domingo, 22 de noviembre de 2015

Al otro extremo.

   Varias voces provenían del cuarto contiguo. Noté un escalofrío escalando por mi columna vertebral e intenté controlar la respiración. Sería mejor que la gente prosiguiera hablando sin mirarme.
   Esperé unos segundo y entré en la habitación.

   Ahí estaba, entre sombras y figuras que no alcanzaba a ver con precisión. Estas reían como si sus rostros no hubieran olvidado la capacidad de ensanchar los labios, y él se hallaba inmerso en las carcajadas de los demás, nadando en el mismo barco que los que le rodeaban, oculto por los gritos.
   Su nombre escapó de mi boca en un susurro, y provoqué que su mirada llegara hasta la mía con un golpe seco. Sentí una oleada de bienestar corriendo a través de las venas al igual que en los viejos tiempos, y las pupilas me dieron vueltas, tratando de ajustarse de nuevo a la situación. Él se levantó y caminó en dirección a mí, pero empecéa temblar. 
   Conseguir mirar ese mundo con los ojos de quienes se encontraban dentro de la ficción era extraño, casi amenazante. El eco de las palabras que iban y venían a través del aire cruzaban mis oídos de un modo áspero, y cerré los párpados. 
   Cuando volví a abrirlos, el sonido había perdido potencia. Las voces se habían apagado y el aire rozaba mis brazos con violencia, rasgándome la piel con una gelidez que danzaba en la nueva negrura que nos atrapaba. En cuestión de sgundos, me encontré en una dimensión diferente, pero bajo el mismo techo donde el sueño había comenzado.
   Con la mente a medio camino entre un primer y un segundo plano, miré al frente. La oscuridad no resultaba accesible al nuevo nivel de mis sentidos, pero intenté con todas mis fuerzas continuar de pie, extraviada en el espacio-tiempo durante un minuto más. Uno solo que me permitiera verle de cerca.
   Apoyado sobre la bruma de las tinieblas, que lo sostenían como a un príncipe del mundo de los caídos, Jim seguía siendo nítido. Solo él estaba allí conmigo. Con su hermano.
   Antes de poder darme cuenta, se acercó hasta tocar mi hombro. Me quedé inmóvil. Aquella sensación generó un huracán de recuerdos envueltos en el frío del pasado que removió el vacío que tenía dentro del pecho, forzándome a visualizar la imagen de su cuerpo flotando en el lago la tarde en que ambos cumplíamos ocho años. 
   Quise pronunciar las preguntas que ansiaba responder desde hacía tanto tiempo atrás, pero algo extraño presionaba mis huesos y mantenía paralizados mis músculos. 
   Le miré con los ojos enrojecidos a causa de la frustración, rogándole que hablara. Sin embargo, en su rostro leí la silenciosa carga de no ser humano. El peso que arrastraba desde hacía meses y que le distanciaba de la memoria, de los sentimientos, y de la verdad. Ese había sido el precio a pagar por pisar accidentalmente la línea de los muertos. 
   Ensanchó los labios para dedicarme una sonrisa, y después presionó su boca contra mi cabeza con una dulzura que se esfumó antes de acariciarme. Una dulzura que había contemplado miles de veces en su mirada mientras jugábamos juntos en casa, escondidos en el desván para que nuestra abuela no nos encontrara, y que ya no volvería a su semblante.
   Puso las manos sobre mi barbilla y me acarició la cara con una delicadeza maternal, obligándose a no soltarme. A no permitir que huyera.
   Entonces la ira se apoderó de mí. Una rabia que nacía del dolor, porque aquel espectro no era Jim. Solo se trataba de una proyección en mi mente. Y ese lugar no era el hogar de los no vivos, si no un rincón privado de mi imaginación, donde el poder de la voluntad superaba cualquier obstáculo. Algunas veces hay líneas que no pueden cruzarse. Y mi hermano siempre viviría lejos de mí, tras esa barrera que solo durmiendo lograba alcanzar para hablar con su espíritu.
   Pese a los esfuerzos, ese encuentro no consiguió que mis latidos se aceleraran. Pegué la frente a la suya, notando el agua salada descender por mis pómulos, y cogí impulso para buscar la manera de regresar hacia el punto de partida original. A la la raíz del sueño. A la realidad.
   Antes de disiparme, escuché sus sollozos.



  

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