpiara sus órganos de un amor misterioso al que no le quedaban segundos de vida. El camino que permitía salvar las ilusiones ya no era viable, y la realidad le oprimía los huesos, reduciendo los sentimientos a la simple melancolía de la nostalgia.
Según la damisela abandonó el cuarto, los párpados del hombre se movieron, siguiendo el recorrido de sus pasos a través de las zonas de penumbra que las maderas del techo dibujaban en el hogar. Y, entonces, una voz suave y triste, envuelta en un acento de perfectas raíces inglesas, emanó de la garganta del aristócrata y silenció los silbidos del viento, convirtiendo las palabras en susurros que la oscuridad veneraba.
—Lo siento.




lunes, 13 de junio de 2016

Entrevista para El Diario de La Rioja acerca de La voz de las sombras y la escritura.
Por Sergio Jiménez.

http://blogs.larioja.com/entre-paginas/2016/06/13/maria-iglesias-pantaleon-la-obra-de-cada-artista-nace-de-sus-entranas-y-guarda-una-parte-de-su-vivacidad/

lunes, 6 de junio de 2016

Rastro invisible.

   La imagen desoladora de un distrito abandonado aparece ante mí pese a la ínfima claridad que el cielo cede al cementerio de automóviles. El agua lame mis botas en medio de un vacío sonoro mientras camino a través de la espesa humedad que flota en el aire, que me envuelve en un perfume de corrupción. Quiero ubicarme, mas la niebla es demasiado densa al final del túnel, y no consigo distinguir quién o qué se esconde al otro lado, donde cientos de neumáticos y kilos de chatarra moran en ese sucio rincón del Estado.
   Apoyo la cabeza encima de la pared y agudizo el oído. Apenas deben separarnos unos pasos. Casi puedo oler el miedo de ese criminal.
   Tras un segundo, su respiración entrecortada derroca el silencio y unos pasos resuenan sobre las montañas de piezas metálicas. En ese instante, mi corazón se acelera y salgo corriendo hacia el exterior. La nube helada aún envuelve el lugar, y sólo alcanzo a ver a lo lejos una sombra que escala una pila de coches.
   Cargo la pistola y aprieto el gatillo en su dirección, absorto en mi propia rabia. Un momento después, el viento me devuelve un chillido ahogado y oigo el cuerpo caer desde lo alto de la colina. Me aproximo rápidamente y, cuando mis ojos observan la figura que yace en el suelo, suelto un grito de horror que me desgarra las cuerdas vocales y conquista mi voz con un alarido de desesperación. 
   En un intento por atrapar a aquel delincuente, había disparado a la persona que debía proteger de él, a quien solo estaba huyendo de las fauces del mal.
   Recorro con la mirada la herida que abre su pecho hasta alcanzar su semblante. El pequeño Thomas acaba de expirar el último aliento, y la sangre todavía conserva el calor bajo ese rostro dulce, decorado con pecas de chocolate que convierten su cara en el semblante de un ángel caído.
   Las lágrimas brotan de mis pestañas y me inclino encima de él para decirle adiós, sintiendo un peso en el alma que vivirá conmigo hasta el fin de mis días. Beso su frente y abandono el distrito mientras la oscuridad comienza a cernirse sobre la ciudad.

   Según la luz desaparece, me prometo algo a mí mismo: Tarde o temprano enterraré los huesos de ese fugitivo. La muerte de un inocente no será invisible a la justicia. Será el precio a pagar durante los años en los que la placa de policía continúe bordada en mi uniforme.