sábado, 23 de abril de 2016

El zafiro.

   Elevé la barbilla hacia el cielo mientras la brisa nocturna me acariciaba la piel con la serenidad de una madrugada virgen. Cientos de estrellas tintineaban desde el otro lado del cosmos, relatando cuentos de ilusiones. Su brillo bañaba la oscuridad que mecía la pequeña ciudad, pero la luz que transmitían se desviaba de las zonas donde reinaban las voces para pasear a través de las calles desiertas y los campos donde habitaban las criaturas más humanas.
   Dejé que el viento jugara con mi melena y entretejiera unos cuantos sueños en el firmamento al soplar sobre lo alto de aquella colina. Allí sentado, lejos de casa, observando los astros y las almas de los espíritus que se hallaban a millones de kilómetros, me encontraba en mi verdadero hogar, en un rincón del planeta donde la tierra hablaba con los hombres y los niños que se atrevían a escuchar sus secretos.
   Cerré los párpados y el sonido de las hojas vibrando en el interior del bosque
me susurró que él estaba esperándome. Cogí la mochila y me encaminé por un laberinto de árboles que proyectaban sombras fantasmales y figuras de espectros en la hierba, y después de varios minutos sin contemplar el queso gigante que gobernaba la bóveda celeste, la luna apareció reflejada en un riachuelo lleno de piedras de colores fosforescentes que se transparentaban bajo el agua. Sumergí la mano en la suave corriente y agarré una añil cuyos rayos no se diferenciaban de los de un zafiro recién pulido. Él siempre ponía el corazón en aquello que tocaban sus diminutos dedos de duende. 
   En ese instante, algo me hizo cosquillas en mis pies desnudos, rozándome con una ternura que no logré transformar en palabras. Al mirar hacia el fondo del río, unos ojos azules envueltos en una nube de timidez, se toparon con los míos, convirtiendo su rubor en una mezcla de entusiamo y jovialidad. 
   Sonreí al ser, que temblaba de emoción a la vez que chapoteaba en el arroyo.
   -A partir de hoy, te nombro el mejor limador de gemas de Rumonhyr. ¡Tu talento es una maravilla! 
   La criatura me enseñó una hilera de dientes increíblemente blancos empleando un gesto conmovedor, casi embebido en el halago, y se le encendieron las mejillas.
   Sujeté la piedra ante la luz de mi linterna y observé la lágrima que daba vueltas en su interior, girando en un octaedro sin salida. Debía bastar con aquel tesoro para ayudar a mi hermano a recuperar la salud y restablecer su equilibrio. Si esa gota salada que navegaba dentro de sus paredes oscuras contenía propiedades curativas y había sido derramada por alguien de voluntad pura, Ash saldría del coma y volvería a casa con nosotros. 
   -Muchas gracias, amigo. Dudo que algún día pueda pagarte esto, pero cuando regrese, traeré dulces para ti y tus vecinos.
   El duendecillo escaló hacia el puño de mi sudadera y froté mi nariz con la suya. No conseguimos reprimir una carcajada, y la armonía de nuestras risa rompió el frío del otoño. Le deposité en la rama de un hayedo y sentí sus pupilas vigilar mis pasos hasta que me perdí entre la negrura de las siluetas arbóreas.
   Años más tarde me daría cuenta de que el acto de mayor nobleza es aquel que alguien lleva a cabo para salvar a otro... Algo que solo concede una amistad tallada con el corazón.

   


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