miércoles, 4 de noviembre de 2015

Octavo día.

   Las nubes envenenan el cielo con una niebla densa y grisácea. El amanecer se asoma al vacío de las calles, pero no siento alivio al ver la luz del día. Cuando el sol vuelva a ponerse, desapareceremos.
   Levanto la mano y les hago una señal. Salimos corriendo en dirección a la plaza central y nos escondemos en uno de los almacenes, donde las sombras logren camuflar nuestro miedo. Aún hay cadáveres y restos de órganos en las carreteras que conducen a la salida de la capital y en las zonas penumbrosas que proporcionan los grandes edificios. Desvío la vista de los despojos humanos y continúo en marcha con la boca seca y la mente encharcada en imágenes. En mi cabeza, los ríos de sangre bañan lo que encuentran a su paso. Los recuerdos a todos nos azotan despiertos y enjaulados en la realidad; porque nadie duerme. Aunque el sol brille con fuerza. Aunque los reyes de las tinieblas aún no hayan abandonado su morada para alimentarse de nuestras vísceras.
   Llegamos al lugar tras varios minutos sin aliento. Las armas están preparadas y los víveres siguen guardados, así que nos conviene descansar antes de pasar otras doce horas debatiéndonos entre la vida y la muerte. Me acerco a los nuevos integrantes del grupo. Los chicos tienen el rostro desfigurado por el pánico, y los adultos a los que la infección les está arrancando la humanidad de los rasgos físicos, no son capaces de articular una sola palabra. Agarro la mano del hijo de Claire y les indico a los demás que vengan conmigo a explorar la nave comercial. Encontramos un rincón lo suficientemente oculto como para pasar inadvertido en caso de emergencia, y el semblante de los críos se torna cálido al ver una posibilidad de protegerse del exterior. Traemos unas mantas y reparto dos navajas a cada persona. Allí nos refugiaremos durante el día, lejos de las áreas abiertas de la ciudad. A varios kilómetros de las montañas desde donde sus ojos nos observan.
   El chirrido de las puertas traseras hace que el nerviosismo de varios niños regrese. Sus miradas ya no muestran temor, si no un horror frío que les congela los huesos. Un pánico que se extiende más allá de sus cuerpecitos, devorándoles el alma a la mínima señal de peligro. Me llevo un dedo a los labios y les pido silencio. Han sido Jake y Matt quienes han entrado. Al fin han traído las bombonas de gas. Quizá podamos cortarles la respiración a esos seres si el plan es eficaz.
   Mientras la gente organiza las pocas pertenencias que conservan, intentando conciliar el sueño, camino hasta la puerta principal deshaciendo en los labios el último cigarro que tengo. La luz atraviesa las masas húmedas de niebla en algunas zonas y llega a los cristales del almacén, incidiendo en mis pupilas y rogándome que no cierre los párpados.
   Oigo rezos y llantos desde el área donde nos escondemos e imagino las lágrimas de los niños cayendo al suelo ennegrecido con la saliva de los monstruos.

   Tal vez no vuelva a ver amanecer el mundo.




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