lunes, 4 de enero de 2016

Luces y leyendas.

   -Cuéntanos lo que sepas.
   El joven pelirrojo se frotó la barbilla con un gesto aparentemente pensativo, casi desprovisto de energía, pero sus ojos se encendieron como si en ellos ardiera la mismísima llama de la curiosidad. La que jamás se apaga en los hombres cuya alma sobrevive incendiada por la avidez de explorar el mundo.
   -Una vez oí hablar de ellos a un joven éldico. A alguien que había vivido muchas vidas y atravesado muchos reinos. Tantos, que no creeríais una sola de sus palabras si las repitiera ante vosotros-tomó una bocanada de aire y su pecho se infló no solo de oxígeno, sino también de una emoción que sus labios intentaban negar frente a los forasteros-.Dicen que cuando la noche deja de ser oscura para convertirse en un mar de sombras tan negras como el corazón de los demonios, que cuando el brillo de las estrellas es camuflado por la niebla que emerge de las entrañas de la tierra y los árboles de los bosques alzan sus ramas hacia el cielo, proyectando el color de las tinieblas sobre el suelo… aparecen. Según los viajeros que han cruzado el norte hasta llegar a las colinas del otro lado del gran pantano, estos buscadores de ánimas son criaturas únicas. Espíritus diminutos que prestan su ayuda a los hombres buenos que reconocen sus errores. Seres invisibles que alumbran el camino a los humanos que se han desprendido de la esperanza, a quienes los obstáculos del pasado les han impedido guiarse con el corazón y ni siquiera distinguen el brillo del sol de la hechizante luz de la luna, porque sus pupilas han quedado cegadas por los fracasos que el tiempo ha tejido en sus experiencias.
   El menor del grupo posó el puño en la barra, colérico.
   -Si es cierto que esos monstruos están de parte de nosotros, ¿qué sucede con los cazadores que llevan años ahí fuera? ¿Por qué no regresan? ¿No los han encontrado? ¡Necesitamos averiguar su paradero!
   El posadero se llevó un dedo a la boca rogando un silencio que aconteciera al secreto. Su semblante no cambió la expresión perspicaz.
   -En el caso de que caballeros de este calibre, cuya nobleza se ha extraviado y cuya vanidad resulta impalpable, se aventuren en las montañas de Yll, los buscadores se encargan de llevarlos de regreso a sus casas e iluminar la ruta que deben seguir. Sin embargo, cuando aquellos que se adentran en el bosque no poseen un alma pura, estos entes ordenan a los astros de la bóveda celeste que se apaguen y los visitantes nunca logran volver a sus hogares ni alcanzar las ciudades próximas. Ni avanzan ni retornan con sus familias. La noche se convierte en un laberinto en el que no hay salida, y la desolación producida por la oscuridad absorbe su cordura hasta volverlos locos, convirtiéndolos en marionetas que pronuncian sílabas incoherentes, ajenas al lenguaje de las personas.
   La mirada del mediano, el más robusto de los tres hombres, se tornó gélida. Sus compañeros rápidamente se enzarzaron en una lucha por debatir la existencia de los seres mágicos, pero las arrugas que se hallaban tatuadas en los párpados de ese anciano susurraban que las dudas no le permitirían dormir durante varias madrugadas.
   -¿Cómo puede asegurarnos que lo que cuenta es real?
   Los hermanos observaron al joven con cierta pedancia, preocupados. Este no pestañeó. Se limitó a mirarles de la misma forma en que un ilusionista pasea los ojos sobre la audiencia. Con astuta elegancia.

   -No puedo. Y eso es justamente lo que hace que sea verdad-sonrió de la manera más atractiva posible, sin mostrar los dientes, y en sus labios pudieron leer una satisfacción tan misteriosa como las leyendas que inundaban la comarca de hechos inexplicables y héroes desaparecidos-.¿Acaso creeríais a un hombre que dice haber visto todo?


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