domingo, 17 de abril de 2016

Chocolate negro.

   -Sigues siendo bienvenido aquí. No he dejado de quererte ningún día desde que abandonaste la aldea.
   Mis labios sonrieron sin llegar a curvarse, sumidos en una melancolía que se había cruzado en nuestro camino muchas veces.

   -Papá, tú quieres a todo el mundo.
   Aquello no era una apreciación personal, simplemente la verdad. Mi padre tenía los ojos llenos de bondad, y en ellos se asomaba la ilusión de un niño que se negaba a aceptar la crueldad del mundo, la voluntad de un hombre cuya debilidad podía ser su mayor virtud. Si Damian odiaba a alguien, también le amaba. Su corazón no permitía que solo la oscuridad anidara dentro de él. La generosidad de aquel hombre siempre había brillado por encima de los gestos de maldad de conocidos y extraños, y aquel secreto dormiría por siempre en sus pestañas.
   -Solo a quienes me importan.
   Moví la cabeza. Allí estaba de nuevo su gran sentido de la humanidad.
   -No puedo quedarme en el pueblo. Tenéis que empezar una nueva vida sin mí ahora que has encontrado a Hailee. Paul y Ashton necesitan disfrutar de esta etapa a solas. Hace años que desean una figura materna a su lado, y es mejor que disfruten junto a vosotros lo que les queda de infancia.
   -Hijo, las cosas no han cambiado tanto. Continúas teniendo un lugar en la familia aunque tu madre ya no esté.
   -No voy a poneros en peligro. Apenas he pisado el país y ya siento cientos de ojos detrás de mi sombra. Será cuestión de semanas que algún agente repare en una imagen filtrada, un vídeo o cualquier pista que alguien haya vendido a la policía para conseguir dinero-miré fijamente el horizonte, donde la oscuridad reinaba en medio de un silencioso mar de interrogantes-.Si las tropas se enteraran de que nací en esta casa, os arrebatarían todo lo que tenéis.
   Su semblante adquirió una luminosidad casi celestial. La misma que había observado tantas veces en el pasado, cuando aún se permitía a la gente de color vivir ejerciendo el uso de sus derechos y libertades.
   -Piensa que, hagan lo que hagan, no os arrebatarán la dignidad. Pero recuerda, ni tus hermanos ni yo te apreciaremos menos solo porque el estado crea que debéis ser desterrados. Siempre puedes contar con nosotros. No importa en qué lugar del mundo estés.
   Mis pupilas brillaron, húmedas a causa del frescor nocturno, aunque dentro de mi pecho una presión seguía ahogándome las venas, instándome a correr. A huir hasta que las circunstancias fueran otras y la justicia volviera transformarse en una realidad y no en una utopía más que añadir a la lista de sueños caducados.
   -Gracias. Me marcharé al amanecer. Diles a los chicos que nos veremos pronto. Y que nunca dejen que nadie les diga que no pueden lograr algo.
   Mi padre subió los peldaños en dirección al salón. Pese a haber pasado varios años, aún llevaba puesto el perfume dulzón que recordaba a un cóctel de aromas tropicales, ese que le encantaba a mamá.
   -Lo haré. Buen viaje, chico.

   Mientras las estrellas tintineaban en el cielo, cerré los ojos e imaginé despertar en un universo donde la igualdad existiera. 


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