jueves, 31 de diciembre de 2015

Escribir es derramarnos en el papel. Es convertirnos en tinta y crear. Sobretodo crear. Dejar que la imaginación y la pureza de la vida que fluye dentro de nuestras venas cobre vida también a través de las narraciones, fuera de nosotros. Pero eso es algo que solo entienden los que sienten más allá de lo superficial, los que leen la profundidad de las experiencias, y los que ven en las palabras mundos por descubrir.
Yo soy de los que creen que merece la pena perderse y encontrarse mil veces entre versos y líneas. Porque somos los sueños que hacemos realidad. 
Feliz año 2016. 
Feliz búsqueda de nuevas esperanzas.


miércoles, 9 de diciembre de 2015

El beso de buenas noches.

   Un cuarto de luna brillaba en lo alto de la bóveda celeste, acunada por el suave viento que mecía los árboles. Las nubes se habían retirado a dormir en algún otro cielo, y las estrellas iluminaban la carretera amablemente, sin pedir a cambio palabras que endulzaran más su belleza.
   El hombre agarró el saco que cargaba a la espalda con la mano derecha mientras silbaba de manera distraída. Tenía ambas palmas enrojecidas debido al peso y la piel llena de manchas oscuras, pero su atención estaba puesta en el horizonte, donde una línea unía el color zafiro de la noche con el camino asfaltado que pisaban.
   Sus ojos se posaron en el niño que seguía sus pasos.
   -¿Tienes hambre, Hans? Han pasado dos horas desde que cenaste.
   El crío inclinó la cabeza y metió los dedos en el bolsillo del pantalón de su hermano mayor hasta encontrar una chocolatina. Una extraña expresión de alivio se adueñó del rostro del adulto durante unas milésimas de segundo para después retomar su gesto jovial.
   -¿Sabes a qué jugábamos tus tíos y yo cuando visitábamos la vieja casa del bosque de nuestro padre?
   El pequeño pronunció un <> carente de sonido.
   -Por aquellos tiempos tú aún no habías nacido. Él siempre guardaba las cajas de dulces que sus vecinos le regalaban a finales de otoño, durante la época en que los campamentos de scouts volvían al pueblo. En las vacaciones de invierno, cuando mamá nos enviaba a su hogar, papá nos ofrecía cada noche los caramelos a cambio de que todos participáramos en un juego por parejas. Lo llamaba <>, y consistía en averiguar quiénes éramos. Únicamente había dos reglas. La primera era que, habiendo elegido un nombre ficticio, teníamos que disfrazarnos y entrar en su habitación, la cual estaba en penumbra, y adivinar en menos de un minuto qué persona se encontraba en el cuarto sin quitarnos el pañuelo que nos impedía ver, solo tocando al otro. La segunda, que sucediera lo que sucediera, no podíamos ni gritar ni susurrar, porque si no, el jugador al que retábamos reconocería nuestra voz y nos vencería al darse cuenta antes de nuestra verdadera identidad.
   El chico le escuchaba con curiosidad, esperando un desenlace.
   -No obstante, una vez habíamos cerrado la puerta de la habitación, la pesadilla comenzaba. Uno a uno. Semana tras semana. Si éramos tan astutos como para saber a quién correspondía el aliento del otro, interpretando con agudeza el ritmo de su respiración o comprendiendo el lenguaje de los latidos de su corazón, que era lo único que oíamos, estábamos salvados. Pero si el tiempo nos alcanzaba o encuentra pareja era más hábil que nosotros, papá nos llevaba a la choza del bosque cuando el reloj marcaba la medianoche, y no veíamos la luz del sol hasta el amanecer, cuando se había fatigado tras estar tantas horas dentro del cuerpo del niño que había perdido la partida.
   Una ráfaga de aire sopló en dirección al oeste, revolviendo el cabello de Hansel.
   -Decía que le seducía nuestra inocencia. Pobre diablo.
   Los dos se desviaron por una ruta repleta de arbustos, cuyas sombras proyectaban figuras fantásticas en el suelo cubierto de hojas secas, y en pocos minutos aparecieron en un claro donde la luz lunar iluminaba la tierra.
   -Aunque no lo creas, tienes suerte. Quien quiera que desde ahí arriba decidiera que no debías hablar, te hizo un favor. Confía en lo que digo. El silencio está más vivo que las palabras. Y tú sabes utilizarlo.
   El hombre soltó el saco con un golpe sordo y el pequeño pegó un brinco, desconcentrado en el trabajo mientras miraba los astros que ardían a millones y millones de kilómetros. El adulto cogió un cuchillo de su cinturón y rasgó la tela marrón usando una mano y llevándose la contraria a la nariz. El cuerpo de un anciano de pelo blanquecino y arrugas en la frente se dejó vislumbrar bajo la luz del anochecer, y los hermanos empuñaron un par de palas, dispuestos a cavar un agujero donde tirar el cadáver envuelto en ropas bañadas en sangre seca, la misma que decoraba los antebrazos del mayor.
   Una vez estuvo listo el hoyo, ambos cogieron las puntas del saco y empujaron hacia abajo el peso del muerto. Su cara desencajada, en cuyo semblante permanecía intacta la ansiedad que los últimos segundos de oxígeno le habían regalado, ya no sonreía puerilmente.
    Hansel miró a su compañero, que observaba al cabeza la familia con ternura.
   -Mamá hubiera dicho algo bonito sobre él. Y los abuelos. Y los amigos de Lisa. La gente siempre dice cosas hermosas acerca de los que se han ido, como si temieran ensuciar la verdad que dejan en este mundo. Pero algunos payasos de circo no merecen elogios por la función.

   El hombre rodeó el cuello del niño con cariño y desaparecieron en la oscuridad mientras una melodía alegre escapaba de los labios de ambos hermanos.